-Por los huesos de Cuthbert.
Era una expresión adecuada, porque eso era lo que parecía haber bajo sus manos: una colección de huesos muy pequeños.¿Acaso la habían matado de hambre en el misero convenio donde había decidido esperar a Hun?
Apenas podía creer que su voluptuoso cuerpo hubiera quedado reducido a aquello.Pero tampoco podía creer que una criatura acostumbrada a las sedas, a los finos lienzos, a las piedras preciosas, llevara aquel áspero saco.
Una criatura que había deslumbrado a toda una corte. Y a él. A él había clavado en el corazón.
Pero eso le había ocurrido a una persona que ya no existía.
Alina intentó apartarse de él. Su cabello n***o como la noche rozó el dorso de sus manos como seda soñada. Su recuerdo.Un ansia sin limites. La tensión de sus ijares fue instantánea, desgarradora.
-Suéltame- musitó ella junto a su oído. Su rápido aliento aleteó sobre la piel caliente de Brand, y el deseo se retorció dentro de él.
Un deseo nacido de la memoria. No le quedaba nada más.
Ni a ella. Alina hablaba tan bajo sólo porque no quería discutir con él delante de sus hombres. Una princesa hasta que levantaron el campamento.
Ahora se sentó, con la espada muy tiesa, entre Cunan el picto, con su largo manto y sus ropas de colores vivos, y Duda el nortumbrio, cuyos vestidos parecían, cuando menos, harapos.
Duda parecía crispado bajo sus ropas deslavazadas, lo cual significaba que el hermano bastardo de Alina le había irritado. El hocico de perro de Cunan se hinchaba.
Brand no se molestó en intervenir. Cunan se iba a enterar. Como todo el mundo, tarde o temprano. Duda era el luchador más astuto y brutal que había conocido nunca.
Pero también era el más leal de sus hombres.
Brand les dejó. No podía soportar aún estar tan cerca del ave fénix, de la mujer a la que había creído muerta. Debía ver si podía oírlo de verdad, o si eran figuraciones suyas: el sonido sugiloso de la persecución. No, de la persecución, no. Era aún demasiado circunspecta. El sonido de una sombra. Alguien que vigilaba dónde iban.
No tenía sentido. No podía ser Goadel aún. Goadel estaría recorriendo aún la vieja calzada romana que llevaba al sur, creyendo que su presa, la prometida de su hermano seguía aún escondida en Wessex. Esperándolo. Pensó en la perplejidad del fénix al conocer las intenciones de Goadel. Muy bien hecho.
Pero él sabía lo que sabía lo que valla aquella farsa.
El riachuelo entre las altas hayas era claro, hielo contra el calor de su cara. Una frialdad en la que uno podía perderse, tan oscuramente seductora para él como la soledad. El agua lo atraía, como siempre, a cada súbito bandazo de su vida. Era su limpieza, una limpieza que el mundo de los humanos no permitía a los que tenían que vérselas con los complejos lazos de vida.
El silencio era total más allá del chapoteo del agua y sin embargo...Alzó la cabeza porque creyó oír de nuevo; aquel sonido furtivo, rápido e indiscernible.
Pero despareció con la misma rapidez, sin dejar rastro. Era como intentar encontrar a un enemigo invisible agazapado en la oscuridad. Se le erizó la piel. Podía vérselas con cualquiera era justo combate, a plena luz del día. Pero nunca se le había dado bien la misión.
Sin embargo, estaba empezando a aprender.
Como Alina.
Traición.Cerró los párpados cansados, pero no vio a Goadel corriendo por la recta calle de Ryknild, sino el rostro de Alina. No con el aspecto que tenía en ese momento con su toca de monja, lleno de ira y amargura reprimidas, sino como era la primera vez que la vio en Bamburg.
Había visto a la más bella,hermosa y encantadora de las mujeres entrando en el suntuoso salón. La princesa de los pictos. La tez muy clara, el cabello n***o y los ojos oscuros como la noche, como las horas brujas y las sombras del mundo secreto que sólo los amantes compartían,
Eran tan bella que estaba hecha para el amor. Le había deslumbrado. Pero lo que se había apoderado de su corazón era lo que escondía.Lo que sólo él creía ver. El miedo a su destinos, su deseo desesperado e inerme de librarse de él. El aborrecimiento evidente que sentía por su prometido.
Lo que había acabado de enamorado era el hecho de conocer los victos y la brutalidad de Hun. No podía soportar la idea de que una mujer como ella se encontrara a su mereced. Así que había...Acorazó su mente para no recordar lo que había hecho.
