Brand era enorme. Alina le sentía respirar , notaba el leve filo de su aliento acariciarle la tez delicada, como un remedo de caricia del amante que había sido suyo en su abrumadora fortaleza. Su fuego.
Le agarraba el brazo con tanta fuerza que le hacia daño. Pero estaba segura de que no se daba cuenta. El fuego ardía con demasiada intensidad.
Ella apretó los dientes. No emitiría ningún sonido.
Pero el se dio cuenta de pronto y relajo la mano. Tan bruscamente que sus piernas temblorosas se aflojaron.
Pero el la sujeto. La apretó contra si. Y, aunque ya no le hacia daño, Alina comprendió que no iba a soltarla.
Se obligó a hablar.
-No me hagas esto- compartían el aliento, irregular y agitado, y sus sentidos se desbocaron. Por la cercanía de Brand.
-¿ De veras quieres quedarte aquí?
Ella levantó la cabeza. La fea toca, pillada contra su brazo, se desgarró, dejando al descubierto un mechón de pelo enredado. n***o, no rubio como el de las sajonas, sino negrisimo sobre el áspero lino blanco.
Ella no podía hacer nada. No podía moverse.
Vio que él fijaba la mirada en su cabello y que el fuego de sus ojos adquiría una tonalidad distinta. Debía sentir miedo. Y lo sentía.
Sin embargo , el ardor de Brand hallaba eco en ella, como siempre, y escapaba a su dominio.
El lo sabia. Alina conocía bien el destello de ansia de su mirada. Ninguno de los dos había sido capaz de disfrazarlo.
Brand deslizó una mano por su brazo.
Su caricia era tan agitada como su aliento, ardiente y desbocada. Pero ello no mitigaba su fuerza. Iba a tocar su mano, a tocarla como si...
Alina se aparto bruscamente de el. Pero Brand la agarró con fuerza de la muñeca.
-Los dos tomamos nuestras decisiones, Alina. Ahora, debemos mantenerlas.
La mano de Alina se hallaba envuelta en la de el, enterrada en su calor. Los dedos de Brand se cerraron sobre su carne, su y roce era... tierno.
Fue eso lo que debilitó la resolución y la fuerza de Alina, cuyo cuerpo se tambaleó hacia el como si fuera a caerse. Pero Brand no permitió que se cayera. Deslizó las manos bajo sus brazos y sujeto suavemente, con aquellos diestros ademanes de que solo el era capaz. Solo su contacto podía hacer que Alina empezara a fundirse desde dentro hasta que su cuerpo parecía disolverse, inerte, contra el de el.
Brand deslizó las manos sobre su cintura, sobre sus riñones, y la levantó en vilo. La sensación de flotar se hizo mas intensa. Sus manos eran cálidas y su fuerza completa. No permitiría que se cayera. Siempre había sido así. Sus manos eran lo único en que ella había podido confiar. Su fuerza y su calor podían sostenerla. Contra viento y marea.
Si ella lo permitía.
-¿Tenias miedo? ¿Por eso no pudiste soportarlo, vivir en el exilio conmigo? ¿ Por eso viniste al sur?
¡Ah, la tersura de aquella voz en la que ya no ardía la ira! La voz de Brand. Entretejida con la inapreciable posibilidad de la comprensión.
¡Cuán fácil sería decir que sí! Le había dado miedo todo, hasta su amor. Podía reconocer su miedo, allí, en el refugio de sus brazos, y quizás el la perdonara. Quizá aquello abriera la puerta a la luz brillante del presente, al fulgor de Brand. Esa luz que la rodeaba. La viveza de su cabello, que parecía atraer cada rayo de sol que había en la habitación la deslumbraba; el furioso centelleo de sus ojos la cegaba.
Aquellos ojos tenían vida. Era el único modo de describirlos. Veían a través de las cosa. Conocían y aceptaban todas las pasiones y todas las esperanzas, todos los defectos y las contradicciones de la naturaleza humana. Tal vez incluso entendiera aquel otro miedo, para el que ella apenas encontraba palabras: el miedo que le tenía al amor tan grande como su deseo.
