Capítulo 7

1501 Words
Le temblaban las manos. No era un buen comienzo para un sanador que intentaba inspirar confianza a su paciente. Se mordió el labio. Brand había decidido no matarla.Dos veces. Claro, que sobre él había pesado siempre la maldición de tener demasiado honor. Eso era. Nada iba a inspirar confianza en ella a aquellos ojos febriles y brillantes como el hielo. Pero a Alina ya no le importaba lo que pensara. No sólo por el cansancio que sentía, sino porque sólo había de su segunda huida con Brand. Tenía que curar la herida antes de que la matara. Hurgó entre el montoncillo de remedios hasta que encontró lo que buscaba. Más precioso que el oro... -Hay adormidera... -No. La mano de Alina vaciló, su temblor se hizo de pronto embarazosamente obvio.No se le había ocurrido que él se negara.¡Qué necia era! No se fiaba de ella ni un pelo. Ella se lo había buscado. Santa Dwyna,¿acaso no se daba él cuenta de lo que iba a ocurrir? ¿Cómo iba a afrontarlo si no se...? Los ojos de pintas doradas que reflejaban el fuego inextinguible que ardía dentro de él, le dieron la respuesta. Era ella quien no podía afrontarlo. Alina sofocó una náusea. Quizá si l reconocía, quizá si la decisión de Brand se debía en parte al orgullo, él lo admitiera. -Entonces, hazlo por mí. -¿Crees que estaría dispuesto a perder el sentido por ti? Los nortumbrios eran unos bastardos, con sus juegos de palabras. Alina había olvidado lo canallas que eran.El modo en que traspasaban a la gente sin necesidad de utilizar su daga. Se obligó a pensar de nuevo en Bamburg, aquella bella y aterradora trampa mortal, y en el presente. -Si-logró decir y luego vaciló. Notaba un nudo en la garganta-. Yo no...Me cuesta...Cuanto menos dolor sienta un paciente cuando le curo, más fácil me resulta. -No, es demasiado tarde para sentir menos el dolor- sus ojos dorados ardían-.Sí yo lo resisto, tú también. Eso era lo que habían acordado desde que aquella locura comenzara: que afrontarían juntos las consecuencias de lo que habían hecho. Juntos. Para siempre. Era ella quien había roto la promesa. Brand comenzó a deshacer el nudo del vendaje con una mano. Alina le quitó los cabos de la venda. Intentaba concentrarse en el presente. -La manga estorba.Tendrás...tendrás que quitarle la túnica y la camisa. Se maldijo a sí misma por trabarse al pronunciara  aquellas palabras tan sencillas, tan prácticas, pero... Brand se levantó, echó mano a la hebilla dorada de su cinturón, forjada con la sinuosa forma de una bestia de aspecto brutal. Alina juntó las manos entre los ásperos pliegues de sus faldas. y se sintió incapaz de mirar. Naturalmente, era imposible haberle entregado u corazón a un hombre, haber compartido con él dolor, la pena y el fracaso, haber sentido la medida de su coraje, el tumulto enloquecido de su pasión y la temible confusión de la propia respuesta...y saber menos que una monja del convento.  Él no debía darse cuenta. No debía saber que su corazón palpitaba con fuerza y que su sangre latía como fuego blanco al pensar en él. Y que tenía miedo. Brand debía haber tenido tiempo suficiente. Alina se dio la vuelta.Había compuesto con el semblante una máscara impasible y levemente desdeñosa. La máscara que había ocultado sus pensamientos en los peligrosos salones de Craig Phádraig. No sabía dónde mirar. El primer atisbo de su piel desnuda hizo que se encogiera por dentro hasta que apenas pudo respirar. Había abrazado su cuerpo, aceptado sus besos,había sentido la pasión contenida durante su azarosa huida. Pero no lo conocía en absoluto. Debería haberlo conocido. Los músculos tensos de su cuerpo parecían cincelados y ensamblados para definir su virilidad,para obligarla a conoce lo que era la fuerza y la fiereza. Ella nunca había visto aquello, nunca había tenido que enfrentarse a ello de aquel modo. Su mente se nubló. así era él. Aquello era lo que ella había amado con toda su alma, y nunca había conocido.Lo que nunca había tenido la oportunidad de conocer. ¿Cómo habría sido tener todo aquel poder y aquella gracia salvaje y vital, toda aquella fuerza feroz, rodeándola, poseyéndola? En el abrazo de los amantes. Conocerla con el cuerpo, sentir su vida ardiente, su masculinidad, sin barreras. Sólo el todo elemental que formaban un hombre y una mujer. Se estremeció al pensarlo.Pero no podía dejar de mirarlo. Brand dio un paso hacia ella, despreocupado, perfectamente