Continuación…
Al llegar al gran salón, el príncipe confirma que en realidad es una reunión apresurada, ya que ninguno lleva la ropa representativa de la asamblea. El rey viste con pantalones poco ajustados, botas largas, una chaqueta estampada, típica entre los miembros de la realeza, y una capa gris con ribetes de piel del mismo color.
Observa a su padre parado detrás de una mesa, la cual contiene sobre ella el mapa de Vaelkaris; a su alrededor están los otros tres consejeros y el ministro de defensa.
Por intuición, el monarca levanta la vista y la fija hacia el frente; sus fríos ojos azules muestran desaprobación al divisar a su hijo y sobrino político.
—Esta es una reunión privada, no se solicita la presencia del príncipe y su asistente —dice con fastidio.
Lo menos que necesita es la intervención de su heredero en este asunto. Primero, porque no quiere escucharlo dar una de sus brillantes ideas, y segundo, no le conviene que esté enterado de todos los eventos que lo llevaron a estar en aquella situación. Si no fuera por el mensaje que recibió de los piratas, hubiese dejado que los rehenes murieran, principalmente porque son guardias de bajo nivel y se dejaron capturar.
—Disculpa, padre, pero esta es una situación muy extraña de la cual me gustaría estar informado —es lo que dice Demian mientras se acerca con intriga hacia donde se encuentran todos. El príncipe le sostiene la mirada a su padre y dice: —Por lo que sabemos en Costa Brava, que dan muy pocos habitantes, después que se cerraron las rutas de comercio, los lugareños fueron emigrando a zonas más prósperas. Entonces me pregunto: ¿por qué allí habría guardias y por qué unos piratas nos amenazan? —cuestiona con dureza.
—Ya estás con tus exageraciones —habla el monarca, molesto por los ácidos cuestionamientos de su hijo. —Ellos no son una amenaza para Vaelkaris, solo quieren hacerse notar capturando a unos cuantos guardias que estaban entrenando allí —comunica, tratando de desviar la historia. Demian levanta una ceja sin creerse el cuento.
—Bien, yo quiero ir entonces.
—Perdóneme, alteza, pero tenemos soldados entrenados para este tipo de situación. Usted, que pasó sus estudios militares, sabe de antemano sobre la unidad de tácticas especiales y negociación en caso de raptos, así que no creo prudente arriesgar su integridad física por un caso menor —habla el ministro tratando de ocultar su desagrado hacia el príncipe.
—Ya escuchaste al ministro, tenemos guardias de sobra para solucionar esta situación. Además, en la última asamblea diste a entender que estás cansado de estar en batallas, así que lo mejor será limitar eso. Debes deponer tu atención en otra cosa más importante, como tu compromiso. En dos semanas tendrás que viajar a Catleya a conocer a tu futura esposa. Te recomiendo, hijo mío, que arregles tus asuntos antes de eso.
Le sugiere con la intención de que termine la relación que mantiene, desde su punto de vista, con una simple plebeya.
Una vez más, ambos hombres de ojos azules, unos más intensos y llenos de vigor que el otro, se retan con la mirada. El rey cada vez se da cuenta de que su hijo, a pesar de tener ciertas similitudes con él, esa mirada arrogante, esa actitud retadora, es parecida a la de su difunta esposa, la mujer que nunca amó, pero que sin duda lo llevaba a su límite.
Sin ganas de pelear, Demian sale del lugar dejando a unos cuantos sintiéndose ganadores por ponerlo contra la pared.
—¿Cederás tan fácil? Eso es nuevo —dice su primo caminando junto a él.
—Quizás él tenga razón y deba poner mis asuntos en orden.
Comenta mientras camina deprisa y organiza sus ideas, y así ambos salen del palacio. El príncipe sabe que su padre se refería a Isabella, así que buscará la forma de hablar con ella y contarle sobre su posible matrimonio con otra mujer. En cuanto a su futura visita para conocer a quién sería su prometida, ese es un tema en el cual Demian, por el momento, no piensa perder ni tiempo ni energías.
En Costa Brava…
Cabalgando a toda velocidad durante un día completo, a la arrebatadora tierra de Costa Brava llegan unos valientes guerreros listos para la batalla. La costa es rocosa con una gran longitud, de acantilados impresionantes y clima ventoso. Aun Vaelkaris está atravesando el último mes de invierno, por lo que las temperaturas se encuentran muy bajas. El cielo está nublado y las olas chocan con violencia entre las rocas. A pesar de la rabia que muestra el mar, el paisaje no deja de verse como una ilusión.
