Reconciliación

673 Words
Dicen que lo mejor de las peleas son las reconciliaciones. Y puedo dar fe de que es así. Con Mayra somos fuego. Aunque seamos polos opuestos en todo lo demás, cuando nos tocamos, el mundo deja de existir. Ahora está dormida sobre mi pecho. Desnuda. Su respiración es tranquila, su cuerpo tibio contra el mío. Y yo sonrío al recordar cómo llegamos a este momento. Estamos en mi casa. O mejor dicho, estábamos. Ella, con la cara encendida de rabia. Yo, con mi papel de siempre: el hartado, el que no entiende por qué otra vez todo es un drama. Me reclamaba, como tantas veces. Le había dicho que estaba en casa, durmiendo. Pero en realidad estaba tomando con un amigo. El problema no fue ese. El problema es que siempre miento. Lo sé. Sé que ella odia las mentiras. Me lo ha dicho una y mil veces, me lo grita con los ojos. Pero no puedo evitarlo. No decir la verdad es un hábito, algo que me sale solo. Modifico, maquillo, oculto. Ya ni me doy cuenta. Y como toda mentira, una lleva a la otra hasta que ya no sé dónde empieza la verdad y dónde se esconde la ficción. Ella lo supo. Claro que lo supo. Porque el problema que tengo es que la subestimo. Creo que, como no vivió lo que yo viví, como no recorrió los lugares oscuros que yo recorrí, es solo una nena. Pero Mayra es más inteligente de lo que quiero admitir. Siempre está atenta, siempre me investiga. Me conoce tanto que a veces me da miedo. Puede ver más allá de mi cuerpo, me ve el alma. No quería que llorara. Eso me desarma. Puedo bancarme el enojo, los gritos, los reproches... pero las lágrimas me rompen. Me siento un hijo de puta cada vez que llora por mí. La veía agitar los brazos, arrugar la frente. Ya no escuchaba lo que decía. Solo la miraba. Y sí, me calentaba. Porque ella, hasta enojada, es una fantasía. Me calienta siempre. No importa si está vestida o desnuda, si me grita o me besa, siempre la necesito. La tomé de la nuca y la besé. Se resistió, claro, porque es así. Orgullosa, intensa. Pero terminó rindiéndose, como yo. Porque al final, somos eso: deseo y furia, pasión y locura. Nos atraemos como imanes malditos. Nos rompemos y nos buscamos. Estamos enfermos, y enamorados. Ella me arrancó la ropa, yo hice lo mismo. Cuando la tuve desnuda, me tomé mi tiempo para mirarla. Su piel, su olor, su cuerpo. Amo cómo se retuerce cuando la toco, cómo se le eriza la piel bajo mis dedos, cómo sus ojos me suplican más. La penetré lento, profundo. Se arqueó, entregada. Bombée unas veces y luego bajé, porque saborearla es una adicción. Me vuelvo loco cuando gime con mi lengua, cuando me agarra del pelo y me guía al punto exacto donde se rompe de placer. Me encanta apretarle las caderas mientras la siento temblar. No hay droga más potente que ella. La giré y la puse sobre mí. Montada. Salvaje. Su pelo largo suelto, sus pechos rebotando con cada embestida, su boca entreabierta, los ojos cerrados… es la imagen más erótica que vi en mi vida. Y es mía. Solo mía. Nadie más puede tenerla así. Me llena el pecho de orgullo ser el único hombre con el que se entrega de esa forma, libre, sin máscaras. Pero una parte mía —esa parte enferma y retorcida que no controlo— se irrita con solo imaginar cuántos quisieran estar entre sus piernas. La idea me envenena. Porque es hermosa. Porque es fuego. Porque es mía, y no quiero compartir ni una mirada de ella con el mundo. Ella se mueve, me aprieta, sus paredes me envuelven con fuerza y me lleva al límite. Estallo dentro de ella, y ella conmigo. Gimiendo, temblando, compartiendo ese clímax que nos une más allá del dolor. Más allá de todo lo que no sabemos hacer bien. No somos sanos. Pero somos nuestros.
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