seguro de sí mismo. El sol refulgía sobre él. El sol y las sombras. Alina retrocedió sin darse cuenta y estuvo a punto de dejar caer lo que llevaba.Vio el breve destello de sorpresa en sus  ojos. Apartó la mirada.Pero era demasiado tarde. Brand debía de haber notado cómo lo miraba.Como una doncella en su noche de bodas. -¿Lista para empezar? -Claro-su voz  al menos era tan fría e inexpresiva como correspondía a una princesa de los pictos. Su rostro había adoptado de nuevo su máscara. Demasiado tarde. Su flaqueza había quedado al descubierto. Brand se sentó al sol, para que ella pudiera ver la herida. Sus movimientos eran suaves, lentos, controlados. Alina miró la herida ennegrecida. Era una herida vieja, horrible, manchada de sangre. -Es cierto que no te hirió la espada. Brand profirió una exclamación de enojo. -La espada...No podrías haberle dado ni a una paca de heno con eso. Cuando más haberme matado. Nunca he visto a nadie tan torpe. Ni siquiera agarrabas bien la empuñadura. -Yo...Entonces, ¿qué fue? -Considéralo un regalo de despedida. De uno de los mercenarios del rey Osred. -¿Hombres de Osred? -Si. Vas a derramar eso. Ella agarró con fuerza el cuento que sostenía y sintió que se sonrojaba.¿Cómo podía saber él lo que estaba pensando? Maldito fuera por ello, por ser capaz de ver... Dejó el cuenco antes de verter su contenido. -Hombres del rey, o lo que quedaba de ellos después de la muerte de Osred. -Después... Sus ojos la escudriñaron. -Sí. después. Aunque ellos creían que yo había tenido algo que ver en su muerte. Una conclusión lógica,¿no?- ella bajó la mirada-. Gracias a su muerte, recuperé todo cuanto había perdido, y ahora es un pariente mío quien se sienta en el trono. Alina posó la mirada en el cinturón enjoyado que yacía sobre la hierba y centelleaba al sol como una serpiente dorada. -Los cambios de fortuna llegan cuando menos te lo esperas. Como los remordimientos. -Los remordimientos no sirven de nada - ella recogió el cuenco. No vertió ni una gota. Tratar la herida llevó mucho tiempo. Alina detestó  cada instante. Tuvo que coserla. Era consiente de que él la observaba, a pesar del dolor y del espanto de lo que le hacía.era como si estuviera juzgando. Ella creyó al principio que lo que pretendía averiguar era lo más obvio. Si pensaba hacerle daño o curarlo. Así que se cuidó de mostrar abiertamente lo que hacía, cómo lo tocaba, qué hieras usaba. Pero había algo más.Algo que ella no había examinado a fondo y que no tenía ni fuerzas ni voluntad para sopesar. Le costó gran esfuerzo soportarlo. Ignoraba cómo podía resistirlo él, cómo podía soportar lo que le estaba haciendo. Lo único que veía era lo que debía de haber sabido instintivamente desde el principio, que su formidable fortaleza estribaba no en sus músculos cincelados, sino en su interior. Aquella idea la asustó. Cuando todo acabó, sentía náuseas y sus músculos, ya envarados por las largas horas de cabalgaba, temblaban por la tensión. Pero ya se había acabado, y al final Brand le había permitido hacer lo que quería. Había puesto en práctica a todas sus habilidades, y no serviría de nada. Se apartó de él a gatas y se alejó. Por si acaso se mareaba antes de que pudiera darle la redoma de aguamiel que había encontrado en la alforja. No podía tenerse en pie. Brand necesita el aguamiel. Volvió hacia él a rastrar, le entregó la redoma de cuero endurecido.Pero de pronto le parecía escurridiza, Vio antes sus ojos un montón de manchas negras que habría jurado por todos los santos que antes no estaban ahí. -Trae , dame eso- Brand le quitó la redoma y la destapó-. Bebé. -Es para ti-Alina no pudo decir nada más. La manchas de sus ojos se iban haciendo más grandes e intenso. Confiaba en que Brand la entendiera.-Yo beberé luego.Bebe -Pero...-ella se atragantó. -Mal momento para hablar.Nos pasa a todos. Traga. Alina tragó con esfuerzo, pero parte del aguamiel e derramó. Sabía a gloria.Era un resplandor que disipaba el hielo negro.Las manchas danzarinas remitieron. Él le estaba sujetando la cabeza. Su mano era mucho más dulce que el aguamiel.Más cálida, y transparente. Alina estaba medio rumbada sobre él.Lo sentía bajo su cuerpo, bajo sus hombros doloridos y su cuello. Su rostro parecía estar enterrado en él. -Bebe tú- dijo mirando un resquicio de piel dorada salpicada de vello oscuro intenso.  
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