Durante el trayecto a su casa, Isabella nunca giró hacia atrás; se mantuvo en silencio en todo el camino solitario. Sin embargo, no estaba nerviosa; sabía que él la protegería.
Demian permaneció a una distancia prudente detrás de ella junto a su caballo, cuidando cada paso que daba. Aunque para ella eso no mejora la situación, la empeora, porque le hace ver que la ama; no obstante, tiene que cumplir con su función. Y si lo piensa bien, ella no debería enojarse; lo sabía, lo supo desde la primera vez que le robó el primer beso. Lo recuerda con detalles.
Estaban saliendo del orfanato, ya era muy tarde y él se ofreció a acompañarla; sus guardias le dijeron que era mejor que ellos lo hicieran, pero él se negó. Durante el camino observaron a algunos ojos curiosos que veían al príncipe junto a una dama; aun así, ninguno se atrevió a decir nada, solo se limitaron a hacer reverencia con el debido respeto que le tienen. Porque sí, Demian es muy cercano a su gente, algo de lo que carece su padre.
Al príncipe no le importaron las miradas; solo se limitó a sonreír hasta que llegaron al árbol de durazno que está antes de la casa de su casa. Allí se detuvo para despedirse, para evitar ser vista por su padre.
Su intención solo era darle un casto beso en las mejillas, pero el destino quiso que no fuese así y que los labios de ambos quedaran atrapados en un profundo beso. Desde ese día no se han separado.
Ironía de la vida: igual que aquel día, ella hoy salía del orfanato y, como si fuese broma, sus pies se detienen en el mismo árbol de aquella vez.
—¿Lo recuerdas? —pregunta sin voltear a verlo.
—Lo recuerdo —responde conteniendo las ganas de abrazarla.
—Aquí nos hicimos novios, aquí es donde deberíamos dejar de serlo —habla con un nudo en la garganta. —Después de dos años, nuestra relación se ha terminado. Ninguno de los dos merece sufrir por un ciclo que aún no se ha cerrado.
—Isabella, yo…
—Demian —llama y esta vez voltea a verlos. —Aunque no lo creas, muy dentro de mí sabía que esto iba a terminar de esta manera, solo que viví en negación, por mucho tiempo —argumenta tratando de ser fuerte. —Por favor, no lo hagas más difícil, déjame ir.
Es lo último que dice antes de caminar deprisa hacia su casa sin dejarlo responder. Mientras él se dice que es lo que intenta hacer, dejarla ir. Su cerebro lo comprende, pero no su corazón.
Hasta el momento, él solo viene perdiendo, dándose cuenta de que el camino hacia la corona es más solitario de lo que pensaba.
—Necesito una victoria —comenta mientras la ve entrar a casa y en ese momento un par de lágrimas se escapan de sus ojos.
Dos días después…
El cielo está gris, pareciera que se avecina una tormenta; el mal tiempo no podría reflejar mejor con sus colores fríos y opacos el estado de ánimo del príncipe. Sin embargo, no tiene tiempo para lamentaciones. Ya lo hecho, hecho está. Le queda avanzar.
Si llega a tener éxito y su relación con Amira continúa cordial como hasta el momento, en dieciocho meses podrá recuperar a la mujer que ama, claro, si para entonces ella no ha decidido reestablecer su vida y eso tendría que entenderlo —piensa él.
—Dame buenas noticias, por favor.
Habla Demian cerrando detrás de él la puerta de su estudio. El lugar está del lado opuesto del rey, es espacioso, lleno de libros y con menos lujos que otra oficina real.
Ya sentado se encuentra Esteban, con las informaciones solicitadas por su primo.
—Aún no sabemos nada de la minera; ellos se encargaron de borrar cualquier rastro que exista en Fenicia; sin embargo, hay una pista que se presume que tiene relación con un empresario inglés, pero aún no se identifica quién.
Le comunica mientras le pasa unos papeles, una vez que Demian se sienta detrás de su escritorio.
—Ya es un indicio —comenta leyendo los documentos. —Si es un empresario inglés, sus empresas deben estar asociadas con la extracción de oro y piedras preciosas.
—Sí, pero… ¿Cuál? Por lo que investigamos, hay cuatro importantes empresarios nobles involucrados en ese mundo y unos cuantos empresarios sin títulos que también se dedican a lo mismo. La pregunta es: ¿nos vamos con los más obvios, los nobles, o investigamos a los pequeños? Que podría ser que uno de ellos quería expandir su negocio.
Argumenta Esteban, mientras calcula que se tardaría mucho tiempo dar con esta persona, si calcula que vive en otro continente.
—Vamos por lo más lógico —dice Demian analizando. —Fue hace dieciocho años; vemos cuál de los pequeños aumentó su fortuna y no perdemos de vista a los cuatro nobles; los aristócratas siempre quieren más.
Sugiere, a sabiendas de que costará mucho esfuerzo dar con los libros y documentos de cada una de esas empresas.
—Bien, otra cosa, hay una constructora; intentaron talar árboles por las montañas que dan al paso de Friusa. Según los últimos reconocimientos, allí hay recursos sin explotar y aún no hay decretos autorizando su extracción —explica. —Fue frustrado por… ya sabes, pero aún no se ha hecho ningún reporte, no hay sanciones ni culpables.
—¿Por qué no me sorprende? Seguro el rey está involucrado —dice con fastidio. —Supongo que ya se fueron de allí. ¿Sabes dónde están?
—Se dice que en la posada Marriott se queda el que dirigía la tala con dos otros trabajadores, quizás esperando órdenes.
—Bien, vamos.
Dice y se para de la silla.
—¿Por qué? Puedes decirle a uno de los inspectores de tu confianza que lo investigue; quizás solo sea una constructora de bajo rango y tu padre ni por enterado está de ellos.
—No sé si sea de bajo rango, pero los papeles que me dio Khennel hablan específicamente de que la minera Séfora quería operar allí. Ellos ya sabían de su importancia antes de que se hicieran esos estudios. Siento que el que está detrás de todo esto es de aquí, de Vaelkaris, y por alguna razón quiere hacer daño —dice pensativo.
—Vaelkaris tiene muchos enemigos, molestos por distintas razones. Conectar a uno de ellos con todo lo demás es como buscar una aguja en un pajar —comenta reflexivo.
—Lo sé, por eso empezaremos con lo que tenemos a mano. Vamos, no perdamos más tiempo.
Habla y se dispone a salir, pero Esteban, que buscaba el momento para hacerle la pregunta, lo detiene…
—Demian, ¿estás bien? Pregunto por…
—No, pero no tenía otras opciones.
Le dice para luego salir de su oficina con dirección a la posada. Necesita tener algo, algo que le haga ver que la decisión que tomó fue la correcta.
Los primos salen y, ya afuera, los guardias tienen sus caballos listos y, sin protección que los acompañe, cabalgan a toda velocidad.
Quizás debieron esperar a que atardeciera; ir a aquel lugar captaría mucho la atención, todo el mundo conoce al príncipe. Sin embargo, él siente que ya no le queda tiempo.
Después de unos veinte minutos cabalgando, ellos llegan al lugar. La fachada es de piedras con entramado de madera y barro. Destaca una amplia balconada de madera. La posada Marriott es una de las más prestigiosas y lujosas de Kaldby.
Al entrar, se topan con el vestíbulo, donde hay personas vestidas con prendas elegantes sentadas, esperando que se les asigne sus habitaciones. Muchos levantan la vista para ver a los dos hombres vestidos con ropa distintiva de su título, sobre todo el pelirrojo, que siempre opta por ropa en tonos oscuros.
De manera automática, muchos lo empiezan a reconocer y se levantan de sus asientos para hacer reverencia. Demian corresponde con agrado a los gestos.
—Quizás debimos venir a una hora más discreta —murmura Esteban.
—Quizás, pero ya quiero acabar con todo esto.
Responde, acercándose a la recepción donde un hombre de unos cuarenta años revisa un libro sin percatarse de las personas que tiene al frente.
—Disculpe, estoy buscando a alguien, está relacionado con…
—Me va a perdonar, señor, pero estoy ocupado —dice cortando las palabras de Demian. —Mi compañero está enfermo y estoy trabajando solo las reservas, así que tome asiento y espere su turno para ser atendido —responde sin mirarlo.
