Capítulo 2: Vendida

2448 Words
Era una chica pelirroja de ojos azules, estaba demasiado delgada debido a la probable desnutrición por las condiciones precarias en las que posiblemente vivía. ―Yo sé cocinar, lavar, y soy buena haciendo cuentas y tengo estudios básicos ―Kate ya no sabia qué más decir para que las ofertas aumentaran. ―¿Sabes cuidar niños? ―esta vez la pregunta hizo que muchos se sorprendieran y comenzaran a gritar cantidades y cantidades de dinero. ―Sí, yo tengo cuatro hermanos y he cuidado de ellos, además soy buena en economía... ―¡Les advierto que cualquier cantidad que ofrezcan yo la superaré! ―advirtió Andrew con una mirada feroz dirigida hacia Katherine, quien solamente enredaba uno de los vuelos del vestido entre sus dedos. ―Un millón de zyitas ―fue la última oferta que hizo un hombre de cabellera del color del chocolate. ―Un millón cien de zyitas ―culminó Andrew con una sonrisa de satisfacción. Al fin había encontrado a una buena esposa que tal vez podría servir también como sirvienta. Al parecer tenía todo el perfil para ser una, sin embargo su belleza lo hacia dudar de que realmente fuera pobre. Aun así, ya había realizado su oferta y se la había comprado. ―¡Vendida al hombre con el número trece! ―gritó Gravy haciendo bajar a Katherine de la plataforma. Listo, ya había conseguido un comprador y una fortuna para su familia. Ahora ellos podrían aprovecharlo para salir de la miseria, y a los niños les serviría para poder pagar un poco de educación. Katherine bajó del escenario y fue jalada por las manos de Andrew hacia el interior de un carruaje lujosamente diseñado. ―Niña, dime cómo te llamas ―dijo Andrew imperativamente. ―Creí haberlo mencionado en la subasta, si me adquirió como mercancía mínimo debería haber puesto atención a un insignificante nombre como lo es el mío ―respondió Kate dándole la espalda a su nuevo amo. ―Con que tienes el suficiente orgullo como para no doblegarte ante mí...eso es bueno, necesito a una esposa fuerte que sea buena madre. Esas palabras tomaron por sorpresa a Kate haciendo que volteada de golpe para verlo directamente a la cara. ―Yo no me casaré contigo,  mucho menos engendraré un hijo tuyo. Yo sólo lo haré con la persona a la que realmente amo ―comento con completa seriedad observando a Andrew directamente a los ojos. Él solo soltó una sonora carcajada que obligó al chofer a detenerse. ―¿Amar dices? ―musitó la voz arrogante de Andrew. ―Necesito a una mujer que no me ame y esa eres tú, si no me amas entonces la conciencia no te carcomerá cuando te conviertas en mi mujer ―esas palabras hicieron que Kate comenzara a arrepentirse de haber tomado la decisión de venderse. El carruaje siguió avanzando rápidamente hasta llegar a la mansión de los Scanlan, sin embargo la inmensidad de la propiedad no sorprendió a Kate; se la imaginaba así desde que escucho la cantidad que él ofreció por ella. ―Entra, Dentro de la casa una de las criadas te mostrará tu dormitorio. Yo me voy al mío. No la ayudo a descender del carruaje, pero ella tampoco le pidió su ayuda para hacerlo. Él no necesitaba a una mujer autónoma y con semejante mal carácter, deseaba a alguien tan bondadosa como su madre. Tal vez se conseguiría a una amante para cubrir sus deseos. Kate entró a la casa e hizo una leve reverencia para saludar al mayordomo que esperaba dentro. ―Buenas noches señorita, espero que su estancia aquí sea cómoda y placentera. Si necesita algo no dude en pedirlo a las sirvientas o hágalo directamente conmigo. ―Muchas gracias señor, es usted muy amable, ¿me podría decir su nombre?, no quiero dirigirme a usted de esta forma; preferiría llamarlo apropiadamente ―Kate se