Capítulo 3

2005 Words
Vaelkaris 15 años atrás… —Mamá, ¿puedes contarme la historia de Fenicia otra vez? —dice la pequeña de ocho años, ya acostada en su cama. Su madre la mira con ternura y le dice: —Está bien, cariño, te la contaré una vez más, pero luego debes dormir, ¿de acuerdo? —la inocente niña asiente, mientras escucha a su madre con mucha atención contarle su historia favorita. —Fenicia, muchos años antes de su división, era un territorio con veintisiete países controlado por feroces guerreros, no tan educados para la época. Solían cultivar exóticos ingredientes que lo llevaron a comercializar con otras civilizaciones más desarrolladas. También descubrieron que eran poseedores de un mineral tan codiciado como el oro y en algunas áreas contaban con piedras preciosas como rubíes y el cuarzo blanco. Y eso los puso en la mira de todos aquellos que cruzaran el océano y que entendían que los nativos de Fenicia carecían de conocimientos como para controlar dichas riquezas. —Pero eso no era cierto, ¿verdad, mami? —cuestiona la pequeña. —Claro que no. Si ellos lo podían cultivar, también podían administrarlo. Sin embargo, esos visitantes ocasionaron que surgieran grandes enfrentamientos en todo el territorio por muchos años; los apodados ‘bárbaros’ se volvieron guerreros aún más fuertes, aunque tenían una debilidad: no podían organizarse y permanecían divididos; no había una estructura jerárquica a la cual seguir. No obstante, un valiente joven nacido de una relación entre una nativa y un capitán extranjero decidió tomar las riendas. Era impetuoso, con mucho vigor; su cabello era rojizo como el fuego, su mirada azul como el océano y sus destrezas en batalla como las de un lobo feroz. Así que lleno de confianza, el valiente joven guerrero recorrió todo el territorio, convenciendo asentamiento por asentamiento. Fue mucha la resistencia hasta que lo logró en su vejez. Implementó el sistema de monarquía partiendo de lo que había aprendido de las historias que le contaba su padre. Educó a su hijo para que siguiera sus pasos y así proteger todo el continente de cualquier invasión. —¿Y por qué todos lo siguieron? Pregunta la pequeña con la carita llena de ilusión, como si fuese la primera vez que ha escuchado la historia. Su madre extiende sus manos para acariciar su larga melena rubia y le dice: —Digamos que su plan tuvo éxito porque no se quedó con todo el poder. Fenicia es un territorio extenso como para que una persona lo controlase. Así que decidió dividir la región en cuatro reinos: Vaelkaris, Catleya, Xylos y Bussana. Los veintisiete países se distribuyeron, siendo Vaelkaris el reino que se quedara con la cantidad mayor de estados, ya que es el lugar donde el valiente joven decidió convertir en su nación, su hogar. Y ese guerrero fue Demian Heraldson; él fue quien dividió nuestra historia hace un poco más de quinientos años. —Wow. El valiente guerrero se llama como el príncipe, mamá —comenta con el rostro iluminado por la poca luz que refleja la lámpara que reposa en su mecita. —Así es, cariño, nuestro príncipe es descendiente directo de nuestro reformador, por eso le dieron el nombre justo cuando nuestra nueva historia cumplía quinientos años. Es el segundo en llevar el valiente nombre —le termina de contar a la curiosa niña. —Mamá, ¿crees que algún día lo conozca? —Quizás sí, pero cariño, debes tener cuidado; a veces es fácil quedar envuelta en las trampas de la monarquía —le comenta preocupada. —Bueno, es hora de dormir, pequeña Isabella, mamá tiene que irse —le termina de decir mientras deposita un cálido beso en la cabeza de su hija. Vaelkiris en la actualidad… —¿Me estás escuchando? —reclama el furioso padre al ver que su hija no responde. Isabella está sumergida en sus recuerdos, entre los eventos pasados de su vida y los más recientes. Es una joven de veintitrés años que, gracias a la ambición de su padre de querer ser más de lo que es, empieza a codearse entre las familias nobles; sin embargo, al no nacer en una, aún les cuesta ganar el reconocimiento. No obstante, a ella nunca le han importado los títulos políticos; igual que a su madre, preferiría estar alejada de todo lo que tenga que ver con la monarquía, pero el destino la ha empujado a estar envuelta en la misma gracias a que su joven corazón decidió amar al futuro rey de Vaelkaris. —Isabella, ¿acaso me estás poniendo algo de atención? —vuelve a hablar su padre. Ella se encuentra sentada en un mueble de estilo imperial color azul turquesa decorado con botones de bronce. Lleva puesto un sencillo, pero hermoso vestido largo color rosa pálido, de silueta amplia y ajustado en los pechos. Las mangas son cortas en forma julieta. Su cabello rubio cae de forma ondulada por debajo de los hombros, haciéndola lucir como una verdadera obra de arte. De su parte, la joven hace un esfuerzo para concentrarse en los reproches de su padre, pero no lo consigue. Su débil mente juega con ella y reproduce una y otra vez la escena del día cuando vio por primera vez a Demian… Flashback Vaelkaris dos años atrás… Temprano en la mañana, el reino de Vaelkaris despertó rodeado de una espesa capa blanca, una pequeña ventisca de nieve que amenaza con incrementar su potencia según avanza el día. El clima la mayor parte del tiempo se encuentra frío y húmedo, pero en aquella ocasión pareciera como si quisiera castigar a alguien, hacerlo pagar por sus pecados ocultos. Aun estando a tal temperatura, para la vivas Isabella no es suficiente como para que se quedara resguardada en casa; sabía que tenía que llegar a aquel lugar, lo prometió y no piensa faltar a su palabra. Protegida con una capa con capucha de lana color azul celeste y un par de guantes, la joven corre por las