Prólogo
Sofia
Desde que era pequeña siempre supe que mi mundo era un lienzo en blanco listo para que yo misma dibujara lo que esperaba de mi vida.
Siempre supe que mis sueños nunca han sido involucrarme en la empresa familiar, esa era cosa de Elian, Alexandra y todos mis primos, siendo sincera yo no quería ni una pizca de reconocimiento por esas empresas.
Al igual que Adri, mi prima y mejor amiga, yo quería seguir un camino completamente distinto, ella se guío más por el diseño de interiores, las relaciones públicas y la organización de eventos.
Era un gran mundo en el que se metió Adri, pero a diferencia de mí, ella lo tenía más fácil, le basto con montar una pequeña oficina en su departamento cuando cumplió 18 años y que nuestra familia le diera oportunidad de preparar un evento benéfico para que se abriera paso a todo el mundo de las relaciones públicas.
En cambio, mi sueño siempre ha sido diseñar vestidos y todo tipo de ropa de alta costura, quiero crear mi propia marca internacional y demostrar que puedo tener un camino propio, lejos de las influencias de mi familia.
No me malentiendan, amo a mi familia, somos muy unidos y lo más importante entre nosotros es la confianza, sé que ellos quieren mi bien y yo les agradezco mucho que siempre estén presentes en mi vida.
Pero durante años, la sociedad siempre ha dicho que yo no puedo ser nada sin ellos, para nadie es ajeno que la prensa me lo recuerda constantemente y más desde que anuncie que no pensaba tomar un cargo en la empresa.
Quería hacer esto por mi cuenta, que la gente viera que no solo era una cara bonita, sino que también podía luchar por mis sueños y tenía claro que no me bastaba con tener unos bocetos perfectos, no bastaba con que yo misma confeccionara mi vestuario en cada gala benéfica que había, ni que me invitarán a grandes pasarelas solo para quedar bien con mi familia.
Necesita un impulso algo que me abriera paso a ese mundo, algo que me involucrara y lo supe cuando me pidieron modelar en una pasarela en Francia.
El modelaje era la clave para abrirme paso en ese mundo, así que lo intente.
Cuando acepté la propuesta para convertirme en modelo en Aurum Models, no imaginé que ese sería el primer paso hacia el caos más fascinante de mi vida.
Tenía dieciocho años, recién egresada de la facultad suiza donde estudié diseño con especialización en moda, mis padres esperaban que regresara a casa para tomar mi lugar en el consejo directivo de Ivanov Group, como buena hija de empresarios italianos.
Pero yo no nací para dirigir desde una oficina, yo quería crear, quería vestir al mundo con mis ideas y para eso, debía comenzar desde abajo… o al menos, desde las luces de una pasarela.
Aurum Models tenía su sede en Roma.
Elegante, internacional, exclusiva, era una empresa de modelaje y representación que trabajaba con marcas de alta costura, y aunque jamás había hecho una audición formal, una de sus reclutadoras me vio en un desfile universitario en París y, semanas después, me ofrecieron un contrato como modelo de catálogo.
Acepté sin pensar demasiado, quería escribir mi propio destino, aunque tuviera que empezar como maniquí.
Recuerdo ese primer día con una claridad dolorosa.
Entré a las oficinas ubicadas en Via Condotti con un vestido blanco y mis bocetos bajo el brazo, como si me estuvieran esperando, todos fueron amables… hasta que lo conocí a él.
«Mikhail Volkov.»
Sabia quién era Mikhail tenía 20 años, ojos marrones, intensos, afilados como los trajes que usaba.
Dueño de una presencia que llenaba la sala antes de hablar, hijo del magnate ruso Maxim Volkov y actual director ejecutivo de la sede italiana.
—¿Tú eres la nueva? —me preguntó sin siquiera mirarme, hojeando mi contrato con desdén.
—Sofía Ivanov —respondí, sin sonreír, él sabía quién era, estaba segura porque simplemente nos habíamos encontrado en algunos eventos.
Levantó la vista, en ese instante, sentí el aire espesarse, no fue atracción, fue una advertencia.
Sabía quién era, pero jamás habíamos mediado palabras, no importaba, porque él no era relevante en mi vida ni en los negocios de la familia, pero sin duda algo salto dentro de mí cuando su mirada por fin dio con la mía y sabía que me daría problemas.
