Con un nuevo inicio de semana y trabajo, Zac se encontraba sentado en el mesón de la cocina bebiendo de pequeños sorbos su taza de café, en lo que contemplaba a su pareja preparar su desayuno. O haciendo el intento de hacerlo, en una forma de disculparse por el comportamiento de su familia. —¿Necesitas ayuda? —No, encanto. Ya estoy terminando —aseguró. —Lo mismo dijiste hace tres minutos. Terminaremos llegando tarde a nuestros trabajos y dijiste que deseabas tener unas palabras con mi estúpido jefe —le recordó. —Solo termino de dorar y estoy listo —prometió. Recargando su codo derecho sobre el mesón, Zac apoyó un costado de su rostro en la palma de su mano. —Si sabes que no tienes que esforzarte tanto por cocinar solo porque uno de tus hermanos me sorprendió con sus habilidades, ¿cie