Esteban hace un gesto como de ir hacia el hombre, pero Demian lo detiene.
—Entiendo, sin embargo, esto es de suma importancia. ¿Será que pueda hacer una excepción? —solicita Demian, apoyando sus manos en el recibidor.
—Claro, porque eres el rey y debo obe…
El hombre hace silencio. Por fin levanta la mirada e identifica quién está parado delante de él. No, no es el rey, es peor, es el príncipe. Una de las ventajas de trabajar en un lugar como ese es que, bajo discreción, puedes escuchar muchas historias. Y las que son referentes al príncipe terminan con su carácter impecable.
—Ya que tenemos su atención, ¿nos puede atender? —habla Esteban con voz cortante.
—Oh sí, claro… —Responde con nerviosismo. —Lo siento, alteza, disculpe, señor Karlsen, yo…
—Está bien, solo quiero que me digas si el trabajador de la nueva constructora que se quiere establecer aquí aún permanece en el lugar —cuestiona con autoridad.
El hombre agranda los ojos. Una de sus políticas de la posada es no revelar nada a nadie sobre los huéspedes. Allí van muchos hombres nobles casados con sus amantes y exigen discreción. Él lo duda, porque aunque esas sean las reglas, la persona que está frente a él tiene la potestad de exigir lo que desee.
—¿Entonces?
Cuestiona Esteban con impaciencia. Demian lo voltea a ver para que lo deje hablar.
—Sí, sé de quién habla, alteza, está aquí. Rento uno de los anexos para quedarse junto a sus trabajadores. Es al cruzar el patio; puede seguir el pasillo y solo va derecho —indica señalando el lugar.
—Gracias, no te preocupes, esto no te causará problemas, pero si pasa o si ves algo extraño, puedes buscarme en el palacio.
Le dice, dándole una especie de tarjeta color marfil hecha con pergamino de piel de ternero donde lo único que está estampado es su sello real: una corona, su símbolo del lobo y sus iniciales.
Ese es el sello que representa su estatus como príncipe. El lobo, aunque no está en el escudo de la nación, significa que el heredero es un protector y guardián del trono y debe lealtad al águila, símbolo que lleva su padre y que posteriormente él heredará.
Por su parte, el hombre se queda viendo la tarjeta, pensando que es un honor que el príncipe lo considere útil para ayudarlo.
—Solo muestra esta tarjeta y me lo informarán. Pero debes manejarte con discreción y no hables demás de este encuentro, ¿entendido? —exige Demian; el hombre asiente.
El príncipe toma camino hacia donde él le había indicado, mientras que Esteban le hace gestos de que lo está vigilando. El hombre traga saliva. Ese gesto, más que una advertencia, lo hizo por diversión.
Ambos bajan unas escalinatas de unos cuatro peldaños, cruzan la fuente y unos cuantos pasos más divisan el anexo. Es muy parecido a la estructura de todo el lugar; es solo de un piso y pareciera que es de tan solo dos habitaciones. Al frente hay seguridad, que parecen más bandidos que lo primero. Visten chaquetas estampadas en un tono rojo muy llamativo y pantalones negros.
Cuando se percatan de la presencia de los dos, estos caminan hacia ellos y uno, que parece ser el cabecilla de la seguridad, extiende sus manos para detenerlos. Esteban adelanta unos cuantos pasos a Demian y toma el brazo del hombre aplicándole una maniobra para someterlo; este de inmediato se queja y los demás se ponen en alerta.
—¿Quiénes son? ¿Qué quieren? —dice mientras intenta soportar el dolor. Esteban lo gira hacia Demian, para que lo pueda ver. —Espera tu…
—Escucha, no vine a pelear, solo quiero hablar con tu jefe; ¿está allí adentro? —pregunta señalando la puerta.
—No…
—No mientas.
Esteban corta sus palabras mientras intensifica el agarre.
—¡Sí, está ahí! —dice gritando.
—Bien, porque queremos hablar con él.
Demian le hace señas a Esteban para que suelte al hombre, quien cae al suelo adolorido. Este le indica a uno de su seguridad que los lleve adentro del anexo. No tiene caso que se pongan a pelear con el príncipe; en menos de un minuto estarían rodeados de guardias, aún peor, del ejército.
Continuará…