Dorian examinó la caja de regalo que Kendra había dejado en su escritorio en su siguiente despertar. Era pequeña, del tamaño adecuado para contener un reloj de hombre o una pulsera de mujer, bellamente envuelta en papel de plata y asegurada con un lazo rojo sangre. Pero no era el envoltorio lo que le llamaba la atención. Era el perfume dulce, abrumador, que no lograba disimular del todo el olor agrio, casi a pepinillo, de lo que había dentro. Formaldehído. Ese olor lo reconocía en cualquier lugar. Su padre y sus hermanos eran aficionados a la caza, y habían usado el químico para preservar las cabezas de los animales que habían matado. Pero eso había sido hace mucho tiempo, y trataba de no pensar en esa época, ni en su familia. Ignorando el montón de cartas que Kendra había dejado para é