Él me evaluó de arriba abajo, como si intentara encontrar una grieta.
—¿Ivanov…? —susurró con un deje de sospecha— Interesante. — menciono y luego sonrió con burla
Yo me crucé de brazos.
—¿Algún problema con eso? — mencioné, bien, sabía que no debí de haber hecho eso, la verdad es que no debía de haberle regresado ni siquiera la mirada, el sería mi jefe y de él dependía si cumplía mi sueño o no
Pero aun sabiendo los riesgos, no podía quedarme cayada, él me hacía estar en alerta cada vez que estaba cercas y ni siquiera sabía el motivo.
No respondió ante mi defensa, sonrió de lado con una arrogancia tan perfecta como insoportable.
Ese fue nuestro primer roce.
Ni siquiera había comenzado mi primer ensayo y ya nos estábamos midiendo con palabras.
Lo peor vino después, cuando descubrí que vivía en el mismo edificio que él.
El mismo piso, la misma vista de la ciudad, la misma rutina de encuentros no planeados que siempre terminaban con miradas filosas y palabras cortantes.
Desde entonces, Mikhail Volkov se convirtió en mi conflicto favorito.
Y mi peligro constante.
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Mikhail Volkov
Roma era un caos hermoso, un laberinto de historia, arte y belleza femenina.
Me mudé de Moscú a Roma a los veinte años, no por capricho, sino por estrategia.
Mi padre, Maxim Volkov, había decidido expandir la agencia y abrir una sede en Italia, pero había algo más detrás de su “generosa” oferta: un intento de controlarme.
Días antes de enviarme a Roma, me anunció que me había prometido en matrimonio con Anastasia Morózova, hija de los dueños de la empresa de marketing más poderosa de Moscú.
Un movimiento perfecto para los negocios… pero una prisión para mi vida.
En ese momento, no me importó demasiado romper reglas, lo único que quería era distancia, tiempo para vivir a mi manera, sin compromisos, sin anillos, sin cadenas.
Anastasia era hermosa, tal vez demasiado, a decir verdad, pero había algo en ella que simplemente no terminaba de encajar, mas que nada porque nunca convivíamos, y porque ahora me sentía obligado a casarme con una mujer a la que no amo, sin contar de que ella aun es una niña, tiene 13 años y no soy un idiota para meterme en esos problemas.
Tenia exactamente cinco años para que Anastasia cumpliera la mayoría de edad, cinco años donde podría vivir libremente antes de convertirme en prisionero.
Roma me dio exactamente eso: mujeres, fiestas y la libertad de hacer y deshacer.
Hasta que la vi.
Recuerdo su llegada como si fuera ayer, Sofía Ivanov, dieciocho años, cabello rubio como el oro y ojos verdes que parecían saber más de lo que mostraban.
Caminaba como si el mundo no pudiera tocarla, y sin embargo, yo sentí que podía derrumbarme con una sola mirada.
Desde el primer día supe que sería un problema, uno hermoso, sí, pero un problema al fin.
Supe que no era una mujer para mí, no por falta de deseo —porque era imposible no desearla—, sino porque nuestras vidas eran incompatibles.
Ella era talento, ambición y orgullo puro y yo… bueno, yo era su jefe, dos años mayor, con un pasado y un futuro demasiado enredados como para arrastrarla.
Hija de una familia poderosa, consentida, terca, con una belleza innegable, pero con una lengua afilada y una determinación que desafiaba cualquier estructura jerárquica, no se dejaba impresionar y mucho menos por mí.
Lo peor fue descubrir que vivía justo frente a mí.
El mismo piso, la misma llave del elevador privado, la misma risa ligera en los pasillos cuando llegaba con otra mujer.
Una mujer diferente cada noche y, aun así, ella seguía ahí.
Resistiendo, como si no le importara, como si todo en ella gritara que no me necesitaba.
La mujer que no podía tocar y la vecina que no podía ignorar.
La mujer que, sin saberlo, ya estaba empezando a conquistarme.
Pero yo sabía, que, en el fondo, el odio que nos teníamos no era más que una forma elegante de no confesar lo que ambos sentíamos:
Miedo.
Atracción.
Y algo más peligroso…
Destino.