Conseguir aquella aceptación sin fisuras, ofrecida como el más generoso regalo, sería como un bálsamo para una herida mortal.
Al mirarlo, al tocarlo, Alina podía creer que Brand se lo ofrecía, aunque ya no la amara. Sí es que alguna vez se había ganado su amor. Tal cosa no le parecía ya posible.
Pero ¿qué importaba que el entendiera, que él la perdonara? Brand tenía un sentido tan equilibrado del honor que la carga comenzaría de nuevo.
Ella no podía consentirlo.
Era ella quien había puesto allí las sombras que yacían tras la luminosa intensidad de sus ojos.
Lo miro, y su aliento le atravesó los huesos.
- Si, tenía miedo – dijo lentamente –, pero no de Hun.
- A Hun le entendía. Podría a verme quedado con él. Lo que me daba miedo era la insensatez que te había hecho a ti.
El no dijo una palabra. No se movió. Sus ojos siguieron fijos en ella, tan afilados que podrían hacer brotar la sangre.
- Yo…- Alina se detuvo. ¿Y si no la creía? ¿Y si aquellos ojos que todo los veía adivinaban su engaño?
Busco frenéticamente algo que decir, algo que lo convenciera. Algo que justificara por que la había encontrado oculta en una mísera abadía de Wessex. Weseex.Hun.
-Vine al sur a encontrarme con Hun –el lento sonido burlón de su voz dio forma a la mentira que sellaría su destino -.Y para escapar de ti.
Los ojos de Brand se cerraron, dejándola fuera. El regalo, la posibilidad de comprensión, desaparecieron. Solo quedo aquella fuerza temible, la energía que despreciaba cualquier freno terrenal y de todo se apoderaba.
El no dijo nada más. Se limitó a darle la vuelta y a tirar de ella hacia la puerta. Sus pesadas botas levantaban el polvo y los juntos del suelo. Las burdas faldas de Alina, sus pies, su cuerpo entero se arrastraba tras él.
Alina se resistió.
Era lo único que le quedaba, el instinto de preservar su vida. Luchó con una fuerza ciega que no parecía suya, sino de un gato montés y enloquecido. Se desasió de un tirón. Consiguió desasirse porque le pilló por sorpresa y porque, por un instante, él se refreno.
Golpeo con todas sus fuerzas y el brazo izquierdo de Brand choco contra la pared. El profirió un gemido de sorpresa, de dolor. Dolor. Le había hecho daño, más de lo que creía. Ahora. Ahora, o estaría perdida.
El gato salvaje ataco de nuevo, golpeo el brazo dolorido, se lanzó hacia la puerta. Lo conseguiría. Lucho a tientas con la aldaba de hierro, una de sus uñas, antaño tan bien cuidabas, se rompió.
Brand la agarro. Era muy rápido. Veloz como un relámpago. Alina se retorció con ferocidad, se golpeó contra la mesa. La mesa…Busco a tientas la espada. Con la mano derecha agarro la empañadura. No podía usarla, no la usaría, porque era letal. Pero tampoco se daría por vencida.
Porque no era su vida la que estaba en juego. Era la de él. Levantó la espada, pero era muy larga, y ella se hallaba confinada entre la mesa y el banco de la pared. No podía controlarla.
-¡No me toques!-grito con todas sus fuerzas. Pero era una necia si creía poder detener a un espíritu de fuego como Brand con una simple espada.
-Suéltala. Te vas a hacer daño…
Pero ella prefería hacerse daño que herir a Brand. Se volvió hacia la puerta, tambaleándose, entorpecida por los zapatos prestados. Se golpeó el brazo y el hombro con la pared y la espada voló por el aire y cayó hacia ella. La hoja de hierro lleno su campo de visión. No podía detenerla porque ella también se caía.
>, pensó >.Al golpear el suelo, algo la empujo hacia un lado.