Los únicos reflejos que había en el agua eran los de la carne ensangrentada de su hermano. Su hermano, Wulf, que había sobrevivido a fuerza de voluntad. Había sido el misterioso poder del agua el que lo había llevado hasta Wulf, cuando creía que estaba muerto.
Lo mismo había creído de Alina.
Hundió la cara en el agua gélida y afilada, rompió las imágenes que le mantenían hechizado. El frío implacable mordió su piel, corrió por su cuello, chorreó por su pelo, empapó los hombros de su túnica. Abrió los ojos.
Había tomado una decisión y nada podía hacer retornar el pasado. Lo único que podía cambiarse era lo que estaba aún por llegar.
No sería la destrucción sangrienta de otro feudo real.
No sería la caprichosa crueldad que había arrasado su hogar y su país bajo el reinado de Osred. No se mataría a la gente, ni se la desposeería, ni se la enviaría al exilio otra vez.
Miró moverse el agua.
Había algunas cosas que no podían redimirse, y otras cosas que si. No habría más muertes inmerecidas.
Ni siquiera la del poderoso rehén picto de Bamburg, el hermano de Alina. Alina, que...Brand se movió, se apoyó en el brazo izquierdo, dolorido, pero el dolor le pilló por sorpresa. Pero ello significaba que su mano derecha quedaba libre para empuñar el seax. Sería mucho más rápido que la espada.
Aquel sonido furtivo sonó de nuevo, pero al otro lado.
Detrás y a la izquierda.
Brand se volvió.
La daga de una sola hoja y doce pulgadas de largo, mortal, fue a clavarse en un árbol
-¿Qué haces aquí?-bramó con una voz que habría hecho abrirse los cielos.
Hubo un breve silencio.
-Esquivo cuchillos-dijo el fénix-¿Y tú?- sus hombros parecían contraídos en una línea fina y tensa, pero sus ojos lo miraban de frente-.¿Por qué has fallado?
-¿Qué te hace pensar que he fallado?-gritó-. A esa distancia podría haberse partido el corazón en dos.
-Sí, podrías.
Los ojos de Alina, cuyo orgullo Brand recordaba tan bien, no dejaban traslucir nada, pero él podía sentir las oleadas de asombro y miedo que se agitaban dentro de ella. Su mano vacía se crispó. Si no hubiera visto a tiempo que era ella...Ella sabía qué habría pasado.Pero no dijo nada más, no se movió.
Brand había visto las pruebas de su coraje hacia mucho tiempo. Era fuerte y noble. Como él. Temeraria, como él. Habrían hecho buena pareja.
Pero¿para qué le había servido a ella el coraje al final?¿Cómo había logrado llegar hasta allí tras él? ¿Por qué había aparecido a su espalda, sigilosamente, entre las sombras de los árboles?
Alina lo miró, la cabeza ladeada, los ojos fijos.
-Mis guardias me han dejado venir-dijo como si supiera lo que estaba pensando-.Fue Cunan quien se opuso. Él...¿Cómo decirlo? No se fía de ti. Pero no ha podido decir gran cosa, al final. Soy su hermana y su princesa. Si quería mantener su rango delante de los nortumbrios, no podía detenerme. El otro se limitó a gruñir.Parece que no sabe hacer otra cosa.
Brand sintió qué un destello de regocijo tiraba de las comisuras de su boca. Se imaginaba vivamente la escena que había tenido lugar alrededor del fuego. Como Alina quería.
Cortó en seco el peligroso brote de placer que su elegante ironía siempre invocaba.
El otro, Duda, se habría limitado a seguirla. Lo cual significaba que Duda considerara sus reacciones hacia su hermana y princesa. Sólo por interés.
A Duda no le había oído moverse entre los árboles.
Ni ella tampoco.
-He traído esto- Alina llevaba una alforja de cuero-.
La bolsa de las medicinas.
Era perfecto. No podría haber elegido mejor pretexto.
El primer impulso de Brand fue ordenarla que regresara con sus guardias. Pero lo sofocó. A la princesa debía dársele la oportunidad de escenificar su juego tanto como a su hermano.
Brand se sentó porque era lo más fácil. No podía permitir que Alina, el fénix, viera lo cansado y aturdido que estaba. No quería reconocer que la fiebre iba abriéndose camino dentro de su cuerpo. No podía admitir su debilidad. No había tiempo. Demasiada gente dependía de lo que hiciera.
Y tal vez, si no lo remataba, Alina decidiera impresionarla con su buena fe y hacer algo para que él lograra afrontar cuanto todavía le quedaba por hacer.
La observó iniciar la siguiente frase del juego.
Alina comenzó a vacía la alforja en la tierra.