Phill guió a la agente Michelle Gómez hasta su oficina, cerró la puerta tras de sí y una vez en ésta, puso su taza de café en el escritorio a un lado de la computadora para sentarse y buscar en la base de datos a los “Collins de Florida”. El resultado simplemente no fue agradable.
– Aquí están –dijo Phill haciéndose a un lado y dejando que Gómez leyera por sí misma todo el documento.
– Oh, por Dios –dijo ella mientras leía el documento en pantalla.
– Recuerdo haber leído el encabezado de esa noticia hace como veinte años atrás: « el karma no perdona: El hijo de CJ Collins, mejor conocido como “El rey de Collinstown”, líder de los Jinetes de la Muerte, es secuestrado bajo la nariz de su padre » –citó Phill al pie de la letra mientras estaba recostado muy cómodamente a la silla.
– ¿Quiénes son Los Jinetes de la Muerte? –preguntó Gómez apoyando las manos del escritorio para inclinarse más hacia el monitor.
– Un club de fanáticos de las motos muy malos y muy enojados desde que su "rey" perdió a uno de sus herederos –respondió rápidamente el asesor de la policía– creado en 1969 por el mismísimo CJ Collins.
– Nuestro supuesto "padre" biológico –dijo Gómez abandonando la posición anterior para entonces sentarse en una silla.
– Tú lo has dicho “supuesto”. Tal vez sí, tal vez no. Pero aun así es una gran coincidencia que estos Collins hayan perdido un hijo hace 24 años que es la misma edad que tiene este muchacho, ¿no lo crees? –dijo Phill analizando internamente la probabilidad con cierta emoción e interés. Incluso cuando dijo que era una gran coincidencia pareció saltar de su asiento.
– Un poco, sí –dijo Gómez y se recostó del respaldo de la silla para cruzar sus brazos y preguntarle a Phill– ¿cuál es tu asunto con estos "Jinetes de la Muerte"?
–Phill se mostró extrañado por un momento, parecía dudoso y por eso preguntó– ¿por qué supones que tengo un asunto con esos “Jinetes de la Muerte”?
– ¿Por qué quieres ayudarme? –preguntó Gómez de vuelta. Sabía que Phill es una persona muy lista, por lo que se da el lujo de escoger en qué casos trabajar y en cuales no, y hasta ahora, en todos los casos en los que ha trabajado, o él conoce al perpetrador o a la víctima.
– ¿Acaso no puedo ayudar a un pobre chico trastornado, que fue raptado por una psicópata, a reencontrarse con su familia biológica? –pregunto Phill con algo de dramatismo.
– ¿Cómo sabes que tiene trastornos? –preguntó Gómez sorprendida ya que no lo había puesto en el reporte.
– Generalmente cuando hay un trauma de la infancia o una situación de estrés al extremo, como abuso físico o s****l, siempre queda algo en el cerebro y se manifiesta como: depresión, baja autoestima, tendencias suicidas, psicosis, déficit de atención con hiperactividad –dijo y asintió un par de veces con la cabeza– pero siempre, las más comunes son las dos primeras y las siguientes pueden variar según la persona.
– Ah, okey –fue todo lo que respondió Michelle con las cejas alzadas y los ojos abiertos en par– no voy a preguntar cómo sabes eso. Entonces, ¿te llamo cuando el muchacho esté aquí?
– Sí. Me gustaría conocerlo –dijo y tomó el mouse junto a su café para cerrar la sesión en su computadora.
– Espera –dijo Gómez llamando nuevamente la atención del hombre junto a ella– no contestaste mi pregunta.
– Te lo dije –dijo con cierto tono de obviedad y con sus manos procedió a explicarle paso por paso– trauma es igual a: depresión y baja autoestima.
– Eso no es gracioso, Phill –regañó ella.
– No, ya sé que no.
– Me refiero a mi primera pregunta: ¿Cuál es tu asunto con ese club de motociclistas? –inquirió con el tono serio que siempre suele utilizar en él, como si estuviera regañando a un niño pequeño.