—Escuchen, ustedes rodeen el perímetro. Bah y yo iremos con ellos para intentar recaudar información y rescatar a los soldados. De no hacerlos entrar en razón, haré la señal para que intervengan, ¿entendido? —ordena el líder con autoridad.
—¡Sí, señor! —dicen al unísono y comienzan a desplazarse por todo el lugar.
Ocultando los caballos, el líder y su mano derecha caminan sigilosamente hacia la colina. Todos llevan el mismo traje que consiste en pantalones no tan ajustados para mayor movilidad y botas largas. En la parte superior llevan una tela como si fuesen vendajes que protegen sus pechos y sobre el accesorio tienen puesto un abrigo que llega hasta la parte baja de la espalda.
El abrigo posee diversos detalles que vuelven a los que lo usan un misterio: la prenda tiene integrada una capucha grande que oscurece el rostro de su dueño; a esto también los guerreros le añaden una máscara que cubre su boca y nariz, dejando solamente visibles sus ojos.
En el diseño también se detallan numerosas correas y hebillas de metal cruzadas en el pecho, la cintura y los antebrazos, dando un aspecto de armadura o equipo táctico. Los hombros están estructurados con capas superpuestas de cuero que imitan hombreras, y los guantes a juego tienen detalles puntiagudos sobre los nudillos, lo cual da una ventaja si la pelea es a puño.
Todo el uniforme está elaborado en material de cuero color n***o con una textura rugosa. Por último, en sus espaldas llevan sus espadas y escondidas entre sus botas están sus dagas. Desde lejos se puede notar que son hombres con gran condición física y con un entrenamiento impecable.
Tras caminar unos escasos minutos, los dos guerreros se detienen para analizar la situación. A una distancia de la orilla se encuentra el barco que resguarda en su interior a los prisioneros y, esparcidos por la playa, se encuentran algunos tripulantes de la embarcación.
Son de los pocos piratas que quedan sin honor; durante muchos años los cuatro reinos han podido hacer acuerdos con un grupo considerable de estos para mitigar los saqueos y que estos terminen llevándose todas sus riquezas. Son acuerdos comerciales o trueques en los que intercambian cosas del interés del otro. Los navegantes quieren oro y ellos los materiales novedosos para construir nuevas armas con las que pretenden defender sus naciones.
—Recuerda, antes de cualquier golpe debemos recolectar información sobre la verdadera razón por la que están allí —habla el líder.
—De acuerdo, pero ¿crees que dirán algo? Si el rey está involucrado, no querrán decirle nada a dos desconocidos. Desde que nos infiltramos en la guardia nos ha costado encontrar las informaciones que necesitamos —cuestiona la mano derecha del líder.
—Debemos intentarlo. El rey y sus cómplices ya saben de nosotros, saben que no somos unos simples ladrones, así que buscarán la forma de estorpecer cada movida que demos. Por eso debemos tomar cualquier oportunidad para encontrar lo que buscamos —responde el líder. Tiene una sola misión: recabar la información necesaria y llevar con vida a los soldados que no duda que su rey dejaría que murieran sin ningún remordimiento. —Parece que el capitán está en el barco —continúa hablando. —Los de allá abajo son su tripulación —termina de decir desde su altura. Aprovechando la ventaja que tienen, ambos permanecen sobre la colina.
—Ya nos vieron —dice el compañero cuando uno de los tripulantes señala con curiosidad y asombro las dos manchas negras que ven en las alturas. —Creo que esperaban otro tipo de rescate.
—Al parecer, vamos.
Los dos guerreros bajan la colina como un lobo a punto de cazar a sus presas. Los piratas se ponen alerta y sacan sus espadas. No logran reconocer quiénes son los dos hombres que avanzan hacia ellos con tanta seguridad; sus capuchas y máscaras oscuras no les permiten ver los rostros de sus oponentes aun bajo la poca luz del día. Sin embargo, no sienten miedo, ya que ellos son más, diez en total, por lo que se sienten confiados.
—Queremos hablar con su capitán, búsquenlo y no habrá heridos —dice el líder de los guerreros con autoridad cuando llega frente a ellos sin revelar su identidad. Uno de los piratas se carcajea y da un paso adelante.
—Querido amigo, ¿acaso no sabes contar? Somos ocho personas más que ustedes. Explícame, ¿cómo pretendes herirnos? —dice muy seguro quien parece ser el contramaestre.
—¿Entonces dices que no mandarás a llamar a tu capitán? —cuestiona el líder ladeando la cabeza.
—Parece que el cobarde del rey Louis V quiere intimidarnos mandando inútiles vestidos con trajes bonitos. Díganle a su rey que cumpla el trato —exige, ocasionando la curiosidad del líder y su mano derecha sobre a cuál trato se refiere; obviamente, estos no son los navegantes con los que ellos tienen acuerdos, así que les intriga saber de qué trata. —Lo que sí haré por ti es cortarte la lengua para mandarle un mensaje al rey —advierte.
El segundo guerrero intenta dar un paso al escuchar las amenazas vacías del oponente; el líder levanta la mano para detenerlo. Es obvio que quieren provocarlos, pero a él le interesa más saber en qué está metido el monarca de Vaelkaris. Tiene muchos años recolectando información sobre el mal manejo del rey y, aunque se ha enterado de mucho, aún siente que no llega ni siquiera a la mitad de la montaña de patrañas que Louis V ha construido.
—Bien, como puedes ver, ya mi compañero se está impacientando y créeme que no actúa de la mejor forma cuando pasa eso. Si no me darás la información que necesito, ni vas a liberar a los soldados que capturaron, entonces tendré que obtener todo eso por nuestra cuenta.
—Pero qué arrogancia la tuya. Bien, tendrán que venir aquí y derribarnos a todos para poder rescatar a los soldados. Vamos, muchachos, ¡mátenlos!
Los guerreros sacan sus espadas esperando que ellos sean los primeros en atacar; eso les daría la ventaja. En cuestión de segundos están rodeados de los enemigos. El líder hace una maniobra con su espada y, sin perder tiempo, va hacia ellos. En segundo lugar, los diez contra dos comienzan su pelea; los primeros se sorprenden al ver que, aun superándolos en número, no logran herirlos. Los dos guerreros logran desarmar y herir a un par de ellos y es cuando el enemigo reacciona.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunta sorprendido el contramaestre.
—¿Ya llamarás a tu capitán o tendré que ir por él al barco? —cuestiona el líder.
—Ni loco te dejaré subir —dice balanceándose sobre el líder, quien lo empuja y lo tira al suelo.
Cuando el guerrero intenta ir hacia el barco, sus contrincantes lo interceptan. Ya se encuentra fastidiado por la pelea sin sentido; no le gustan las batallas, no lo hace porque quiera, pero es lo que le toca si quiere lograr sus objetivos. Solo por eso se justifica. El líder utiliza sus dos dedos para hacer un silbido, el cual es captado por los ocho guerreros que aguardaban hasta ser llamados. De repente, comienzan a aparecer más hombres vestidos de n***o como si salieran de la nada; cada uno se detiene con sus espadas al frente delante de un enemigo.
El líder voltea a ver al contramaestre…
—Al parecer ya estamos en igualdad de condición, entonces, ¿me hará seguir perdiendo el tiempo o tengo que ordenarles a mis hombres que los mate? —advierte con voz rasposa y fuerte.
—Ja, inténtalo —reta aún tirado en el piso y con la boca sangrando.
—Bien - el líder guarda su espada y camina hacia el hombre que aún se atreve a mostrarse con altanería, aun cuando se da cuenta de que no tiene cómo ganar. Si con solo dos de ellos los pudieron vencer, ahora que están todos, no tiene cómo ganar. El impaciente guerrero lo agarra por la camisa, lo hala para que se levante y, antes de caminar con él hasta el barco, voltea a ver a su mano derecha y le dice: —Si estos hacen cualquier movimiento brusco, mátenlos.
El hombre asiente, captando la orden sin reclamos. De esa forma, el guerrero da unos cuantos pasos hasta entrar al agua sin importarle lo revoltosa que se encuentra o los reclamos de quien ahora parece ser su prisionero. Mentalmente, bloquea las quejas del hombre que hace unos minutos lo amenazó con cortarle la lengua. Está más interesado en rescatar a los guardias y entender qué clase de negociaciones puede tener el rey para tener este tipo de gente, aunque no le sorprende que en realidad haya algún acuerdo.
—Diles que bajen las escaleras —exige.
Por unos segundos el hombre pretendía negarse, pero sin fuerza obedece. El guerrero hace que esta suba de primero y él va detrás; una vez que ya están en el barco, vuelve a sacar su espada y la pone contra el cuello del contramaestre exigiendo ver al capitán.
—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? —dice al fin el capitán, viendo cómo su segundo al mando está siendo amenazado por el filo de la espada de un misterioso guerrero. Su mirada se desvía a la orilla de la playa, donde se topa con una escena interesante: su gente está de rodillas sobre la arena, mientras que nueve encapuchados están parados a sus espaldas apuntándoles con las espadas. Cuando el resto de la tripulación se da cuenta, intentan atacar, pero el capitán los detiene. —No creo que Louis los haya mandado. Tú, ¿quién eres?…