El viaje en taxi fue un silencio cómodo, solo interrumpido por el leve roce de las páginas mientras repasaba los documentos del caso. Christian respetó mi concentración, limitándose a ajustar el aire acondicionado cuando notó que mis nudillos palidecían al aferrar las carpetas con demasiada fuerza.
Al llegar, el bufete Houston se alzó ante mí como un templo de mármol y decisiones millonarias. Las puertas de vidrio blindado reflejaron mi imagen por un segundo: la abogada impecable, la médica que sabía dónde presionar para detener una hemorragia. Ninguna de esas versiones mías estaba preparada para lo que Griselda, mi secretaria y cómplice en desvelos, me esperaba en el vestíbulo.
—"¡Alejandra! Qué bueno que te encontré primero" —jadeó, agarrando mi brazo con urgencia. Su peinado perfecto tenía un mechón rebelde, señal de que había corrido más que un maratón.
—"¿Qué te pasa, Gise? Parece que te persiguieron los paparazzi " —bromeé, aunque una punzada de alerta recorrió mi espalda.
Ella miró hacia los ascensores privados antes de soltar el bombazo:
—"El jefe quiere hablar contigo".
El jefe, cuál de los dos – dije con pesar que me toqué una reunión con el insufrible de Ethan
Los dos - dijo Griselda y ambas tragamos saliva - suerte
Creo que la necesitaré - dije nerviosa, puede que me la lleve de lo mejor con los jefes, pro nada bueno viene de esa frase - gracias
El ascensor hasta el piso 24 fue el viaje más largo de mi vida. Las paredes de espejo me devolvieron la imagen de una abogada impecablemente vestida, pero mis ojos delataban el miedo. "El jefe quiere hablar contigo" nunca era buen augurio. Y menos cuando se trataba de ambos Houston, pero el mensaje de Isabella había sido aún más críptico: "Ale, ven rápido. Ethan está... no sé cómo decirlo. Roto
—"¿Qué diablos pasa?" —susurré —. "¿Por qué Ethan está hecho un demonio y Eros.
Isabella me miró con ojos desesperados:
—"No me dicen nada. Solo que necesitan hablar contigo. Urgente" —su voz bajó hasta casi desaparecer—. "Pero el Joven Houston... Ale, nunca lo había visto así. Rompió su taza favorita".
Eso me heló la sangre. La taza de "World's Best Boss" que siempre usaba con ironía.
El silencio en el pasillo era tan denso que casi se podía cortar con el letter opener de Tiffany que Eros coleccionaba.
Toqué la puerta con los nudillos tensos, sintiendo cómo el latido de mi corazón resonaba en mis oídos. La voz de Ethan al responder fue como un cuchillo frío:
—"Pase".
Su tono no era el habitual sarcasmo irritante, sino algo más grave, más áspero. Como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano. Está furioso, comprendí de inmediato. Dios, que esa furia no tenga que ver conmigo.
Al entrar, el aire en la oficina era pesado, cargado de una tensión que casi podía palparse. Eros Houston, siempre el hombre más sereno que había conocido, tenía el rostro marcado por una preocupación que nunca antes le había visto. Ethan, de pie junto a la ventana, tenía la espalda rígida, los hombros levantados como un felino a punto de atacar.
—"Con permiso, me llamaron" —dije, tratando de mantener mi voz firme, aunque por dentro temblaba.
Eros me indicó una silla con un gesto cansado.
—"Siéntese, señorita Guzmán".
Señorita Guzmán. No "Alejandra", no "hija", como solía llamarme. El formalismo era un muro que rara vez levantaba entre nosotros en privado. Algo andaba terriblemente mal.
Me senté, las manos sobre las carpetas que había traído, como si pudieran servir de escudo.
—"Tenemos una situación grave" —comenzó Eros, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. "Hoy se leyó el testamento de mi padre".
Asentí lentamente. La muerte de Dominic Houston aún dolía. Él había sido mi mentor, el que me había dado una oportunidad cuando nadie más creía en una universitaria sin experiencia. Le debía más de lo que jamás podría pagar.
—"Dejó como heredero universal a Ethan" —continuó Eros—. "Pero hay una condición".
Ethan giró bruscamente hacia nosotros, y por primera vez vi su rostro por completo. Sus ojos verdes, normalmente llenos de arrogancia, ahora ardían con una furia helada.
—"Una condición absurda" —escupió, su voz cargada de un veneno que no había escuchado antes.
Eros suspiró, como si el peso de lo que iba a decir lo agotara.
—"Para que Ethan herede, debe casarse. Dentro de los próximos tres meses".
Un silencio incómodo llenó la habitación. Yo seguía sin entender qué tenía que ver yo con todo esto.
—"Entiendo" —dije con cautela—. "¿Y necesitan que redacte un contrato prenupcial? ¿O que asesore legalmente sobre—?"
—"No" —la voz de Ethan me cortó como un látigo—. "Necesitamos que te cases conmigo".