– También te respondí eso –dijo Phill con tono seguro– no tengo ningún asunto con ellos, es más, tengo 0 interés en ellos. Solo quiero ayudar al muchacho –insistió– hacer un gesto de buena fe para ganarme mi lugar en el cielo.
– No me digas –dijo cruzando los brazos contra su pecho nuevamente mientras tenía el semblante fruncido y los ojos achicados– es algo muy considerado de tu parte aunque no lo conozcas y ni siquiera lo hayas visto. Es más, este caso ni siquiera se lo dieron a la policía. ¡Yo! no sé ni por dónde empezar y no he visto al muchacho aún –dijo con cierto pesimismo en cada palabra.
– Ahí está, tú misma lo admites. Necesitas ayuda, yo soy esa ayuda –dijo Phill apuntando a su persona como solución– supongo que puedes llamarme “la caballería”.
– Al escuchar su respuesta, Gómez solo le dio una pequeña sonrisa ladina– ya me lo imaginaba.
– Bien, ahora que todo se resolvió, ¿podemos hablar de esos “Jinetes de la Muerte”? –preguntó Jester poniéndose derecho en su silla.
– Pudimos haber hablado de ellos antes de que cerraras la sesión en la computadora –dijo Gómez apuntando al monitor apagado.
– Yo no fuí el que empezó a hacer preguntas sin ningún sentido –dijo Phill volviendo a encender la computadora.
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La ciudad de Collinstown en Miami-Dade, Florida despertó temprano como todos los días. Todo normal, con las personas yendo y viniendo de sus respectivos trabajos y tareas. Y claro, los Jinetes de la Muerte no eran la excepción.
Han pasado veinticuatro años desde que el pequeño Dean Collins fue raptado en la guardia de su hermano mayor y padre, un suceso del cual ninguno de los dos pudo recuperarse jamás. Una prueba fehaciente de esto fue el suicidio del patriarca años más tarde. Sin embargo, y aunque suene cruel, la vida siguió aún con la ausencia de ambos miembros de la familia.
Apenas el rastro se enfrió, la policía dejó de buscar al pequeño luego de cinco años. Su padre, CJ Collins, resistió unos años más, pero al final se rindió de una manera muy dolorosa. No podía vivir sabiendo que una cualquiera simplemente entró y se llevó a su hijo bajó su propia nariz. Fue algo que jamás logró perdonarse.
Jamás tuvieron alguna pista del rastro del “segundo príncipe de Collinstown” o ya bien del “décimo caballero de la mesa rectangular”, Dean Collins, y aunque todos los miembros de su familia lo extrañaban y lo recordaban, a pesar de lo doloroso que es el recuerdo de haber perdido a un hijo y hermano, todos tuvieron que aceptarlo y adaptarse tarde o temprano. La madre del pequeño, la fría, astuta y muy ruda Gwendoline Collins, “Gwen”, enloqueció en cuanto la noticia del secuestro de su hijo se le fue dada, a tal punto que terminó por quebrarle el brazo a uno de los enfermeros que intentaban calmarla, por lo que tuvieron que sedarla o sino amarrarla a la camilla de hospital.
Gwendoline, tan persistente e insistente como solo una madre puede ser, buscó sin cesar a su hijo por toda la ciudad y todo el estado al lado de su marido y los hermanos de club de este, incluso lo siguieron buscando por años más cuando la policía se rindió. Ella y CJ siguieron en la incesante búsqueda del pequeño aun cuando su propio club, sus hermanos, les decían que ya era un caso perdido, que el niño podría estar muerto y su cuerpo enterrado en algún bosque o ahogado en algún lago. A estas suposiciones Gwendoline Collins respondía que "hasta no ver a su hijo frente a ella, ya sea sano y salvo o como un cadáver, ella jamás dejaría de buscarlo"… y luego intentó romperle la nariz a la persona que se lo dijo.
Desde ese día los Jinetes no hablan del tema, al menos no frente a ella.
