El veneno del deseo

582 Words
Desde ese primer beso, ya nada fue igual. Yo sentí que gané. Que esa boca, esos labios suaves que me rozaron sin aviso, eran la confirmación de que todo estaba funcionando. Que mi plan, mi encanto forzado, mis mensajes disfrazados de ternura, estaban dando resultado. Pero también fue el principio del caos. Porque la quise más. Y no de una forma sana, no de esas que te hacen crecer. La quise para mí. Exclusiva. Propiedad. Como si con ese beso ella hubiera firmado un contrato sin saberlo. A partir de ese día empecé a mirarlo todo con otros ojos. La forma en que se peinaba. A quién le respondía el celular. Cómo se reía con los demás. Quién la miraba. Quién la tocaba el brazo al pasar. Todo me hervía la sangre. Ella, con esa sonrisa transparente, seguía tratándolos a todos con la misma dulzura. Como si no supiera que afuera el mundo es una selva. Como si no supiera que los hombres no la miraban como una compañera, sino como un pedazo de carne. Yo lo sabía porque yo era uno de ellos. Y si yo la deseaba así, con esa intensidad, entonces todos podían desearla igual. Y eso me volvía loco. Una mañana, la vi hablando con un cliente. No era la charla lo que me molestaba. Era la forma. La sonrisa de ella, la postura de él, ese par de segundos más de lo normal que se cruzaron las miradas. Me tuve que meter al fondo del galpón, otra vez, para no romperle la cara a alguien. Empecé a controlar los tiempos, los movimientos. A saber cuándo llegaba, con quién hablaba, cuántas veces se reía. Todo era un cálculo. Todo un seguimiento. Ella no lo notaba. O sí, pero lo disimulaba. Yo me encargaba de seguir siendo "el bueno". Le mandaba mensajes dulces cuando se iba. Me ofrecía a llevarla. Le abría la puerta. Le daba mi campera si hacía frío. Pero por dentro me estaba pudriendo. No soportaba que hablara con nadie. No soportaba que se arreglara tanto para ir a trabajar. No soportaba no saber lo que pensaba cuando se quedaba callada. Una vez, no me contestó un mensaje por varias horas. Creí que algo le había pasado. La llamé. Varias veces. No atendía. Me puse como loco. Estaba a punto de ir hasta su casa. No me importaba nada. Pero justo antes, me escribió. “Perdón, me dormí”. Eso fue todo. Y yo le creí. O quise creerle. Porque si no lo hacía, el monstruo que tenía adentro iba a despertarse del todo. De noche, me imaginaba escenarios imposibles. La veía con otro. La escuchaba reírse con alguien más. Me levantaba transpirado. Con bronca. Con ganas de golpear algo. De poseerla otra vez, solo para calmar el fuego. Mi cabeza era una cárcel. Y ella, sin saberlo, estaba encerrada en mí. Yo sabía que eso no era amor. Lo sabía. Pero no podía parar. No podía dejarla ir. Ni dejar de pensar en ella. Ni dejar de imaginarme mil formas de atarla a mi vida para siempre. Ella era la única luz en mi infierno, y por eso mismo, me daba miedo que lo descubriera. Porque si veía todo lo que yo escondía detrás de mis sonrisas… Si se daba cuenta del lobo que había debajo del disfraz… Iba a correr. Y yo no estaba listo para dejarla escapar. Porque ella ya no era solo ella. Era mi droga. Mi refugio. Y mi maldición.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD