Capítulo 13

1854 Words
Catleya En el extremo sur de Fenicia se alza el reino de Catleya. Entrar en su territorio es cruzar a otro mundo. Si Vaelkaris es hielo… Catleya es fuego. El clima es cálido y seco la mayor parte del año. Sus veranos son abrasadores; sus inviernos, suaves. Donde unos tienen montañas nevadas, los otros poseen desiertos místicos: dunas doradas en forma de media luna que esconden oasis tan hermosos como traicioneros. —¿Dónde está Amira? Pregunta la reina mientras avanza por el vestíbulo del palacio. Su paciencia se agota rápido cuando se trata de su hija. —Majestad… creo que sabe exactamente dónde está. Responde la jefa de damas. La reina suspira. Claro que lo sabe. Le advirtió de su responsabilidad tres días antes; aun así, ella decidió faltar a él. —Entonces recibiremos al príncipe sin ella. Ya pensaré en una excusa —ordena. El séquito la sigue. El matrimonio entre dos casas reales no es un simple acuerdo. Es estrategia. Es poder. Y, en este caso… es necesidad. Después de dieciocho años de tensiones entre Vaelkaris y Catleya, ambos reinos han decidido intentarlo de nuevo. Con algo tan importante como un compromiso entre Demian y Amira. —Han llegado —anuncia el rey Khennel desde las escalinatas. Desde su altura ve cómo ingresan cinco carruajes; en uno de ellos se encuentra el príncipe Demian, aunque no se distingue en cuál. Todos llevan la bandera de Vaelkaris: un fondo blanco y en el centro se alza un escudo dorado de bordes ornamentados. Dentro de él se visualiza una cordillera de montañas nevadas, con un pico central más alto que los demás, iluminado por el sol justo detrás de la cumbre. Esto simboliza que Vaelkaris es la tierra más cercana al cielo. A cada lado del escudo emergen alas plateadas abiertas, símbolo de elevación, libertad y vigilancia desde las alturas. Refuerzan la idea de que el reino domina los cielos desde sus cumbres. Detrás del escudo se cruzan dos espadas, representando defensa, honor y la fortaleza militar del país. No son espadas agresivas, sino guardianas del reino. Es un diseño realmente impresionante que recuerda la relevancia e importancia que tienen los Heraldson en la formación de la Fenicia que conocen ahora. Tras unos segundos, por fin los carruajes están frente al palacio y, como era de esperarse, quien baja primero es Demian. Este no cree en las formalidades de esperar a que sus sirvientes le abran la puerta como si fuese un inútil. Detrás de él baja su primo. Luego, el pequeño séquito que lo acompañó hasta la nación, que consiste en siete de los guardias en los que tiene mayor confianza y su secretario. A pesar de poder cuidarse y hacer trámites por sí solo, andar con un séquito es un protocolo que no puede saltar; al final es el heredero de una gran nación. —Demian —saluda Khennel, bajando unos escalones—. Es un placer verte convertido en hombre. Demian levanta la vista para toparse con un hombre de la edad de su padre, de cabello n***o y mechones plateados. Su piel es bronceada y sus ojos son de color verde; a pesar de que no aguarda un gran atractivo, su porte y carisma lo compensan. El rey viste un simple pantalón de montar de tela color claro, botas negras y camisa blanca con mangas holgadas y lazos en el cuello. —El gusto es mío, majestad —responde con una leve inclinación. —Dejemos las formalidades —dice el rey con una sonrisa—. Tendremos tiempo para eso. Como puedes ver, preferí recibirte en privado; sé que no te gustan las parafernalias. Ya mañana conocerás la corte. Demian asiente mientras sube algunos escalones. Esteban se posiciona a su lado y murmura: —¿Recibirte sin una gran bienvenida es un acto de cortesía… o falta de interés? Demian apenas sonríe. —Lo prefiero así. Pensando que es menos ruido y puede observar y analizar mejor el entorno. —Te pareces mucho a tu madre —añade Khennel una vez que el príncipe está delante de él. Demian se sorprende por unos segundos al escuchar el comentario; su reacción viaja entre el orgullo y la tristeza por lo que representa. —Me alegra saber eso. Gracias, majestad, o debo decir Khennel —comenta y el rey asiente sonriendo. —Khennel, te presento a mi primo Esteban; es como un hermano y mi mano derecha —dice, volteando a ver a su primo, quien hace un asentimiento con la cabeza, siendo bien recibido por el monarca. —Este es el señor Thompson, mi secretario, y ellos siete son parte de mi seguridad. —Muy bien, es un gusto verlos a todos. —dice con amabilidad. —Ven, te presento a mi familia. Demian mira hacia donde señala el rey, ve a la reina Edurme, mujer de piel oliva, ojos marrones claros, cabello oscuro y rizado. A su edad sigue viéndose atractiva; quizás es la razón por la que el rey aún se mantiene en forma. Tiene una mirada cordial y amigable; es como la dulce mirada de una madre. Al lado derecho de la reina está una jovencita de unos catorce años muy parecida a ella y a su izquierda está una joven más adulta, quien él considera que es su prometida. Es linda, solo que no capta su atención. Aunque no fue a fijarse en una chica. La reina y su hija menor están vestidas acorde a su clima; llevan puestos vestidos largos de tela ligera, mangas finas y capa incorporada de la misma tela. También usan sandalias planas en tono dorado con lazos que cruzan alrededor de sus piernas. Decoradas con piedras preciosas. Han prescindido de llevar joyas. A pesar del choque de culturas, los recién llegados aprecian la belleza de sus vestuarios. Aunque a Demian le causa curiosidad que una de las hijas lleve una vestimenta muy conservadora. —Quizás recuerdes a mi esposa, la reina Edurmes. Es la primera en presentar con orgullo. —Claro, es un gusto verle, majestad —dice con un asentimiento. —El gusto es completamente mío. Comenta emocionada al ver al hijo de su amiga. Y sin poder evitarlo, lo abraza con cariño. La última vez que lo vio tenía diez años, y dieciocho años después es todo un hombre fuerte y atractivo y, por lo que ha escuchado, audaz e inteligente. Si de algo está segura, es de que tomaron la mejor elección para su hija. Demian queda sorprendido ante la acción; entre las familias reales muy pocas veces hay ese tipo de demostración. La reina lo suelta y le brinda una radiante sonrisa. —Disculpa a mi esposa, ella es muy expresiva —revela con gracia. Ella hace un ademán para indicar que no escuche las palabras de su esposo. —Bien, y ellas dos son mis hijas, Mina y Amara. Falta una y mi hijo, bueno, debes saber que está en unas negociaciones en Bussana. Demian confirma y luego hace un asentimiento de cabeza hacia las princesas. Ellas corresponden con una reverencia. —Muy bien, ya que todos nos conocimos, vamos a entrar —sugiere el rey. Él y Demian caminan hacia el interior del palacio; detrás de ellos se encuentra la reina, seguida de las princesas; luego va Esteban y, por último, el resto. El príncipe va captando todo a su paso; no recordaba la magnífica edificación. El lugar es de techos altos sostenidos por columnas monumentales con capiteles en forma de flores de loto. Las paredes están recubiertas de piedras calizas pulidas y el piso está cubierto de losas de mármol también pulidas. Mientras se desplazan por el lugar, el rey va comentando sobre la historia del palacio de Catleya, hecho que Demian comienza a utilizar para evaluar el carácter de su futuro suegro. No puede darse el lujo de perder ningún instante, así que todo, por más mínimo que parezca, lo usa para obtener información. En un momento, la familia real y sus invitados entran a un salón cuyo techo está adornado con dibujos renacentistas. Una obra maestra que cuenta la historia del continente después de su liberación hace más de quinientos años. —Según el calendario gregoriano y para el resto del mundo, puede que estemos en mil seiscientos veintiocho; sin embargo, para todo el continente de Fenicia hay mil cien años que nos sobran —comenta con orgullo. —Pudimos defendernos de ellos y proteger nuestro territorio, y eso es gracias a nuestros antepasados. Por eso nos alegra saber que nuestra familia se unirá con el legado de Demian I. Solo esperamos que la unión con nuestra hija sea de prosperidad —termina de decir mirando a Demian. Expresa, volteando a ver a Demian, quien mira al rey con suspicacia. El príncipe intenta escuchar entre líneas para saber si hay más de lo que en realidad dice, pero no se percata de nada. En realidad, le parece una idea maravillosa que las imágenes que están por todo el salón contengan las historias de todos. En Vaelkaris también llevan con orgullo las mismas historias, solo que no las tienen en su techo; más bien, están en sus libros. —Hermoso todo, pero de seguro nuestros invitados querrán descansar. —Interviene la reina. —En la noche tendremos un banquete de bienvenida —habla la reina Edurmes con vivida emoción en sus palabras. —Intenté que fuera sencillo —añade el rey en voz baja—. Pero ya sabes… Demian sonríe ligeramente al ver la mirada de advertencia de la reina. El príncipe voltea a ver a su primo como si le preguntara con la mirada qué está pasando. Hasta el momento, nada de lo que creía que sentiría una vez que esté en Catleya está pasando. No hay un ambiente hostil, ni de incomodidad o pesadez. Los Hassan Najjarid solo se han mostrado como una familia normal. Más de la que se puede ver en mi familia —dice para sí mismo. —Antes de retirarse —dice Khennel—, ¿por qué no van a buscar a la fugitiva? Demian frunce el ceño. —Seguro está entrenando —añade la reina. —¿Qué tal si, antes de que Demian y el Esteban se retiren a sus aposentos, van a buscar a la fugitiva? Propone el rey, asumiendo que quizás sería buena idea que Demian conociera a Amira antes del banquete. El príncipe frunce el ceño. No entiende para qué quiere conocer a la otra hija del rey, si quien él piensa será su prometida lo ha ignorado por completo. Aunque eso no le molesta. —Sí me parece una buena idea, seguro está entrenado —interviene la reina. —Vayan los dos y no se preocupen, yo me haré cargo de instalar a su gente. Amara guialos. La joven mira a su madre como si la reprochara. Ya huele sus intenciones; quizás quiere que se acerque al primo del príncipe, así olvide sus deseos de ir al convento. La joven suspira. —Vamos, es por aquí —comunica y por fin ellos pueden oír su voz de Amara. Continuará…
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