calles de la ciudad bajo la ventisca hasta llegar a su destino. —Señorita Isabella, no debió salir con este clima, se enfermará —reclama con preocupación el hombre mayor que caminó hacia ella una vez que la identificó. —No me regañe, señor Stuart. Les prometí a los niños que vendría a leerles; además, traje todo lo necesario para servirles un buen chocolate caliente —le informa despreocupada mientras le muestra el bolso que tiene en sus manos. —Vamos, ellos esperan. El hombre mayor niega con la cabeza mientras sonríe; no le queda de otra que captar las órdenes de la joven. La madre de Isabella le inculcó la generosidad desde pequeña, le enseñó que debía compartir lo que tenía y desde entonces es lo que ha estado haciendo. Cada viernes va al orfanato a leer a los niños desde que se mudó Kaldby, capital de Vaelkaris. Así la misma acción en su estado natal, Luthertoon; sin embargo, su padre creía prudente que mudarse al epicentro donde se construyen las mejores relaciones de negocio era lo mejor para los dos. Ella no rechistó; después de la muerte de su madre, él era lo único que le quedaba. Mientras los cocineros preparan el chocolate e Isabella les lee un divertido cuento a los niños, se escucha afuera del salón un pequeño revuelo. La joven frunce el ceño, ajena a lo que está ocurriendo. Se levanta de su asiento y antes de salir a investigar el acontecimiento dice: —Niños, quédense aquí, saldré a ver qué pasa, no se muevan —ordena con suavidad. Los pequeños asienten y le brindan una sonrisa. Al salir, se topa con una de las cuidadoras, quien está recostada en la pared con la vista al frente y una sonrisa de oreja a oreja. —Mrs. Loreta, ¿qué pasa?, ¿por qué su rostro está rojo?, ¿se siente mal? —cuestiona preocupada. La joven mujer de unos veintiséis años niega con la cabeza y señala hacia el frente. Isabella vuelve a fruncir el ceño y con curiosidad voltea a ver hacia donde le están indicando. Ella esperaba ver cualquier cosa, menos al atractivo joven frente a ella; por unos segundos pensó que se trataba de cualquier hombre guapo hasta que recordó el retrato del príncipe Demian que vio en la oficina del periódico. Sin embargo, la imagen que visualizo aquel día no le hace justicia a la que está viendo en aquel momento. —El príncipe es… es tan guapo —dice otra de las cuidadoras suspirando. —Te imaginas que termine casándose con una plebeya como nosotras. —Vamos, Lucy, eso solo pasa en las novelas que venden en el mercadillo; en la vida real los príncipes no se quedan con las plebeyas —comenta Mrs. Loreta con tono de desánimo. Quizás Isabella debería intervenir y comentar algo con lógica; sin embargo, no tiene que aportar, conoce esas novelas románticas que cuentan una historia casi perfecta del amor, pero también conoce los libros de historia que relatan el otro extremo, el desamor, odio y poder. No obstante, por el momento, ella dejará eso a un lado. Lo menos que la joven iba a tener presente era que, en una ciudad tan grande como lo es Kaldby, terminaría conociendo al futuro rey de Vaelkaris, el apuesto príncipe del que tanto había escuchado hablar. Desde que llegó a la adolescencia, solo ha escuchado por parte de las féminas las grandes virtudes y dotes del príncipe, quien desde temprana edad ha mostrado tener lo necesario para ser un monarca e incluso para devolverle a la nación su esplendor. Sin embargo, siempre dudó de si fuera cierto todo lo que decían de su persona o solo eran exageraciones. A pesar de su fascinación, a diferencia de las demás, Isabella logra ocultar el sentimiento para detallar al atractivo joven. Le es grato saber que en realidad es tan alto como lo describían; tiene una postura erguida, así como una expresión impenetrable. No ve el rostro del príncipe por completo, pero por su perfil sabía que sus rasgos eran tan delicados como imponentes, y esto lo pudo confirmar cuando el mencionado voltea a verla de repente; ahí pudo admirarlo mejor. Se fijó en el surco que tenía en su barbilla, un rasgo genético tan varonil como exquisito. Notó cómo los intensos ojos azules del caballero se fijaban en ella y cómo una suave brisa intentaba mover el pequeño rizo cobrizo que caía en su frente. En definitiva, es todo lo que había escuchado, pero mejor. Por más que la joven intentara apartar su vista de él, no lo logró; solo se fijó en cómo el señor Stuart la señaló, causando que Demian asintiera confirmando lo que le habían informado. Con sutileza, el príncipe camina hacia donde se encuentra ella junto con las demás. Demian camina con sus manos detrás de su espalda y su rostro, aunque no marca una gran sonrisa, permanece con una expresión agradable e intimidante a la vez. Toda su postura inspira respeto; lleva pantalones de cuero y botas de montar color n***o. En la parte superior lleva un jubón de cuello alto y cierres frontales mediante presillas y, bajo el chaleco de cuero, se aprecian mangas de tela con un patrón intrincado en tonos dorados y oscuros, aportando un toque aristocrático. Todo lo que se supone que es él. —¡Oh!, señorita Isabela, viene hacia acá —exclama Mrs. Loreta emocionada. Las dos empleadas del orfanato se aseguran de que sus uniformes estén en buen estado, mientras que Isabella… ella solo se queda parada con su sutil vestido en tono pastel con estampados de flores, mangas largas y escote redondo; ella no necesita nada más. —Buenas tardes, señoritas, es un gusto conocerlas —dice con amabilidad y voz suave. Durante unos segundos, el príncipe no recibe ninguna respuesta por parte de las damas; se cuestiona dentro de sí mismo si su saludo fue muy brusco como para que una de las jóvenes, en especial una, no diga nada. Continuará…
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