La primera noche

611 Words
Ese día, mientras trabajábamos codo a codo como cualquier otro, ella no dijo una sola palabra. Ni una pista, ni una sonrisa distinta. Nada que me indicara lo que realmente estaba ocurriendo. Era su cumpleaños. Y yo, el que supuestamente la conocía, el que se creía su dueño, ni siquiera lo sabía. Todos los compañeros se acercaron a saludarla. Algunos le llevaron un chocolate, otros la abrazaron como si la conocieran de toda la vida. La invitaban a salir, a brindar, a festejar. Yo... me sentí un imbécil. Un imbécil posesivo, lleno de bronca, tragándome la furia mientras la miraban con ojos de deseo. Ella era mía, ¿cómo podían acercarse así? ¿Cómo se atrevían a tocar lo que yo ya había marcado como propio? Me tragué la rabia, como tantas veces. Pero esa tarde me carcomía por dentro. Me odié por no saber algo tan básico como la fecha de su nacimiento. Y la odié un poco también por no decírmelo, aunque sé que no tenía por qué hacerlo. Yo quería ser su todo, y me di cuenta de que apenas era una parte borrosa de su historia. Cuando me contó que esa noche saldría con sus hermanas y su prima, sentí cómo el corazón se me encogía en el pecho. En mi mente, me la imaginaba en el boliche, rodeada de tipos, todos mirándola, todos deseándola, todos queriendo lo mismo que yo ya había probado con los ojos y las manos en mi cabeza. Quise prohibírselo, decirle que no fuera, que se quedara conmigo. Pero me contuve. Tenía que ser el novio perfecto, ese que ella pudiera elegir sin dudar. Así que me callé. Le sonreí. Le deseé que la pasara lindo. Mentira. Quería arrancarle ese vestido antes de que alguien más la mirara con ganas. Esa noche me junté con un amigo, uno de esos que sólo sirven para arrastrarte más hondo. Tomábamos algo, hablábamos de estupideces, pero yo no podía pensar en otra cosa que en ella. Hasta que sonó mi celular. Era un mensaje. Un número que ya conocía de memoria. Era ella. “¿Podés venir a buscarme al boliche?” No tardé ni medio segundo en decir que sí. Le dije a mi amigo que me iba, que tenía algo más importante que hacer. Monté la moto como un loco y salí disparado, con la adrenalina reventándome las venas. Mientras volaba por la avenida desierta, me hice una promesa: Esta noche va a ser mía. Completamente. Cuando la vi, me quedé sin aire. Tenía un vestido corto, pegado al cuerpo, que parecía dibujado sobre su piel. El pelo largo, suelto, aún con ondas marcadas. Los labios rojos, carnosos, peligrosos. Una diosa. Mi diosa. No le dije nada. No hacía falta. Apenas subió a la moto, sentí el calor de su cuerpo pegado al mío, sus manos rodeándome con confianza. Cada segundo era una tortura deliciosa. Apenas llegamos a casa, no esperé. No iba a darle tiempo a pensar, a arrepentirse, a escaparse. La besé con furia, con hambre, con todo el deseo acumulado de semanas. Le arranqué el vestido, le desnudé la piel centímetro a centímetro, la recorrí como si fuera un terreno sagrado. Estaba loco. Endemoniado. Hechizado. No podía parar. La tomé como si fuera la última vez, como si pudiera escaparse en cualquier momento. Le marqué el cuerpo con mis besos, con mis manos, con mi deseo. Quería que cada rincón suyo me recordara. Que cada célula supiera mi nombre. Que nadie más pudiera tocarla sin que me sintiera traicionado. Esa noche la hice mía. No solo su cuerpo. Su historia. Su presente. Su futuro. Todo. O al menos eso creí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD