Capítulo 23

1896 Words
Fortaleza de los encapuchados Patio de entrenamientos… A unas medias horas a las afueras de Kaldby, se encuentra el lugar donde los encapuchados se resguardan. Para un trabajo tan peligroso como el de ellos, está lo suficientemente cerca del epicentro de la monarquía. Es una decisión estratégica; nadie asumiría que serían tan valientes o muy tontos como para instalarse allí. El lugar fue establecido como un puesto de vigilancia hace cincuenta años; sin embargo, no cumplía con su función, ya que estaba demasiado cerca de la ciudad como para anticipar algún ataque. Fue el último capricho del rey Louis IV, abuelo de Demian. Tres años atrás fue comprado por el líder de los encapuchados de manera anónima; este no sabía cómo lo iba a utilizar, pero sí para qué lo necesitaba. La edificación es similar a la de un castillo, pero de dimensiones menores. Con dos grandes torres cuadrangulares flanqueadas. Una entrada con arco de medio punto y unos amplios peldaños de piedra conducen hacia la entrada principal, elevando la estructura. —¡Atención! Habla el segundo al mando de los encapuchados. Está vestido con el color distintivo de ellos. Él lleva sus manos detrás de su espalda, denotando con su postura erguida autoridad y control. Mientras observa cómo todos quedan atentos a lo que tiene que decir. —El líder nos ha encomendado una nueva misión. Tenemos que estar alerta; el príncipe en su visita a Catleya se enteró de una posible amenaza que está conectada con el rey. Nuestros espías no nos han dado todos los detalles de quién se trata, por lo que debemos hacer lo de siempre. ¡Entendido! —¡Sí, señor! —responden todos con obediencia. Los encapuchados llevan más de dos años construyendo su organización. Empezaron dos; ahora son decenas de ellos esparcidos por toda Vaelkaris. Infiltrados en cada sistema del reino. Nunca han extendido su rango de trabajo porque su misión es proteger su nación. Sin embargo, con lo que han podido extraer desde palacio, los han hecho replantearse esa posición. —Escuchen, por el momento los quiero a todos cerca. Nos mantendremos bajo perfil, que crean que la intervención en el bosque fue el último golpe —les informa; ellos asienten. —Bien. Leo, ¿cómo va tu pierna? —pregunta. En la última misión, uno de sus miembros fue herido por la seguridad de la constructora que intentaba talar árboles de forma ilegal. Aunque pudieron salir victoriosos, les generó mucha suspicacia que una simple constructora tuviese ese nivel de seguridad. Ya los encapuchados sospechan que entre lo sucedido y la amenaza de la que se enteró el príncipe no son hechos aislados. —Ya estoy bien, señor, listo para la próxima misión —dice con firmeza. Son hombres fuertes, entrenados para sentir dolor y trabajar aun heridos solo por un objetivo. El segundo al mando sonríe de satisfacción y asiente. —Bien, pueden irse —dice y todos comienzan a dispersarse. —Jack, felicidades por el trabajo de estos días —comenta con orgullo. El plan del líder y él no es llevarse toda la gloria, es que su misión continúe aun cuando ya no estén. —Gracias, señor —dice y mueve la cabeza en modo de reverencia. —Bien, manda una carta a los encapuchados que están en las fronteras, diles que necesitamos a todos para una reunión general. Que se muevan con discreción —ordena; él asiente. El segundo al mando está por salir de la fortaleza hasta que escucha la voz de Jack. —Señor… —¿Qué pasa? —Es que tengo reportes de uno de los muchachos, es sobre la chica que trabaja en el periódico, Isabella —dice dubitativo. El segundo al mando cierra los ojos y niega con la cabeza. —Déjame adivinar, ella no ha desistido de encontrarnos. —No, señor. Nos informaron que ella tiene un retrato que se presume es el líder. —¡Maldición! Ella es muy insistente. No pudo encontrar peor momento. Hay que detenerla antes de que quede envuelta en todo esto. No te preocupes, yo me encargo. Comenta y finalmente sale del lugar. En vista de que todo se está movilizando, ellos también tendrán que actuar de forma más rígida con los que los quieren encontrar. Kaldby… Planes, secretos, verdades, lucha… todo movilizándose bajo el mismo sol, el mismo que es obligado a esconderse detrás de las nubes que indican que pronto lloverá. Es sábado y, como siempre, Isabella se dirige al orfanato. Siente que tiene años sin ver a los niños, pero ha estado tan ocupada. Después de tanto insistirle Lupin, el retratador del periódico, por fin este le reveló la identidad de la persona que, presume, vio al líder de los encapuchados. Ella sabe que es una pista vaga, que quizás solo es una imagen inventada por alguien y, aun si logró ver al líder, pues no quiere decir que este vuelva al mismo lugar. Aun así, ella no va a desistir. Por su bien emocional, necesita conocerlo, necesita saber cuál es su lucha. —Estás muy feliz, querida —habla el señor Stuarw, el director del orfanato. Isabella ha llegado sonriente al lugar; en los últimos días ha estado triste por la partida de Demian; sin embargo, la posibilidad de encontrar a una persona que admira le ha subido el ánimo. —Sí, un poco en realidad, señor Stuarw —responde con felicidad. —Me imagino que así es, más si… —Mira a todos lados y musita: —El príncipe