acercó un poco más para escuchar atentamente sus palabras. ―Soy Dante, ¿usted cómo se llama jovencita? ―preguntó el hombre mientras se apresuraba a guiarla hasta su habitación. ―Mi nombre es Katherine Malieth, pero no se lo diga al señor por favor ―rogó Kate después de echarle una mirada a su nueva recámara,. ―No se preocupe señorita, no se lo diré ―hizo una leve reverencia y la dejo ahí para que descansara el resto de la noche. La cama era enorme, lo suficientemente grande como para que durmiera ahí ella con sus cuatro hermanos y su madre. Soltó un sollozo al recordar a su familia. Ahora ellos debían recibir el dinero y se cambiarían de casa a un lugar mejor. Tal vez ahora podrían comprarse una propiedad con el dinero que había conseguido para ellos, el cual era demasiado; más de lo que ella esperaba recibir. Se recostó en el colchón y entonces éste se hundió e hizo que Kate se lanzara hacia el suelo pensando que su propia cama la tragaría. El golpe de la caída de Katherine resonó en la planta baja, haciendo que los sirvientes se preocuparan y subieran a ver cómo se encontraba. Incluso Andrew se vio tentado a subir para burlarse de lo que pudo haberle pasado a su pequeña esposa. ―¿Se encuentra bien? ―preguntó una de las sirvientas que llevaba una vela encendida. ―Si...sí, yo solo me caí ―sonrió frescamente y se quedó parada en medio de la enorme habitación. ―Estaba buscando algunas sábanas gruesas. ―En un momento las subiremos ―indicó la sirvienta y se fue tan rápido como pudo. Esa noche ella durmió en el frío suelo ya que no estaba acostumbrada a descansar sobre una superficie tan blanda, y también porque eso la hacia recordar a su familia y su antiguo hogar. ―¡¿Qué haces en el suelo?! ― gritó Andrew sin darle la oportunidad a Kate de despertarse por completo. ―No estoy acostumbrada a vivir en el lujo y la opulencia, sin embargo me acostumbraré poco a poco ―respondió tajante y subió sus cosas al colchón. ―Ninguna esposa mía dormirá en el suelo, si mañana te vuelvo a encontrar aquí te arrastraré hasta mi habitación para que duermas conmigo ―la simple imagen de él durmiendo en la misma recamara que ella hizo que Katherine pusiera una mueca de asco y repulsión. ―No volverá a pasar ―agachó la cabeza y alisó las arrugas de su vestido. ―Eso espero ―Andrew se dio la media vuelta y cerro la puerta de golpe. Realmente odiaba que las cosas fueran de esa forma. Desde un principio creyó que ella seria sumisa y delicada, sin embargo le habían vendido mercancía defectuosa por la que ya había pagado. Si la pelirroja no mejoraba hasta que llegara el fin de mes, entonces volvería a asistir a la subasta de mujeres para conseguir a alguien mucho mejor y un poco obediente. Andrew se sentó a desayunar nuevamente solo. ―Traigan a la nueva señora Scanlan ―ordenó Andrew a cualquiera de los empleados que quisieran obedecerlo. Dos sirvientas y su mayordomo tuvieron que subir por ella para animarla a bajar a desayunar. Si realmente estaba desnutrida a causa de la pobreza en la que vivía, entonces seguramente aceptaría desayunar un buen corte de carne. ―El joven amo la está esperando en la mesa para desayunar... ―Yo lo haré en mi habitación ―interrumpió y se sentó sobre el banco que estaba frente a su tocador de madera con un enorme espejo redondo. ―Pero señorita, él nos ha ordenado que la hagamos bajar ―intervino una de las sirvientas que parecía la más joven de todas las que había visto. ―Si he de casarme con ese hombre se supone que también deben obedecer mis órdenes, así que les pido por favor me traigan el desayuno a la cama ―fueron las últimas palabras de Kate para así evitar tener más contacto con su comprador. Dante