Mikhail
La noche anterior había sido larga.
Un día entero de reuniones, firmas y negociaciones había terminado con una victoria que cualquier otro celebraría con champaña y descanso.
Yo, en cambio, terminé en un club nocturno de lujo, buscando apagar el cansancio con un par de tragos.
Había cerrado un acuerdo millonario con una marca de ropa emergente, una de esas con potencial para romper en la industria.
El único inconveniente —si se podía llamar así— era que el contrato exigía una sola modelo para portar los nuevos diseños y esa modelo era Sofía.
Sofía, con su imagen impecable ante el mundo: la hija de un matrimonio perfecto, la chica hermosa con un alma libre que había dado la espalda al negocio familiar, la rebelde que había decidido brillar por cuenta propia en las pasarelas y portadas.
Famosa no solo por su talento, sino también por sus orígenes, por esa historia de privilegio mezclada con independencia.
A veces me abrumaba que siempre pareciera… intocable.
En el club, una chica se me acercó con una sonrisa más peligrosa que el alcohol en mi vaso.
Ni siquiera recuerdo su nombre; lo que sí recuerdo es la forma en la que prácticamente se lanzó a mi cuello, yo ya estaba lo suficientemente tomado y entre insinuaciones directas y promesas más implícitas, terminó arrastrándome a mi departamento.
No mentiré: fue intenso, satisfactorio en el sentido más físico de la palabra, lo disfruté, en especial por la simple idea de que Sofía supiera que había otra mujer en mi cama.
No soportaba verla cerca de otro hombre, menos aún soportaba las miradas de deseo que le dedicaban… y mucho menos aceptar que no podía hacer nada al respecto, porque oficialmente, nos odiábamos.
Desde el primer día nuestro carácter nos llevo a vivir al limite Sofia era valiente, una mujer con carácter y sin duda hermosa, ella era la razón por la que no quería volver a Moscú y sin duda la razón por la que odiaba mi vida.
La mañana siguiente, desperté con aquella chica aún dormida a mi lado, le pedí —con toda la frialdad posible— que se fuera antes de caminar hasta la terraza y acostarme en el sofá cubriendo mi cuerpo en una sabana
Se ofendió, claro.
—¿Eso es todo? —me dijo, como si esperara algo más.
—Fue un rollo de una noche —le respondí— No me busques de nuevo. — era un cabrón lo sabía, pero de alguna manera no pensaba conectar con ninguna mujer, no quería enamorarme de alguien porque simplemente mi tiempo se agotaba y cuando menos lo esperaba terminaría regresado a Moscú para casarme, aunque si era sincero, si me enamoraba, solo quería que fuera de una mujer y ella me odiaba.
Se vistió y salió dando un portazo, no me importó, me levante, me di una ducha y me vestí rápido y salí rumbo al set donde se realizaría la sesión para la nueva portada.
No es que no confiara en mi equipo, pero quería ver si mi espectáculo de anoche le había afectado a Sofía tanto como a mí cada vez que la veía con otro hombre.
Cuando llegué, todo estaba listo, cámaras, luces, escenografía… todos estaban en su lugar.
Todos, excepto Sofía.
Seguía en el camerino, haciendo que todo el equipo esperara, sentí un impulso de ira y es que no podía permitir retrasos por su culpa.
Cuando finalmente salió, el vestido rojo se ceñía a su cuerpo como si hubiera sido diseñado para tentarme.
Pero lo que realmente encendió mi mal humor fue verla cerca de Adrián, uno de los modelos más populares en la moda.
Maldije internamente el momento en que lo contrate y maldita sea la hora en que se fijó en ella.
Me acerqué con un pretexto cualquiera, llamándolo para revisar un supuesto cambio en la programación.
Él se alejó sin más, dejando a Sofía sola, exactamente lo que quería.
La sesión comenzó y mientras discutía con el director creativo sobre la siguiente escenografía, mis ojos se desviaban a ella sin permiso.
No iba a negarlo: estaba espectacular, el rojo resaltaba cada curva, cada línea de su figura, no podía dejar de mirar cada parte de su cuerpo, el mismo que deseaba recorrer con mis manos.
Pero entre nosotros jamás pasaría nada, Sofía era la única mujer en el mundo que nunca cruzaría el umbral de mi departamento.
La sesión terminó y ella caminaba hacia el camerino cuando una de las chicas de limpieza tropezó y derramó vino sobre su vestido.
Una mancha oscura se expandió en la tela costosa, la chica se disculpó con Sofia y ella la tranquilizo, cuando la chica se alejó avergonzada, no dude en acercarme, solo con el pretexto de tenerla cercas.
—¿Tienes idea de cuánto cuesta eso? — le pregunte antes de siquiera pensarlo, la verdad eso era de menos, se seguía viendo hermosa.
Ella me miró, altiva.
—Si el problema es el costo del vestido, rebájamelo de mi sueldo, pero no voy a permitir que me hagas sentir mal por un accidente. — menciono sin inmutarse haciéndome reír internamente.
—Eres una niña consentida que cree que todo lo puede comprar con dinero —respondí con dureza y su sonrisa fue cortante.
—Qué coincidencia… porque tú y yo somos exactamente iguales y si no te gusta, despídeme. — menciono antes de entrar al camerino.
No podía hacerlo, no con el proyecto que teníamos en puerta y aunque podia mandarlo a volar, no quería tenerla lejos.
La rabia y la frustración se mezclaron, pero ella ya había decidido terminar la discusión dejándome con las manos vacías y la cabeza llena de preguntas que jamás admitiría en voz alta.
El segundo cambio de Sofía fue… un atentado directo a mi paciencia.
