Capítulo 4

1200 Words
Demian se queda de pie, esperando una respuesta de las damas, hasta que finalmente obtiene una reacción. Ambas cuidadoras del orfanato hacen una reverencia, pero solo la joven de tez morena y cabello afro se dirige al príncipe con el debido respeto. —Su alteza, es un placer verlo por aquí —comenta sin sostenerle la mirada. Entre los protocolos de la realeza, los súbditos deben esperar a que el m*****o real inicie la conversación y establezca contacto visual. Hacer lo contrario se considera una falta de respeto. Mrs. Loreta lo sabe bien, por lo que le da un pequeño golpe en el brazo a Isabella cuando nota que ha quedado inmóvil observando al príncipe. La joven se obliga a reaccionar y, con un ligero rubor en las mejillas, por fin pronuncia una palabra: —Oh, lo siento, su majes… digo, su alteza. Es un gusto poder conocerlo —dice, avergonzada. Los cálidos ojos grisáceos, el sonrojo en sus mejillas y la delicada nariz respingada de Isabella fueron estímulo suficiente para que el príncipe sonriera de manera automática. Desde ese instante, ella se convirtió en su fascinación. —El gusto es todo mío —responde el príncipe con su voz rasposa y varonil, mientras le extiende la mano, esperando que ella la acepte. Isabella duda un instante, pero finalmente corresponde al saludo. Sus pequeñas y delicadas manos quedan completamente cubiertas por la de él; sin embargo, lejos de ser intimidante, la joven siente un cosquilleo agradable que la hace desear que ese momento dure más. Todo ocurre bajo miradas curiosas que intentan descifrar qué sucede entre los dos jóvenes y por qué pareciera que ninguno quiere soltarse. Desde ese día lo tuvieron claro: no podrían soltarse jamás. Fin del flashback —Sí, padre, sí te escucho —responde por fin Isabella, regresando al presente—. Ya sé lo que piensas de mi relación con Demian, pero te lo he advertido muchas veces: a menos que él deje de amarme y me pida que me aleje, continuaré con lo nuestro. Lo amo —concluye, firme, sosteniéndole la mirada a su muy molesto padre. Una de las tantas cosas que le sorprenden de su padre es su negativa hacia la relación con Demian. Él ha trabajado tanto por pertenecer a la nobleza que cualquiera pensaría que estaría lleno de regocijo ante la idea de vincularse con la realeza. Isabella no tiene dudas de que su madre intentaría persuadirla para que se alejara del príncipe. Como maestra de historia, conoce bien las intrigas y trampas políticas que envuelven a la monarquía, por lo que nunca vio con buenos ojos las aspiraciones de su esposo. Ella entiende a su madre… pero su padre, ¿por qué? —Bien… —responde Walter, caminando de un lado a otro por la sala, visiblemente exasperado. Las paredes blancas están adornadas con retratos familiares y obras de artistas poco reconocidos. De pronto, se detiene y fija la mirada en su hija—. Entonces respóndeme esto: ¿qué harás cuando él tenga que casarse con otra mujer? ¿Permitirás que te convierta en su concubina? Las palabras provocan en Isabella una reacción inmediata de enojo. El concubinato dejó de normalizarse desde la gran hazaña de Demian I. Con la llegada de nuevas creencias religiosas a Fenicia, las concubinas pasaron a ser vistas como simples amantes desvergonzadas. Ya no eran necesarias para asegurar la descendencia, y aunque no existe un decreto que lo prohíba, la sociedad las repudia. Isabella lo sabe. También entiende el peso del deber de un rey… pero conoce a Demian. Está convencida de que jamás la rebajaría a tal nivel. Cree firmemente que él encontrará la forma de evitar un matrimonio arreglado. —Padre, no pienso discutir contigo sobre mis decisiones —responde, ocultando su incomodidad—. Cuando llegue el momento, lo resolveremos. Me parece insólito que tú, quien tanto desea pertenecer a la nobleza, te rehúses a aceptar mi relación con el futuro rey. Explícame la razón. Walter niega con la cabeza y deja escapar una leve carcajada. —Efectivamente, hija mía, quiero que nuestra familia obtenga un título. Para eso trabajo. Y, en otras circunstancias, sería perfecto verte casada con un futuro rey. Pero aterriza, Isabella: un rey tiene compromisos. No puede darse el lujo de desperdiciar alianzas. Fenicia tiene cuatro reinos, pero no somos los únicos en el mundo… Se acerca a ella, con gesto serio. —Esta tierra aún tiene mucho que ofrecer, y muchos lo saben. Además… Hace una pausa antes de sentarse frente a ella. Como padre, la ama profundamente, pero entiende que un reino está por encima de cualquier historia de amor. —¿Qué más? —pregunta Isabella, inquieta. —Pasaste el día con él y no te dijo nada. Ni siquiera quiero saber lo que hicieron… pero escucha bien: espero que te estés cuidando. Porque si quedas embarazada, ese niño no será más que un bastardo. Isabella se levanta indignada. —¡Padre! Walter también se pone de pie. —Estaba tan ocupado contigo que olvidó decirte algo importante. En la última asamblea del consejo, el rey anunció la futura alianza con Catlaya y, por lo tanto… -el hombre hace una dramática pausa, no porque la quiera torturar, es que no desea que su única hija sufra. —¿Por qué no terminas de decirlo? —cuestiona impaciente. —Se anunció el matrimonio del príncipe Demian con la princesa Amira de Catleya. Dime, hija, ¿acaso te lo contó? El mundo parece girar alrededor de Isabella. Una oleada de náuseas la invade. Su mente es incapaz de procesar la información. Siempre supo que ese momento llegaría. Incluso habían ideado un plan para enfrentarlo. Pero jamás imaginó que la elegida sería una princesa de Catleya, la segunda nación más poderosa de Fenicia. Cuando los estados se dividieron, Xylos y Bussana obtuvieron seis territorios cada uno, Catleya siete y Vaelkaris ocho. Aunque Demian I lideró la conquista, fue Khalid —su mejor amigo— quien luchó a su lado y terminó coronándose como el primer monarca de Catleya. El hecho de que sea precisamente esa nación —la que Demian tanto desprecia— y, peor aún, que él no se lo haya contado, le provoca una angustia insoportable. Ella conoce todos sus secretos. Cada plan. Cada pensamiento. Entonces, ¿por qué ocultarle esto? Con el rostro encendido por la incertidumbre, todo comienza a desvanecerse menos las imágenes de aquella tarde en la cabaña. Lugar donde Demian le prometió amor eterno; le dijo que nadie los separaría. ¿Acaso eran promesas vacías? —cuestiona la joven. De repente siente que todo se oscurece. Sus fuerzas la abandonan y cae… o lo haría, si su padre no la sostuviera a tiempo. —Isabella, hija, por favor despierta —dice Walter, desesperado al ver su rostro pálido—. ¡Señora Smith! Traiga alcohol y mande a buscar al doctor de inmediato. Walter aprieta los dientes. Tal vez debió dejar que el príncipe se lo dijera. Pero ya es tarde. Tiene que mover sus piezas… o todo terminará en un baño de sangre. Sabe que el rey no tiene compasión. Y menos con quienes se interponen en sus planes.
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