bajó cabizbajo a enfrentar la ira de Andrew. Todos ahí sabían lo que él podía hacer cuando una de sus órdenes no se cumplía, y ahora era su turno para poder enfrentar a su patrón. ―Señor, me temo que la señorita ha pedido que suban el desayuno a su recámara y nos lo ha ordenado ―murmuró Dante mientras preparaba la charola de plata con la comida para Katherine. ―No me interesa lo que ella haya ordenado, yo ordené que la hicieran bajar y ustedes me han desobedecido. ―Disculpe señor, pero cuando una mujer de una orden es pertinente obedecerla y más si es alguien como esa jovencita ―interrumpió la joven sirvienta con una leve sonrisa. ―¿Ahora ustedes piensan decirme qué hacer? La situación era de risa para Andrew, pero debía mantenerse firme ante sus súbditos si quería ser tan respetable como hasta ahora. ―No joven amo, sin embargo esa mujer tiene un carácter muy especial y jamás va a doblegarse ―fueron esas palabras las que hicieron mella en la paciencia de Andrew. ―Sea o no especial, yo la he comprado y debe obedecer mis órdenes. Los caprichos de Katherine ya estaban colmando la paciencia de Andrew, con esa actitud suya de superioridad. Ya iba siendo hora de que alguien la pusiera en su lugar. Andrew subió a su despacho para pensar mejor en lo que estaba pasando en ese instante. Era cierto que había pedido a alguien como su madre, pero se refería a la belleza que ella poseía, no al carácter que solía tener cuando estaba decidida a lograr algo. Salió del pequeño despacho para observar a la pelirroja caminar de un lado a otro del pasillo, como si buscara algo. ―¿Se te ha perdido algo? ―preguntó Andrew mientras se recargaba en el marco de la puerta de su despacho. ―No señor, estaba sumergida en mis pensamientos ―respondió sin bajar la guardia. ―Tú puedes llamarme Andrew si quieres, a fin de cuentas serás mi esposa y es normal que entre marido y mujer se llamen por sus nombres. ―Si usted no se esmera en recordar mi nombre entonces yo no lo llamaré por el suyo. ―Eso es porque no me sé tu nombre. ―Si existiera algún interés de su parte por conocerlo seguramente lo investigaría, pero por la forma en la que se conduce hacia mí y hacia los demás, puedo determinar que le es tan insignificante como la mosca que se encuentra en esta casa. Si me disculpa, tengo cosas que arreglar en mi habitación ―intentó dar un paso al interior de la recámara, pero Andrew se lo impidió tomándola del brazo. ―Estoy harto de tu juego de la niña madura, te quiero ver en este despacho a las cinco de la tarde para dejarte en claro el reglamento de esta casa, hasta entonces tienes prohibido salir de tu habitación ―sentenció y soltó el brazo de Katherine. ―No se preocupe, ese no será un problema ―hizo una leve inclinación y cerró la puerta delicadamente detrás de ella. Ahora había logrado enfurecer a su comprador con la actitud que hacia enorgullecer a su familia verdadera, ¿Acaso había alguna cosa que finalmente hiciera bien? Se quedó dentro de la habitación custodiada por Dante y por una sirvienta. En perspectiva de ella, era un desperdicio el vigilarla, ya que definitivamente no bajaría de ahí; sin embargo Andrew la creía capaz de saltar por la ventana para escapar, a pesar de que se encontrara en un segundo piso. Ese día Andrew tenía que ir a arreglar los asuntos correspondientes a la empresa de su familia. Pronto elegirían a un nuevo presidente y debía intentar no llegar tarde para evitar que actuaran a sus espaldas. Aunque todos ellos fueran su familia, serían capaces de atentar los unos contra los otros con tal de quedarse con la empresa. ―Charles, necesito que me lleves hasta la empresa, y de ahí nos desviaremos al pueblo