En veinticuatro años Gwen no ha superado el tema, no ha dejado de buscar a su niño y por supuesto, no ha perdido la esperanza de que algún día pueda verlo por primera vez, pues el día de su nacimiento ella se había desmayado por la pérdida de sangre, por lo que tuvieron que practicarle una cesárea de emergencia y llevarse al bebé antes de que la madre pudiera verlo. Lo único que quiso ella al despertar fue abrazar a su hijo, cosa que nunca pudo hacer.
Quizás eso es lo que a ella más le duele, lo que ella más lamenta, nunca haber conocido a su hijo.
Troy “el pequeño de seis años que vio como una enfermera se llevaba a su hermanito en frente de él” Collins, creció para convertirse en: Troy “el vicepresidente de los Jinetes de la Muerte, orgullo de su madre, legado de su padre y dolor de cabeza de todos los demás” Collins.
Troy al principio afrontó muy mal lo que le pasó a su hermanito, sobretodo estando bajo su cuidado, y aun siendo un infante de seis años se culpaba a sí mismo por lo que pasó. Creía que él debió haber hecho algo más, que él debió detenerla de alguna forma, pero siendo solo un niño, ¿qué podría haber hecho? ¿morderle los talones?
Entonces conforme fue creciendo, su punto de vista, en cuanto a culpabilidad se refiere, fue cambiando radicalmente y pasando de su persona a la de su padre. ¡Su padre debió estar ahí junto a él cuidando de Dean, no en asuntos del club! Ese era un momento solo para la familia, no para asuntos del club. Y según esos pensamientos fueron aumentando, también lo hacía el odio que sentía hacía su padre. Lo culpaba por el secuestro de Dean, por la ruptura de su familia y de que el club siempre fuera primero para él. Esto, cuando fue dicho en voz alta, terminó en una gran pelea que acabó con Troy yéndose de Collinstown.
Durante sus años lejos de la ciudad, Troy conoció a una joven llamada Sarah Teller, con la cual ha compartido una longeva relación de casi diez años hasta hoy en día, pero solo llevaban seis años juntos cuando Troy recibió la noticia del suicidio de su padre. Al apenas enterarse de esto, decidió regresar a Collinstown y hacer las paces con el ataúd del viejo. Días después del funeral, le dijo a Sarah que lo acompañara a quedarse en su ciudad natal y ella aceptó.
Una vez con uno de sus hijos de vuelta en casa y una nuera (a la cual evaluaría después), Gwen no tardó en sacar sus garras para convencer a Troy de que se uniera al club de su padre como su heredero. Troy, queriendo honrar la memoria del hombre al que odio por mucho tiempo en su vida, terminó aceptando la propuesta y se hizo prospecto del club que fundó su padre. Luego de que recibiera su parche como m*****o oficial del club, no pasó mucho tiempo para que los demás miembros votaran por él para que fuera el nuevo Vicepresidente.
Todo Collinstown sabe que Gwen es un águila de rapiña en cuanto a su hijo se trata, por lo que ser su nuera es como estar dentro de “el Juego del Calamar”, por cualquier error que cometas estarás eliminada, y Sarah no fue la excepción. La presionaba y evaluaba continuamente, pero cuando una ex novia de Troy (a la cual Gwen odia más que a la actual) regresó al pueblo, la mujer de 54 años pareció aceptar a Sarah prácticamente de la noche a la mañana y se la pasaba diciendo lo bonita pareja que hacían, sobre todo en presencia de la ex novia. Troy ya conocía a su madre, así que se conformaba con que al menos "aceptara" a Sarah.
Y esa es básicamente la situación actual de los Collins, aunque el problema actual es otro y se llama: “Ángeles Caídos”. Una banda de motociclistas rival de los Jinetes que no hacen otra cosa más qué molestarlos cada que pueden. Parecían haber desaparecido por un tiempo, pero ahora han vuelto y solo Dios sabrá para qué.
Los Jinetes iban en caravana por la ciudad de Collinstown rumbo a un estudio de películas para adultos suyo que había explotado la noche anterior.
Connor Maynard, un hombre de la mediana edad siempre con la chaqueta del club y una bandolera negra adornando su frente, junto con sus lentes oscuros, fue la ex mano derecha de CJ Collins y ahora es el nuevo presidente del club, por lo tanto, va a la cabeza.