ha regresado —revela de manera inocente. —Seguro fue corriendo a verte. El señor de cabello cano habla sin imaginarse que aquellas palabras le borrarían la sonrisa a la joven. Demian regresó y ella ni por enterada estaba. Hoy no pretendía salir a ningún lado, por lo que le dijo a Saulo que no fuera a cuidarla, así que no lo ha visto; quizás este le hubiese dado la información. —Yo no sabía que ya había regresado —dice en un tono muy diferente al que tenía cuando llegó. —Oh, lo siento, querida, pensé que lo sabías —se disculpa apenado. —Por lo que escuché, llegó ayer —le informa. “Ayer”: Esa palabra llega a los oídos de Isabella. No recuerda un momento donde Demian se haya ido de misión y, al instante de regresar, no haya corrido a abrazarla o enviado una carta. Cualquier cosa para hacerle sentir su presencia. Pero una vez más él ha optado por tardarse en buscarla. Desde que la palabra matrimonio está en la ecuación de su relación, nada se siente igual, aun cuando él quiera demostrar lo contrario. —No quería ponerte triste, lo siento —vuelve a hablar el director, sintiéndose culpable. —No es su culpa, señor Stuarw. Son muchos días en alta mar, debe de estar cansado —dice disimulando su aflicción. —Mejor entremos, traje muchos cuentos para leerse a los niños —comenta tratando de sonreír. Él asiente. Por las próximas horas, Isabella, trata de retomar su estado de ánimo, uno que le devolvió el líder de los encapuchados y que nuevamente el hombre que ama le quitó. Sin embargo, no dejará que eso arruine su visita con los niños. Entre risas, cuentos, juegos y golosinas, ella pasa el día compartiendo hasta que llega el atardecer y es momento de regresar a casa. Se despide y sale del lugar. El tiempo cambió de un momento a otro, por lo que las calles se ven más oscuras que de costumbre. No tiene miedo, pero le hubiese gustado tener a uno de los de seguridad. Los sábados en la tarde las calles se ven desoladas, los comercios cierran temprano y las personas no suelen trabajar. En ese momento pareciera que es la única que está allí. No obstante, la joven siente la presencia de alguien. Ella trata de no entrar en pánico, busca en su bolso el polvo que su padre le dio en caso de que alguien intente agredirla. De forma repentina, ella voltea y dice… —No crea que no tengo con qué… —Ella detiene sus palabras al ver quién está delante de ella. —¿Eres tú? —Supongo que te refieres a nuestro líder —habla el encapuchado. —No, no soy él —le informa y continúa… —Disculpa, no quiero asustarte, pero él te ha mandado esto. Le dice, pasándole un sobre, que asume contiene una carta. —A… a mí, ¿por qué? —pregunta perpleja. —Él sabe que lo estás buscando; quiere que te detengas antes de que te hagas daño. Pero ahí lo explicará mejor —comenta y señala el sobre ella. Ella lo mira, luego levanta la mirada. —Sí, pero yo quiero… —Isabella detiene sus palabras al ver que ya no hay nadie frente a ella. —Conocerlo —termina de decir. El corazón de Isabella se comienza a acelerar; no puede creer que el líder sabe de ella, de su existencia. Si le envió una carta es porque está cerca y no, no piensa detenerse y menos ahora. Ella observa la carta; no puede dejar de sonreír. Tiene el sello de ellos: detrás hay una montaña, con dos espadas cruzadas y un lobo en medio con el lema: honor, fuerza y lealtad. —Por Dios, este hombre ha creado una leyenda. Comenta sonrojada, sin recordar el peligro que aún podría estar. —Isabella. —Ella da un respingo al escuchar que la llama una voz familiar detrás de su espalda. No quiere girar y pensar que quizás es producto de su imaginación. —Isabella, está muy tarde, ¿por qué sales sin protección a estas horas? Reprocha Demian mientras la rodea para verla de frente. Ella permanece sorprendida, no dice nada, solo observa al pelirrojo con extrañeza, mientras estampa la carta contra su pecho. —¿Por qué no dices nada? ¿Alguien te lastimó? Dímelo —pregunta, pero no recibe respuesta, solo ve cómo ella lo observa con la mirada perdida mientras abraza la carta. Él frunce el ceño: —¿Qué es? ¿Recibiste alguna mala noticia? Isabella, por favor, dime algo. Habla desesperado. Es muy tarde y las calles están solitarias; su rostro está rojo, así que teme lo peor. —No. Yo… es que tú… —Ella comienza a balbucear. —¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías dónde estaba? Cuestiona saliendo de su asombro. —No lo sabía. Fui a tu casa, pero la señora Smith me dijo que estabas en el orfanato y aún no regresabas; estaba muy preocupada. —Le dice acariciando sus mejillas. Se quita la capa que tenía y la coloca sobre los hombros de ella. —Dejé a Saulo para que esté contigo todo el tiempo, ¿por qué se fue? —No lo regañes, él lo hizo, y cuando no podía, lo hizo Tobías, pero hoy no iba a salir y… —Ella detiene sus palabras al recordar que la que debería estar enojada es ella. —No tengo por qué darte explicaciones —habla recuperando sus fuerzas. —Llegaste ayer y ni una carta me enviaste. Estaba preocupada por… Las palabras de Isabella son interrumpidas por los labios de Demian quien no se resistió y la besó. Una vez más, el príncipe no está analizando; su parte primitiva es la que está actuando…
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