Hubo un silencio. Un silencio muy profundo. Ningún movimiento, salvo el suyo. Probó cada musculo como un animal aterrorizado. No estaba herida. Pero nada se movía, salvo ella. Se levantó de un salto, impulsada por un arrebato. No estaba herida, solo magullada.
Había sangre. Manaba, dejando una pequeña senda, por debajo del bulto de costosas ropas amontonado contra la pared.
Estaba muerto.
Tenía que estar muerto, porque Alina había visto lo afilada que estaba la hoja de la espada justo delante de sus ojos.
Justo antes de que Brand la empujara.
Ella lo había matado y el cielo de destrucción se había completado.
Cayó de rodillas junto al cuerpo inmóvil. Le aterrorizaba tocarlo. Entonces lo vio, como una lengua de fuego entre los juncos. La espada de la que Brand la había apartado reposaba en el suelo, junto a su mano, como si deseara regresar a su dueño.
No estaba mezclada con los restos amontonados de su cuerpo.
Pero había sangre.
Alina le tocó la cara. Estaba caliente. Deslizó un dedo, lentamente, presa del miedo, hacia sus labios entreabiertos: sintió el suave y húmedo calor de su aliento.
Dejo escapar el aire que había estado conteniendo y que le abrasaba la garganta. El flujo de su respiración agito el cabello rubio y enmarañado de Brand. Un leve mechón sedoso se deslizo sobre sus ojos cerrados. Él no lo noto.
No noto el contacto de Alina.
Pero estaba vivo. Alina sintió en las manos su calor. Notaba la suave tersura de su piel bajo las puntas de los dedos, la áspera línea de su mandíbula bajo las palmas.
Le tembló la mano. No solo por los efectos del pánico, sino porque nunca le había tocado así. Nunca había tocado a un hombre así.
Antes, siempre había sido él. Y ella le dejaba porque se hallaba bajo un hechizo. Porque era ignorante, torpe, ávida, y él era lo contrario. Era el único que no se había dado cuenta de lo que los demás sabían desde su nacimiento. Que no servía para nada.
Había deseado a Brand hasta la locura.
Todavía lo deseaba.
Sus dedos se deslizaron, recorriendo el camino inverso, muy despacio, sobre la carne inmóvil, acariciaron las facciones puras, feroces, del rostro nortumbrio de Brand. Apartó con delicadeza su pelo. El dulce calor seguía allí, bajo sus dedos. Traspasaba la frágil barrera de su piel, subía por su brazo y se filtraba dentro de ella en una pequeña y veloz efusión cosquilleante y liquida.
Su calor era tan generoso que abrumaba. Incluso en ese instante podía sentirlo. Era algo que la llamaba, a pesar de que nunca había sentirlo. Era algo que la llamaba, a pesar de que nunca había sido capaz de corresponder a el equitativamente, y había al fin renunciado a la oportunidad de hacerlo. Nada podía sofocar el anhelo que sentía por su calor, cuya energía la exaltaba y al mismo tiempo la atemorizaba. Algo se contrajo dolorosamente en su interior. Aparto la mano.
Era el wiccecraeft sajon, el calor humano que moraba en el interior de su amante nortumbrio. De todo se apoderaba. Cosa de brujería.
Él no se movió, se hallaba perdido en ese otro mundo de las tinieblas. Pero la vivía. Se pondría bien. Era fuerte. Se recuperaría. La sangre se había detenido. Alina debía dejarle, antes de que le infligiera un daño mucho peor que aquel.
Pero no podía.
No, después de lo que Brand había hecho. Debía de odiarla y podría haberla dejado a mereced de su propia necedad al empuñar la espada. Podría haber dejado que se cayera y aquello habría sido el fin. Lo habría resuelto todo.
Pero no lo había hecho.
Por ello, Alina no podía apartarse de él.
No podía dejarlo porque Brand y, aunque su amor por él se hubiera malogrado, estaba unida a el por un lazo que no podía romper, hiciera lo que hiciese.