No era un vestido, era una provocación, corto hasta rozar lo indecente, ceñido a sus curvas como si hubiera sido cosido directamente sobre su piel, y con una espalda completamente descubierta que dejaba a la vista el brillo suave de su piel bajo las luces del set.
No me sorprendió que, en cuanto salió del camerino, todos los hombres presentes —fotógrafos, asistentes y técnicos— detuvieran lo que estaban haciendo solo para mirarla.
Pero aunque la mayoría disimuló al segundo… solo uno no lo hizo y me cuestione que tan viable sería despedirlo.
Adrián fue el único con la poca vergüenza de acercarse sin disimulo, con esa sonrisa estudiada de “chico perfecto” que tanto gustaba en la industria.
Y como si la situación no pudiera ser más irritante, se colocó frente a ella con el pretexto de “acomodarle el cabello”.
Eso no era su trabajo, no tenía que tocarla, no tenía que mirarla así, porque simplemente ella estaba perfecta, su cabello no necesitaba arreglos.
Pero lo peor es que ella sonrió, no fue una sonrisa educada, sino una de esas que podía convertir a cualquier hombre en un idiota rendido a sus pies.
Se veía perfecta, demasiado perfecta a decir verdad y eso solo hizo que mi enojo se afianzara en el estómago como un hierro caliente.
Mientras ellos intercambiaban unas cuantas palabras inaudibles para mí, los murmullos empezaron a propagarse como un virus.
—Mira cómo la ve — susurró una de las maquillistas, agachándose sobre su mesa, pero sin apartar la vista.
—Tienen una química increíble, ¿no? — añadió un fotógrafo, ajustando su cámara
—Química es poco, parecen de película — respondió otro asistente.
—Imagínatelos juntos en la vida real… serían la pareja del año — dijo una de las chicas de vestuario con una risita.
—¿Tú crees que ya haya algo? — preguntó un chico del equipo de iluminación.
—Por cómo la mira él y cómo sonríe ella… yo diría que sí — contestó la primera maquillista, como si estuviera narrando un chisme de revista.
—Ojalá, se ven demasiado bien —remató otra, suspirando.
Ese coro de estupideces empezó a calarme los nervios.
La peor parte era que yo no podía hacer nada, Adrián tenía que salir en esa sesión, y no en cualquier foto: era una campaña en parejas, eso significaba que estaría cerca, demasiado como para tolerarlo.
—No están aquí para perder el tiempo con tonterías —solté de golpe, lo bastante alto para que todos me escucharan— Vuelvan a su trabajo y dejen de inventar relaciones que no existen. — mencione y él silencio fue inmediato.
Algunos carraspearon incómodos, Sofía apenas giró el rostro hacia mí con esa mirada cargada de un desafío silencioso que conocía demasiado bien.
Ella sabía que me molestaba, y eso… eso la divertía y en el fondo a una parte de mí, le gustaba verla feliz.
Pero a pesar de eso, lo único que tenía claro en ese momento era que esa sesión no se me iba a hacer eterna por el trabajo… sino por ella.
Porque si había algo peor que ver a Adrián cerca de Sofía, era tener que autorizarlo.
La campaña exigía naturalidad, contacto, “química en pareja” … justo lo que yo no quería ver en absoluto.
El fotógrafo daba indicaciones como si estuviera dirigiendo una escena romántica:
—Más cerca… más, Adrián… tócale la cintura… eso es… miren como si estuvieran a punto de besarse… — ordenaba
Sofía obedecía con profesionalismo, pero cada sonrisa, cada inclinación de cabeza, cada roce de su mano en el brazo de Adrián me caía como un golpe seco en el pecho.
Y lo peor era que él disfrutaba cada segundo, su mano permanecía más de lo necesario en su cintura, se inclinaba hacia ella como si no existiera un límite.
Y cuando Sofía reía, sus ojos brillaban como si el resto del set se hubiera desvanecido.
Mi mandíbula estaba tan tensa que sentía el dolor subir hasta las sienes.
Me repetía mentalmente que era un trabajo, que era una simple sesión… pero las voces de hace unos minutos, ese murmullo de “harían una hermosa pareja”, seguían repitiéndose en mi cabeza como un eco irritante.
Y entonces, el fotógrafo dio la orden que me hizo perder el control:
—Perfecto, Adrián… ahora bésale el cuello, suave, como si fuera algo íntimo… — sugirió
Adrián sonrió, encantado con la indicación, Sofía inclinó un poco la cabeza hacia un lado, dejando expuesta esa delicada línea de piel que yo conocía demasiado bien, no porque la haya tocado, sino porque he mirado esa zona mas tiempo del que debía reconocer.
Y no, no iba a permitirlo.
Di dos pasos hacia adelante, lo bastante fuerte como para que las tablas del set crujieran bajo mis zapatos, y levanté la voz:
—Es suficiente — mencione molesto.
—Pero, señor, aún falta el cierre de… — El fotógrafo parpadeó, confundido.
—No — Lo interrumpí con un tono seco, firme, sin espacio para discusión— Tenemos las fotos que necesitamos, ordenen levantar la escenografía, desmonten todo y regresen a la oficina. — mencione atrayendo la mirada de los demás.
Hubo un silencio incómodo, los asistentes comenzaron a moverse con lentitud, como si dudaran en obedecer.
Adrián me lanzó una mirada de fastidio y Sofía… bueno, Sofía me miraba como si acabara de descubrir algo que me hubiera gustado mantener oculto.
Yo, por mi parte, no dije nada más, porque si abría la boca, no hablaría como el jefe.
Hablaría como el hombre que no soporta ver a otro tocar lo que es suyo.
Y no iba a permitir que eso se repitiera, la miré por última vez y salí del lugar.