Mi pequeño rincón en Nueva York
El apartamento huele a café recalentado y a noches en vela. Dos habitaciones: una donde el insomnio y yo libramos batallas interminables, otra convertida en despacho donde los códigos legales y los tratados de anatomía compiten por espacio. No hay rastro de esas novelas románticas que devoraba a escondidas en la adolescencia —Una noche con Ruby, El amante de Jade— siguen en el baúl de mi habitación en Cooperstown, junto a los recuerdos del lago Otsego y las promesas rotas de mi padre.
La pantalla del computador parpadea. Mamá aparece, con esa sonrisa que siempre esconde preocupación:
—Hija, ¿qué haces? —pregunta, como si no supiera que estoy enterrada en expedientes.
—Terminando de anotar cosas pendientes —miento, mientras el bolígrafo traza círculos violentos en el bloc. El último mensaje de Alejandro sigue sin respuesta: "¿Cómo estás, princesa?". Como si veinticinco años de ausencia pudieran borrarse con un apodo cursi – ha pasado algo
—No te preocupes, muñeca, solo te vi pensativa —dice mamá con una sonrisa.
—Cosas mías. ¿Necesitan algo tú o las niñas?
—Gracias a Dios, tu padre consiguió trabajo —se refiere a Gustavo, mi padrastro. Porque sí, en mi vida hay tres hombres que han ocupado ese título: Alejandro, el ausente; Rogelio, el que me dio su apellido; y Gustavo, el que me enseñó lo que se siente ser amada por un padre —. Emma no sé qué quiere hacer está buscando una universidad y Emmy sigue obsesionada con esa saga de joyas de la realeza —continúa mamá, haciendo una mueca—. No entiendo su fascinación por esos duques ficticios y los amores imposibles
—Dile que en el baúl están todos mis libros —respondo, sintiendo un pinchazo de nostalgia. Adam, Damián, Julián... y si hablamos de problemas la familia Allen sabían cómo ocasionarlos o los problemas los buscaban a ellos y ahora solo tengo códigos legales y tratados médicos.
Mamá hace esa mueca que conozco demasiado bien: significa "hablaremos de Alejandro, aunque tú no quieras”: —¿Has hablado con tu papá?
—No. Y no pienso hacerlo —respondo, aunque sé que sigue llamando cada seis meses, puntual como un reloj maldito.
—Hija, llevas siete años en Nueva York y ni siquiera...
—¿Qué quiere que le diga? ¿Que venga a tomar café al apartamento que pagué con mis dos trabajos? ¿Que conozca el bufete donde nadie sabe que soy su hija? —la voz se me quiebra—. Él tiene una nueva familia. Yo solo soy un recuerdo incómodo.
El silencio duele más que las palabras. Mamá mira hacia el retrato de Gustavo —el hombre que sí se quedó— colgado en la pared detrás de ella.
—Te llamó el mes pasado —insiste.
—Para contarme lo maravilloso que es AleikAleiker en béisbol y Alexa en tenis —suelto con amargura, aunque fue hace 5 meses esa llamada —. Los hijos que sí llevan su apellido.
Mamá exhala. Sus dedos acarician el marco de plata donde guarda mi foto de graduación —Rogelio, Gustavo, mis hermanas pequeñas y mamá, todos sonriendo. Alejandro, como siempre, ausente.
—A veces pienso en ese día en el lago Otsego, cuando Rogelio te enseñó a nadar...
—Y Alejandro canceló por "trabajo" —termino por ella—. Como siempre.
Bajo mi almohada, la postal de Cooperstown arde: "El lago extraña tus risas".
—Te debo una disculpa —dice mamá con voz quebrada—. Si no hubiera aceptado que Rogelio...
—Me salvó —interrumpo—. En un mundo donde robaban bebés, él me dio un apellido y tú me diste todo lo demás.
A través de la pantalla, nuestras lágrimas se reflejan. Siete años en Nueva York, siete cumpleaños olvidados. Alejandro puede seguir llamando, pero hay heridas que ni el tiempo —ni las aguas cristalinas del lago— pueden sanar.
—Eres mi mayor orgullo —susurra mamá—. Médica y abogada...
—Todo gracias a ti, a Rogelio y a Gustavo —respondo, sonriendo—. Ahora me tengo que ir, tengo un caso.
—Ven a visitarnos pronto —dice, nostálgica—. Cooperstown no es lo mismo sin ti.
Besos y espero pronto visitarlos - dije cuelgo y me quedo mirando la pantalla negra.
Extraño el olor a pinos, el festival anual, las aguas frescas del lago... pero algunas cosas, como el amor de Alejandro, son corrientes que nunca fluyeron hacia mí, mejor voy a ducharme.
El agua caliente de la ducha no logra borrar la tensión de mis hombros. Me visto como quien se enfunda una armadura:
° Camisa blanca impecable (nada de arrugas que delaten mis noches en vela)
° Bléiser n***o que me da ese aire de autoridad que tanto necesito hoy
° Pantalones de vestir negros (los mismos que uso para juicios importantes)
° Zapatillas de gamuza negra (para moverme rápido entre los juzgados sin sacrificar elegancia)
En el espejo del baño, mis manos trabajan con precisión quirúrgica:
Ondulo el cabello en ondas suaves asegurándolo con un cintillo blanco que mantenga todo en su lugar.