Al menos tenía que ayudarlo.
Le tocó el hombro. Era recio. Su mano se cerró sobre aquella forma que le era al mismo tiempo conocida y ajena. Conocía muy bien a Brand y, sin embargo, no lo conocía en absoluto. Se habían tocado muy poco y, aun así, al hacerlo, su contacto había amenazado con robarle el sentido, los sentimientos, todas las emociones. Se había sentido viva en sus brazos, de repente, en un único arrebato intenso, deslumbrante, abrasador. Un instante que no podía durar.
El la había besado. Una sola sola vez. Eso era cuanto había tenido de el a cambio del rapto consentido y precipitado, de la huida pavorosa, de las amargas consecuencias de la persecución. Seguramente, era cuanto ella podía darle.
Brand había querido casarse con ella.
-Brand…
Su mano se crispo sobre el recio hombro, el dedo índice, herido y flojo, se enredó en su túnica. Brand yacía de lado, torcido, en una posición incómoda…Alina no podía ver donde estaba la herida, de donde procedía la sangre. No podía moverlo. Era demasiado grande, demasiado pesado, y la aterrorizaba empeorar las cosas.
-Brand…
Sintió que el estómago se le encogía de miedo. Inclinó la cabeza sobre él.
-Brand…-su aliento se estremeció sobre el calor de su piel, sobre la clara línea de su pómulo.
Su rostro era el más bello que había contemplado nunca.
Aparto la mano de su hombro y la deslizó hacia arriba, hundiéndola entre su melena enredada, buscando la curvatura de su cráneo.
-No permitiré que este solo-aquellas palabras surgieron de la nada, hendieron el denso silencio que reinaba en la habitación. Las últimas palabras que tenía derecho a decir. Se mordió el labio y sintió el aguijonazo de las lágrimas en los ojos.
No debía quedarse con el, pero algunas cosa, algunos sentimientos, no atendían a razones.
Sus labios temblaron justo por encima de la carne de Brand. Estar con el, abrazarlo, estaba mal. No era suyo, como ella nunca seria suya y sin embargo…Su boca toco la de Brand, una caricia tan leve que el apenas la habría sentido de haber estado consciente. Casi nada. No contaba.
Pero Alina no pudo contentarse con aquello. Lo beso.
Porque solo así podía besarlo, cuando él no lo sabía, cuando no podía sentir la futilidad de sus actos. Cuando no podía responder.
No quería responder.
Pero ella no podía refinarse. Su boca se pegó a su piel con una avidez temeraria. La medida de su desesperación.
Entonces lo sintió: sintió lo que debería haber notado con el tacto si no hubiera estado tan ansiosa por sentir su calor vivo. La piel de Brand le abrasaba la boca.
Estaba tan caliente que quemaba. Ardía.
Se apartó de él, aterrorizada.
-Brand…-su voz no era ya un suplicante susurro. Era un grito. Bajo la mano, agarro de nuevo del hombro-. Despierta. Si no, no podre ayudarte. Debes oírme. Tienes que despertar.
Cambio la mano izquierda, herida, por la derecha, y lo zarandeo.
El no reacciono. Los dedos trémulos de Alina se movieron hasta tocar su frente. Ardía bajo su mano, como si todo el fuego que ardía dentro de el pudiera traspasar la pátina curtida de su piel.
Alina tenía que pedir ayuda. La abadesa, el cura. Quienquiera que encontrara y que supiera curar mejor que ella. Incluso los hombres de Brand, que montaban guardia fuera. Aunque la mataran. Alguien tenía que ayudarlo.
Brand se movió. La mano de Alina. La había dejado posada sobre su piel recalentada. Tocándolo. Sus dedos se movieron siguiendo el giro de su cabeza, deslizándose sobre su cara, tocando sus labios húmedos como una caricia indecente a la que no tenía derecho. Miraba fijamente aquellos ojos de pintas doradas, oscurecidos por el aturdimiento.