Junto a él va Troy Collins, vicepresidente. Un joven de 30 años exactamente, alto y musculoso que, por supuesto, también lleva la chaqueta de los Jinetes.
Siguiéndoles de cerca está Freddy, quien es tesorero del club, es decir: quien lleva las cuentas de todos los gastos y adquisiciones. Es un hombre que llega también a la mediana edad, de baja estatura y corpulento. Y por último está Gel, el Sargento de Armas, que es un hombre alto, delgado y de cabello rizado como de cuarenta años.
Cuando los cuatro miembros del club llegaron a la escena, los bomberos aún se encontraban apagando pequeñas llamaradas y conjuntos de fuego en el estudio de películas que fue incendiado la noche anterior. En cuanto aparcaron las motos, el sheriff del condado, al cual el club tiene en su nómina, se acercó a ellos para darles la triste noticia.
– ¿Qué pasó? –preguntó Connor al llegar a un lado del sheriff.
– Hubo fuego –dijo con algo de obviedad, cosa que a Con no le gustó, por lo que el sheriff siguió hablando– había propano, armas y todo explotó.
Se notaba a leguas que Connor estaba enojado. No, no enojado, ¡estaba furioso!. Apretaba la mandíbula con los dientes pegados, los de arriba con los de abajo, y con sus manos estrujaba los guantes de cuero n***o que se ponía para conducir.
– El técnico dice que fue provocado –volvió a hablar el sheriff mientras los acercaba a todos a los escombros– hay huellas de botas por todos lados.
– ¿Botas vaqueras? –preguntó Connor acercándose un poco más al sheriff.
– Los malditos AC, Conn –intervino Gel llamando a sus rivales, “Los Ángeles Caídos”, por sus siglas.
– ¿Y dónde mierda estaba Ginley? –Troy también estaba empezando a perder la paciencia y eso se notaba por el tono con el que empleó la pregunta.
– No hay rastro del guardia –contestó el sheriff.
Connor, ya harto de toda esa situación, tomó al Sheriff Dogherty del brazo y lo llevó a un lugar apartado de ojos chismosos y oídos agudos para preguntarle:
– ¿Quién lo sabe? –susurró una vez que estuvieron en un rincón.
– Oficialmente, los bomberos y yo –respondió– pero puedo convencerlos de cambiar el informe.
– ¿Y extraoficialmente? –preguntó Troy.
– Extraoficialmente todo el condado. Esta zona está muerta –al oír eso todos giraron hacia el líder preocupados hasta que éste volvió a hablar:
– Por el amor de Dios –dijo pasando sus manos por su cabello– ¿y las F-6? –preguntó susurrando refiriéndose al tipo de armas que tenían guardadas en una de las bodegas del estudio.
– No están, ni la mayoría de las Marc.
Con eso, oficial y extraoficialmente, la paciencia de Connor acabó por terminarse y comenzó a dar patadas y apartar los escombros mientras lanzaba improperios. Los demás del club tan solo lo miraban, ninguno tenía la intención de intervenir, lo mejor era que se calmara solo. Sin embargo, Troy no tardó mucho en reaccionar y como el buen e inteligente vicepresidente que es, buscó una solución temporal:
– No queremos que esto llegue al FBI –dijo y sacó un puñado de billetes doblados por la mitad para entregárselos al sheriff y con eso decirle– dale la mitad a los bomberos, que cambien el informe. La gente dirá lo que quiera. Vámonos de aquí –dijo dando una señal para que todos volvieran a las motos.
–Una vez empezando a caminar hacia donde aparcaron, el presidente sacó su pistola de detrás de su pantalón y se la tendió a Troy para decirle en broma– dos tiros, aquí –se señaló la nuca sin dejar de caminar– no me dolerá y estaré muerto.
–Troy rió sin gracia por el chiste– no es fácil ser el “rey”, ¿cierto?
– No –dijo Conn volviendo a guardar su pistola para luego apuntar a Troy con su dedo– y será mejor que no lo olvides.