El mundo se detuvo.
—"¿Perdón?" —la palabra salió de mis labios como un susurro aturdido.
Eros se inclinó hacia adelante, sus ojos llenos de una pena genuina.
—"El testamento especifica que Ethan solo heredará si se casa contigo, Alejandra. De lo contrario, todo pasará a Theodore".
Mi mente se negaba a procesarlo. Dominic había incluido mi nombre en su testamento. Mi nombre.
El silencio en la oficina era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj suizo de Eros. Mis dedos temblaban al sostener los documentos del testamento, las palabras bailaban frente a mis ojos:
"Ethan Alexander Houston heredará el 90% de mis acciones... siempre que contraiga matrimonio legal dentro de los tres meses posteriores a mi muerte con mi querida señorita Alejandra Guzmán Santana, prohibido el divorcio antes de cumplir 10 años de unión... la señorita Guzmán recibirá el 10% de las acciones, y en el plazo de dos años un heredero. De lo contrario, todo pasará a Theodore Michael Houston".
El aire desapareció de mis pulmones.
—"Esto... esto es ilegal" —logré balbucear.
—"No lo es, se confirmo tres veces" —Eros frotó sus sienes.
—"¿Un heredero en dos años?" —logré articular, sintiendo cómo el suelo se movía bajo mis pies— ¿10 años?. "Esto no es un contrato, es una sentencia".
Ethan, que había permanecido callado, cruzó los brazos con tanta fuerza que el tejido de su traje crujió:
—"No es mi idea de diversión tampoco, Guzmán".
—"¿Por qué yo?" —pregunté, clavando la mirada en Eros—. "Hay media docena de mujeres en este edificio que se derriten por su hijo. ¿Por qué tiene que ser conmigo?"
Ethan soltó una risa amarga antes de que su padre pudiera responder:
—"Porque mi abuelo sabía exactamente lo que hacía" —dio un paso hacia mí, su voz bajando a un tono peligroso—. "Tú eres la única que no se doblegaría ante mí. La única lo suficientemente testaruda para cumplir el contrato sin enamorarte como una tonta".
El aire entre nosotros chisporroteaba con una tensión eléctrica.
Eros intervino con calma calculada:
—"Dominic admiraba tu integridad, Alejandra. Sabía que protegerías el legado de la familia... y a su bisnieto" —sus ojos se posaron en mi vientre por una fracción de segundo, haciéndome estremecer
—"¿Y si nos negamos?" —pregunté, buscando desesperadamente una salida.
—"Perderás todo" —la voz de Ethan sonó extrañamente grave—. "Tu puesto aquí. Los fondos para las gemelas... ¿Emma ya decidió qué estudiará?".
¡Maldito hijo de...! Usar a mis hermanas como munición.
—"Tú conoces mejor que nadie a Theodore" —continuó, sus palabras cayendo como piedras sobre mi conciencia—. "¿Recuerdas lo que hizo con la familia de Boston? Despidió a medio personal solo para 'optimizar gastos', y al mes quebró".
Apreté los puños. Lo recordaba demasiado bien. Había sido mi primer caso en el bufete—defender a las empleadas despedidas sin indemnización. Mujeres como mi madre, que dependían de ese sueldo para comer.
Ethan, que había permanecido en silencio por unos minutos dejándome procesar lo que dijo, añadió lo que faltaba:
—"Y ahora imaginarlo con todo el imperio en sus manos" —su voz era fría, calculadora—. "Tu trato para poder ejercer como cirujana se acabara, el no te dará los días que necesitas trabajar ahí, y lo sabes, is compañeras bilingüe serán despedidas al minuto que mi primo tome posesiona. ¿Qué será de la señora Rivera? ¿Y de su hijo con autismo que solo responde a terapia en español?"
¡Bastardo! Había estado investigando a mis pacientes.
—"No necesitas decidir ahora" —Eros colocó suavemente un sobre grueso que debe ser el testamento – Pero este asunto es confidencial, debes ser discreta
El corazón me dio un vuelco. Lo sabían. Sabían exactamente cuáles eran mis puntos débiles.
Eros aprovechó mi debilidad:
—"Por eso mismo mi padre te eligió" —extendió una foto sobre el escritorio. Era Dominic sonriendo en la inauguración de la clínica, con mi brazo entrelazado al suyo—. "Sabía que protegerías lo que ambos construyeron".
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier discurso. En el cristal de la ventana, el reflejo me devolvió la imagen de una mujer acorralada:
Opción A: Casarme con el hombre que más me irritaba en el mundo.
Opción B: Dejar que Theodore destruyera todo lo que amaba.
Ethan se inclinó hasta que su aliento caliente rozó mi oreja:
—"Jardín de rosas. 8 PM. Ven preparada para negociar... o para declarar la guerra".
Al salir, el pasillo giró ante mis ojos. Diez años. Un hijo. Y un hombre que odiaba tanto como me atraía a la vez.
Dominic, ¿qué demonios has hecho?