Bella me miró como si hubiera visto un fantasma.
—"Nena, estás del color de esta pared" —sus dedos rozaron el tono blanco nieve de la oficina mientras me empujaba su botella de agua mineral—. "Toma, antes de que te desmayes. ¿Qué diablos pasó ahí dentro?"
El líquido frío me quemó al tragar.
—"No es... lo que piensas" —respondí, viendo cómo sus ojos avispados escaneaban cada micro expresión mía.
Bella, en modo detective, enumeró con los dedos:
"¿Te despidieron?" —Negué con la cabeza.
"¿Amonestación por ese lío con el caso Henderson?" —Mi silencio fue suficiente.
"¿Más carga laboral? ¡Ah no, ahí sí me meto yo a protestar!"
Cuando negué por tercera vez, sus cejas perfectamente depiladas casi tocaron el flequillo.
—"Entonces ¿por qué pareces que te acaban de diagnosticar una enfermedad terminal?" —El tono de broma se quebró cuando mis uñas marcaron la botella—. "Alejandra..."
El nombre en sus labios sonó a campana de alarma.
—No se lo digas a nadie —susurré, clavando las uñas en mis palmas hasta dejar medias lunas rojas—. Eres la única persona a la que... —tragué saliva, sabiendo el peso de lo que venía—. Si no me desahogo ahora, voy a terminar rompiendo ese maldito ventanal con mi cabeza.
[El chasquido de Bella al chupar sus dientes resonó como un disparo de advertencia. Sus dedos cálidos envolvieron mis muñecas temblorosas, deteniendo mi autodestrucción palmo a palmo.]
—Muñeca... —su voz bajó a un registro que solo usaba en funerales y emergencias—. Estás hablando como si ya estuvieras en el manicomio. —Su pulgar limpió una lágrima que yo ni siquiera había sentido caer
—"Es peor que todo eso" —confesé, dejándome caer en la silla giratoria que crujió como mis huesos—. "Tengo que casarme".
El silencio duró exactamente tres segundos antes de que estallara:
—¡JA! —Bella se dobló de la risa, apoyándose en el archivador—. "¿Ahora el bufete tiene servicio de cupido? ¿Quieren aumentar la productividad con matrimonios forzados?"
Pero cuando mis lágrimas cayeron sobre el contrato que aún apretaba, su risa murió instantáneamente.
—"Mierda... hablas en serio" —su voz perdió todo rastro de humor mientras agarraba mi mano con fuerza—. "¿Con quién? ¿Por qué?"
El agua embotellada sudaba entre mis dedos como mi propia piel.
[El papel del testamento crujió bajo mis dedos entumecidos mientras repetía las palabras que llevaban esta martillando mi cerebro.]
—El señor Dominic... —mi voz sonó ronca, como si hubiera gritado durante horas— dejó una cláusula diabólica. Ethan hereda el 90%... —hice una pausa, tragando el nudo en mi garganta— pero solo si se casa conmigo.
[El silencio que siguió fue tan espeso que pude escuchar el tictac del reloj de pared y el leve crujido del cuero de la silla cuando Bella se inclinó hacia adelante.]
—¿Casarte... —susurró Bella, alargando cada sílaba como si probara el sabor de una mentira— con el papasito de nuestro jefe amargado? —Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de horror y fascinación.
[Asentí lentamente, sintiendo cómo el peso de la realidad me aplastaba el pecho. Las palabras de Bella resonaron en mi cabeza como un mal presagio.]
—Dios te apiade, hija mía... —musitó haciendo la señal de la cruz con un dedo, antes de tomar un trago largo de su café frío—. Porque ese hombre tiene el carácter de un demonio con resaca y la paciencia de un tigre hambriento.
—Isabella, esto no es una broma —mi voz emergió ahogada entre mis palmas, mientras mis párpados ardían de tanto frotarlos—. Estoy atrapada en una pesadilla legal.
Bella giró su silla con un movimiento brusco, haciendo que su bleiser n***o se abriera como alas de cuervo. Sus ojos, normalmente llenos de sarcasmo, ahora brillaban con una rara intensidad.
—¿Crees que no lo sé? —Su voz era un susurro —. El joven Houston podría modelar para revistas con ese perfil de dios griego y esa boca que parece esculpida para... —hizo una pausa dramática— arruinar vidas. ¿Y ahora Dominic, que en paz descanse, te heredo como si fueras un mueble más de la herencia?
—Lo peor... —confesé, jugando nerviosamente con el anillo que siempre llevaba— es que el contrato estipula que debemos permanecer casados por... —mi voz se quebró— diez años enteros.
—¡Muñeca, esto es ilegal! Nadie puede obligarte a...
—Ya lo verificaron tres firmas jurídicas —interrumpí, señalando los sellos notariales que brillaban bajo la luz fluorescente—. Dominic lo amarró todo con cláusulas de hierro.
[Ella se dejó caer en la silla giratoria, que chirrió como un animal herido. Por primera vez en diez años de amistad, Bella no tenía un chiste sarcástico.]
Bella palideció tanto que por un segundo temí que se desmayara.
—"El Joven Houston" —musitó, usando el tono irónico con el que siempre nos referíamos a él en privado—. "Pero si ustedes se odian más que el café descafeinado".
Un sollozo amargo me sacudió.
[El aire se espesó cuando solté la bomba final, mis palabras quedando suspendidas como una sentencia de muerte.]
