Epílogo Paul La noche estaba en calma, con la suave brisa entrando por las ventanas abiertas, ella quiso sentarse a observar la noche, mientras terminaba de vestirme, podía verla sentada en el borde de la cama, iluminada por la luz plateada de la luna que entraba en la habitación. Tenía una mano sobre su vientre redondo, y su sonrisa era todo lo que necesitaba para recordar por qué mi vida ahora tenía un sentido completamente distinto. —Es gracioso, ¿no crees? —dijo Jacinta, rompiendo el silencio con ese tono ligero que siempre me desarmaba—. Una luna de miel con mi vientre tan enorme. No es precisamente lo que la gente imagina para esta ocasión. Me quedé mirándola, incapaz de apartar los ojos. Había algo en ella que nunca dejaba de fascinarme, y en ese momento, con su sonrisa y la vid

