Capítulo 8

1561 Words
Sintió que él tragaba.Notó un delicioso y leve movimiento. No debía sentir aquello. Intentó incorporarse. Pero sus miembros no reaccionaron. -Por el amor de Dios, estate quieta, mujer. No puedes tenerte en pie. Y casi con toda seguridad yo tampoco. -Pero no puedo... -Exacto-dijo él con la lógica brutal de un anglo. Alina intentó digerirlo. -Pero...-levantó un brazo.pero le pesaban tanto los miembros que no podía sostenerlos. Su mano se deslizó con asombrosa y deliberada lentitud sobre la piel desnuda del vientre de Brand. Como una caricia. En él fondo de su mente se acumuló el miedo a lo que él pensaría y sentiría ante aquella acción. Miedo y una debilidad conocida, un terrible anhelo. Brand no quería que lo tocara. Y entonces ella lo sintió: el temblor escondido y salvaje de la piel ardiente bajo su mano. El deseo enterrado la desgarró. Dejó de moverse. Su respiración era agitada y somera, como la de una bestia herida. Sintió que los músculos de Brand se  tensaban. Sabía que era sólo una reacción física involuntaria, nada que ver con ella, Alina. Quizá nada es absoluto. Quizá fuera sólo su dolor. -Yo... -¿Qué? Brand la rodeaba por todas partes,allá donde mirara, allá donde posara sus manos. Su piel, su pelo, su olor, su calor animal. -Ya no sé-dijo entre los labios secos. Él se echó a reír. Alina lo oyó y lo sintió . Una suerte de borboteo profundo bajo su oído, y la tersura de su carne erizada bao su mejilla. -Recordaré esto. La princesa de los pictos sin palabras. Pero Alina se hallaba más allá de las palabras. Ya no le interesaban. Sólo podía pensar en él. Brand respiraba mucho más pausadamente que ella. Alina sentía la controlada firmeza con que subía y bajaba su pecho. Era un maravilloso seductor. En el palacio de Nortumbria, era la llama que arrastraba los ojos de todas las mujeres, a pesar de que la gente decía que era un salvaje, que no gozaba de la gracia del rey Osred. Todos los hombres le temían.Porque se decía que no había nada a lo que no se atreviera. A ella no le había importado. El peligro había apelado a algo muy dentro de ella cuya existencia nunca había reconocido. Y, más allá de la capacidad de comprensión, había tocado también heridas que no sabía cómo curar.  Había deseado todo cuanto una criatura imperfecta como ella no podía alcanzar. Ahora estaba allí, con ella.El deseo de tocarlo, de caer bajo un hechizo, de sentir su peligro, era más fuerte que nunca. Necesitaba probarlo. Aunque tuviera miedo. Brand se movió; sus recios contornos se deslizaron contra ella. Su atractivo era tan intenso...Podía perderse todo, hasta la conciencia de ser, con sólo tocarlo. Alina no podía permitirlo.Porque ya no estaban juntos.Porque... Siguió tumbada con los ojos cerrados e intentó creer que sus manos no se aferraban a él, que aquélla no era una fase más de la prueba a la que él la estaba sometiendo. Tenía que decir algo. No podía ceder a su poder. Tenía que decir algo, era de vital importancia.Luego podría escapar. Si su cerebro hechizado y exhausto lograba formar las palabras. Abrió los ojos . Estaba tan cerca de él que sus pestañas le rozaron la piel. Se sintió embriagada al notar su leve aroma almizcleño.Intentó concentrarse. Lo primero que vio fue una mano agarrada ala cintura de sus calzas. Debía de ser la suya. se quedó mirándola. No se movía, a pesar de que su voluntad se lo ordenaba. No parecía pertenecerle. Él parecía no notarla. -eres una monja muy extraña. Lo había notado. Pensaba que era una ramera licenciosa y sin escrúpulos.Si duda creía que intentaba seducirlo para ganarse de nuevo la confianza que ella misma había hecho añicos, para que hiciera lo que deseaba. La idea de seducirlo produjo en Alina una oleada de ardor tan intensa que le quemó más que la fiebre más alta; tan fuerte, que le traspasó el corazón. Escondió su cara en la carne de Brand y cerró los párpados para contener las lágrimas. Sintió que la mano de Brand se cerraba sobre la suya, fuerte, densa, sólida.dos veces más grande y ancha que la suya.pero aun así le costó apartarle la mano de la cintura de las calzas. -O quizá seas una princesa muy extraña. La gruesa yema de su pulgar se deslizó sobre el arco estremecido de la palma de la mano de Alina, sobre la base de sus dedos, sobre ampollas sin curar, sobre los arañazos salidos de recoger endrinos, sobre una confusión. Alina contuvo la respiración.