—No solo son diez años... —apreté el contrato hasta arrugarlo, viendo cómo la tinta de las firmas se distorsionaba—. En dos años debo darle un heredero a ese... ese... —la palabra se atascó en mi garganta.
Bella dejó escapar un silbido largo y lento, sus uñas decoradas con pequeños cráneos tamborileando sobre la mesa de cristal.
—¡Puta madre, Alejandra! —sus ojos se dilataron como si acabáramos de ganar la lotería más macabra del mundo—. No es un contrato matrimonial, es un maldito plan de vida completo. Dominic te consiguió: marido, herencia, hijo... —hizo una pausa dramática— hasta debe haber elegido los nombres en su testamento. ¿Apuesto a que también incluyó cláusulas sobre la escuela del crío?
[Giré mi silla bruscamente hacia la ventana, donde la silueta de Ethan cruzaba el hacia otra oficina con su habitual aire de superioridad. El simple hecho de imaginarme compartiendo su apellido—y su cama—hizo que el café de la mañana subiera peligrosamente por mi esófago.]
—No es gracioso —mascullé, clavando las uñas en los brazos del sillón—. Esto es mi vida convertida en una... una transacción comercial.
Bella se inclinó hacia adelante, su perfume a vainilla y desenfado invadiendo mi espacio personal.
—Míralo por el lado bueno, niña —sus labios se curvaron en una sonrisa de loba—. Diez años es suficiente tiempo para... —bajó la voz a un susurro conspirativo— volverlo loco de placer y después dejarlo tirado con la mitad de su fortuna. Venganza épica, ¿no?
[Un escalofrío me recorrió la espalda al imaginar las posibilidades. Pero entonces recordé esos ojos fríos como el mármol, esa boca que solo sabía pronunciar órdenes... y dudé que incluso diez décadas fueran suficientes para ablandar a ese hombre.]
—No le veo la gracia —dije, rodando los ojos hasta casi ver mi propio cerebro—. Esto no es una maldita comedia romántica.
—¡Claro que lo es! —exclamó, abriendo los brazos como si anunciara un título en cartelera—. "Atrapada con el CEO Amargado: Un Matrimonio por Herencia". ¡Hasta el título suena a peli de esas que ponen en streaming a las 2 AM! —Agarró un puñado de mentas de la recepción y las agitó como si fueran palomitas—. Solo falta que tengamos un viaje en avión donde les tocó sentarse juntos y os odiáis, pero oh, sorpresa, ¡hay solo una cama en el hotel!
—Bella...
—O que por accidente terminéis encerrados en el archivo y él, en un arranque de pasión, te empine sobre los contratos del 2018—
Para! —le tapé la boca con la mano, mirando alrededor por si alguien escuchaba—. Esto no es The Proposal. Si me niego, Theodore despedirá a medio bufete, incluida tú. Y no, no habrá escena de lluvia donde Ethan me declare su amor eterno.
(quitándose mi mano de la boca)
—Mmm, pero sí habrá escena de odio eterno. Y eso, querida, también vende. —Se inclinó, seria de pronto—. Pero en serio, ¿qué harás? ¿Qué pasa si te niegas?
Todo quedara en manos de Theodore – dije con pesar
—¡Por todos los santos, Alejandra! —Sus dedos se aferraron a mi blusa como si pudiera caer al vacío—. Esa hiena con traje de Armani destrozaría el bufete en micro-segundos. Vendería hasta los cuadros del baño por un puñado de acciones.
[El zumbido de los fluorescentes se volvió ensordecedor. En algún lugar del edificio, una risa femenina estalló, ajena a nuestro drama.]
—Lo sé —murmuré, recordando las facturas de mis gastos —. Las matrículas de Emmy y Emma...—Una lágrima traidora quemó mi mejilla—. Theodore liquidaría todo como si fuera... basura corporativa… Pero no me quiero casar Bella
—Sabes qué... —dijo, levantándose y ajustándose el blazer con un gesto inusualmente maternal—. Ve a tu oficina a descansar. Te llevaré un té de Jamaica (el que odias, pero sabes que te relaja) y unos croissants robados de la cocina ejecutiva. —Su sonrisa fue cálida, pero sus ojos no perdieron esa chispa de preocupación—. Y Ale... piensa en lo mejor para ti.
—Suena egoísta... —murmuré, jugando con el borde de mi blusa.
[Bella] (agachándose para quedar a mi altura)
—Pff, ¿egoísta? Por esta vez, deberías serlo. Al final, eres tú la que se casa con el monstruo de traje caro, tú la que aguantará sus miradas glaciales en el desayuno... y tú la que decidirá si realmente vale la pena. —Sus dedos me apretaron los hombros—. Los demás... ya encontraremos cómo sobrevivir.
(suspirando, con una sonrisa débil)
—Gracias... Y, por cierto, no se lo digas a Griselda. Es nuestra amiga, pero...
[Bella] (cortándome con un gesto dramático)
—¡Por el amor de Dios, Ale! Si Griselda se entera, para el almuerzo todo el bufete sabrá que el joven Ethan necesita casarse contigo para heredar. Hasta el señor del café te mirará con lástima. —Hizo un gesto de sellar los labios—. Mi boca es una tumba.
[Alejandra] (riendo por primera vez)
—Bueno, una tumba que habla mucho, pero... confío en ti.
[Bella] (empujándome hacia la puerta del elevador)
—Ve, recuéstate. Y Ale... —su voz se suavizó—, no firmes nada todavía.
—No prometo nada...