° Anillo de perlas (regalo de mamá cuando me gradué)
° Pulsera trenzada (hecha por Emmy en uno de sus cursos de verano)
° Cadena con dije (una pequeña concha del lago Otsego)
Decido maquilarme con un:
o Labial rojo (el mismo tono que uso cuando necesito sentirme imparable)
o Rubor (En tono naranja, porque la elegancia nunca está en discusión)
o Rímel a prueba de agua
Las carpetas del caso pesan en mis brazos como ladrillos. Al marcar la app para pedir el taxi, noto que se me está descascarando el esmalte nude de las uñas. Respira hondo, Ale, me digo mientras reviso por tercera vez que llevo todos los documentos.
El taxi llegará en 3 minutos. Justo el tiempo que necesito para beber un sorbo de ese café que ya se enfrió, y recordar por qué elegí esta vida.
El timbre del móvil corta el aire frío de la mañana. Al contestar, una voz cálida responde:
—"Buenos días, soy Christian. Su taxi yellow cab está esperando en la dirección indicada" —el acento ligeramente caribeño hace que cada palabra suene a brisa marina.
—"Perfecto, ya bajo" —respondo mientras ajusto el cinturón de mi bolso, notando cómo el sol de las 8 AM se refleja en los edificios de cristal.
A través del auricular, se escucha el clic del taxímetro encendiéndose:
—"Es el vehículo con placa ATC15A, señorita. Fíjese bien" —insiste con profesionalismo—. "Hay tres amarillos en la calle hoy
Gracias – dije amable marcando el ascensor
El ascensor huele a contradicciones - al Chanel N°5 de Doris mezclado con el aroma de galletas de jengibre recién horneadas. Mi vecina autoproclamada Cupido de San Francisco, me examina con mirada cómplice:
—Buenos días, señora Torres —saludo mientras ajusto el Bléiser.
—¡Alejandra! Tan puntual como siempre —sus ojos azules brillan al notar mi atuendo—. ¿Y ese rubor? ¿Labial nuevo o... causas naturales? —guiña un ojo picarón.
Antes de responder, un torbellino rubio irrumpe en el ascensor:
—¡Mira, abuela! ¡Hice un Abogadosaurio! —Lucas, de 8 años, ondea un dibujo donde un T-Rex porta maletín y corbata morada.
—¡Vaya! Hasta tiene mis zapatos favoritos —me inclino para admirar la obra—. ¿Me lo firmas?
El niño asiente entusiasmado mientras Doris suspira:
—Querida, cuando quiere es un ángel... otros días sube al perro por la escalera de incendios.
—¡Fue para salvarlo de los fuegos artificiales! —protesta Lucas, entregándome el dibujo ahora autografiado con letras temblorosas.
Lo guardo en mi cartera junto a los documentos importantes. Doris aprovecha para lanzar su ataque:
—A tu edad yo ya tenía tres hijos. El tiempo vuela, ¿sabes? espero que pronto te cases hija, se te puede ir el tren y sería un desperdicio botar tanta belleza —sus dedos enjoyados acarician el collar de perlas que siempre lleva—. Ojalá encuentres a alguien que te mire como Lucas mira sus cupcakes de chocolate.
—Abuela dice que, si no te casas pronto, tendrás que adoptar gatos —añade el niño con sinceridad brutal.
—Prefiero los cupcakes —contengo una risa—. Y los gatos. Pero no se preocupe que, si el tren se va, es por qué ahí no estaba mi príncipe azul y si aparece... —guiño el ojo mientras las puertas se abren— prometo invitarlos a la boda
Doris sacude la cabeza, divertida:
— Perfecto espero la invitación, ¡¡no lo olvides Ale!! Que tengas un buen día, cariño.
Al salir del edificio, el caos matutino de San Francisco me golpea:
El olor a pretzels recién horneados de un puesto callejero
El claxon lejano de un camión de reparto
Tres taxis idénticos formando una fila dorada bajo el sol
Busco entre los taxis amarillos el de placa ATC15A y el mismo destaca por el detalle en el espejo retrovisor: un pequeño colgante de barco que se balancea al ritmo del motor al ralentí. Christian, un hombre de unos 30 años con ojos verdes sorprendentemente claros para su tez canela, me hace un gesto desde el asiento del conductor.
—"¿Alejandra Guzmán?" —pregunta mientras abre la puerta trasera con ceremonia.
—"Si, señor Christian" —asiento, dejando escapar un suspiro al sentarme en los asientos de cuero ligeramente gastados pero impecablemente limpios.
El aroma a limpio con un toque de árbol de té llena el espacio cuando Christian ajusta el aire acondicionado:
Veo el dibujo de Lucas que pesa más que las carpetas en mi cartera., pero no puedo evitar sonreír. Quizás hoy no sea tan mal día después de todo.