vecino―-ordenó al otro cochero, y éste de inmediato se puso en marcha. El camino empedrado hacía que el carruaje se volviera inestable y que la velocidad descendiera conforme avanzaban. Su tiempo se estaba agotando si quería adelantarse a cualquier cosa que pudieran tramar. ―Date prisa, tenemos que estar ahí a tiempo ―observó su reloj de cadena y lo regresó al interior de su bolsillo. En efecto, iban retrasados para poder entrar en la reunión familiar. Llegaron a la casa de la reunión cuando todos ya estaban conversando dentro. ―Andrew, escuché que te vas a casar pronto, ¿es que ella no te acompaña? ―preguntó su hermana derramando veneno por todas partes. ―Ha preferido quedarse en casa leyendo un buen libro antes que ver a alguien como tú, si me disculpas debo ir a saludar a los abuelos ―la hizo a un lado con un leve roce de hombros y continuó su camino directo a su nuevo objetivo. ―Felicidades mi niño, ¿dónde está tu prometida? ―preguntó la abuela. ―Está en casa y me ha pedido que los invite, ella los recibirá el día que ustedes puedan ir-dicho esto los abuelos sonrieron y se dedicaron a hablar con él sobre su vida y su pasado, como cualquier abuelo haría con su nieto. ―¿Saben si ha venido Thabatha? ―la pregunta resonó en toda la casa, provocando los murmullos de todos los presentes. Thabatha fue la mujer más importante en la vida de Andrew, sin embargo su primo se encargó de arrebatársela justo el día de su boda para después llevarla a un lugar muy lejos de él para que así no pudiera separarlos. ―No, creí que la habías llevado a Londres después del día n***o ―respondió la hermana de Andrew intentando defender a su hermano mayor a pesar de que ambos no llevaban una buena relación ―Eres muy graciosa primita, estoy segura de que eso no es algo hereditario. ―No sé por qué lo dices, con tu existencia se comprueba que viene de la misma naturaleza. Ella sí que sabe hacer buenas bromas. Vámonos Andy, ya quiero conocer a mi cuñada ―tiró del brazo de Andrew y lo sacó de la casa sin agrandar el problema que ya todos se harían cargo de aminorar con conversaciones sobre el trabajo. Los hermanos Scanlan abordaron el carruaje y partieron en dirección a la mansión de Andrew sin tocar el tema de Thabatha, la señorita Scanlan era consciente de que si lo mencionaba, sería abandonada a mitad del camino. ―Debo hacer una llamada antes ―advirtió Andrew con anticipación. ―La empresa ha puesto una línea de prueba que comunica al médico de papá con la mansión. El chofer escuchó la orden discreta que envió Andrew y perfiló a los corceles hacia la casa del médico. Cuando ambos estuvieron ahí, él desmontó el artefacto de su base y giró una rueda para poder enlazar una llamada hacia la mansión donde seguramente Dante estaría atento al novedoso experimento de la empresa. ―¿Ha pasado algo con el padre del joven amo? ―respondió la voz varonil de su mayordomo. ―No, soy Andrew y quiero que arreglen a la señorita para una visita, llegaremos en diez minutos. Dante colgó rápidamente y subió a la habitación de Katherine para advertirle que recibirían a alguien y habían pedido que se arreglara. ―Señorita Katherine, el joven Andrew le pide que deje que la arreglen porque recibiremos a una persona que quiere conocerla―murmuró Dante tan rápido como sus pulmones le permitieron expulsar el aire. ―Claro, pueden subir a arreglarme ―justo cuando terminó la frase, su recamara se llenó de mujeres llevando y trayendo cosas de otra de las habitaciones. Kate estaba segura de que, hicieran lo que hicieran con ella, jamás lograrían que se viera bonita. Esas cosas no funcionaban con ella.   
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