¡Qué ingenua era! Brand no sentía aquel encantamiento. Él sólo conocía los astutos y firmes senderos por los que discurría su mente. la frialdad siguió al ardor, como un rápido escalofrío, como si la fiebre de Brand se hubiera apoderado también de ella. Alina miró los arañazos, la uña rota, las heridas recientes superpuestas a las viejas. Aquélla no era la mano de una princesa que esperara escondida en un rico convento la llegada de su amante. Era la mano de una fugitiva desesperada y misera. La mano de alguien que trabajara para ganarse el sustento en una casa consagrada a la sencillez y la utilidad. Alina se esforzó para encontrar su voz. -ah, eso. Fue sólo un accidente.me caía y me arañé la mano. Se oía sólo el silencio del páramo, el leve sonido del agua que caía. el agua corría con fuerza. Pero su sonido purísimo tenía sólo una forma en la mente de Alina. >. -Parece destinada a ser tu debilidad, esta mano. Su frialdad la atravesó como una daga. Brand nunca se había burlado del accidente que le había desfigurado la mano. Era la calase de persona que, conforme a su instinto, se enfrentaba a las cosas tal y como eran, no como deberían ser. Alina le envidiaba por ello. Era la cualidad que, por encima de las otras, había traspasado las barreras que había erigido para protegerse. Brand volvió su mano al sol.Los músculos de Alina se tensaron como cuando era niña.Pero en los gestos de Brand no había la burla que su instinto esperaba. era distinto:una imposición llena de firmeza, implacable. Cosas que Alina asociaba con él. No enía derecho a esperar otra cosa. Notaba por su aliento, sentía a través del íntimo contacto de su cuerpo; su implacable desconfianza. Aguardó. Él siguió agarrándole la mano.El calor de su carne la inundaba. -¿Alina? Ella no podía hablar.Había quebrantado la confianza de Brand hacía mucho tiempo, y el vínculo entre ellos se había roto sin posibilidad de redención. Pero él le sostenía la mano. Sostenía su cuerpo. Ella no podía impedírselo. Ni podía evitar sentir su poderosa presencia, que la mantenía presa., como si desplegara una fuerza física. Su padre había apresado a su madre de ese mismo modo. Pero no podía ser así.aquel calor que florecida por dentro, del simple roce de sus cuerpos. Un calor que florecía por dentro, sí, pero que al mismo tiempo la embriagaba. Un calor que la colmaba de un anhelo tan profundo que la mataba. -Nada más que  un cúmulo de accidentes.¿No es así?- la voz de Brand era tan engañosamente suave como su abrazo. E igual de seductora-. Hay tantas cosas que no son lo que parecen... -Sí. > No era posible. -A veces desearía que hubiera  sólo lo que parece, y no lo que es -Alina cerró la boca. era el aguamiel el que la hacía hablar. O el deseo. O el miedo. Temblaba por dentro. Por el roce extraño de la carne de un hombre. Tan llena de misteriosa fuerza. aquella vitalidad tan propia de él. Una fortaleza que podía desgarrar y destruir. O ser destruida. Ella no podría soportarlo. Tenía que decir lo que debía, y luego podría librarse de él. De algún modo. tenía que pensar, aunque su mente sólo podía concentrarse en la extrañeza de estar allí, tumbada en la tierra con un hombre. Y lo único que veía eran sus manos unidas sobre el vientre de Brand. Nunca había yacido así con un hombre, y el cuerpo de Brand era tan hermoso, su pecho tan sólido, su vientre tan tenso, sus caderas tan prietas...Todo lo que sentía era tan distinto en forma, textura y composición...: la densa tersura de su piel, la aspereza de su vello--- Le deseaba tanto que su deseo se parecía al dolor. Un dolor que la quemaba por dentro, como el contacto de su piel la abrasaba con su calor. Su calor. Aquel calor no era natural. El peligro procedía no sólo de la herida de su carne. Las llamas estaban dentro. Ella lo sabía. Lo sabía por experiencia. Prefería que la consumieran a ella poco a poco a que acabaran con él. -La herida es fiera. Notó que él se sobresaltaba, sintió el leve cambio de ritmo de su respiración. -¿Qué quieres decir? Sus palabras sonaron inexpresivas, desapasionadas. Pero Alina sabía que su afilada inteligencia estaba concentrada por entero en ella. -Quiero decir que es poderosa-hizo una pausa. Eran palabras extrañas para referirse a una herida: fiera, poderosa. Alina intentó expresarlo de manera más habitual-. Peligrosa.
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