Aún recuerdo el día en que me escribió.
La noche anterior había sido una más en mi lista de excesos.
Fiesta, ruido, alcohol y un par de líneas que me dejaron la nariz hecha pedazos.
Me acosté cuando el sol ya asomaba y me levanté al mediodía, aturdido, con los ojos pegados y la garganta seca.
La tormenta había sido feroz y el cielo gris prometía otra jornada igual o peor.
Me arrastré hasta el celular esperando encontrar mensajes de los pibes o del "jefe" exigiendo explicaciones por mi ausencia.
Pero no.
Lo primero que vi fue un mensaje de un número desconocido.
Y al abrirlo…
ahí estaba su nombre.
Mayra.
Mi Mayra.
Sentí cómo me corría electricidad por la espalda. Me paré de un salto.
No podía creerlo.
Ella.
La mujer que me tenía en vilo, que se metía en mis sueños y en mis enojos.
Me escribía.
A mí.
El mensaje decía que, como vivíamos relativamente cerca, quería saber si podía llevarla al trabajo.
Las calles estaban intransitables por la tormenta.
Había confiado en mí. Me había buscado.
Me maldije al instante: el mensaje tenía horas. Yo lo estaba leyendo tarde.
Muy tarde.
Pero no me importó. Le respondí igual, con toda la emoción que pude disimular entre palabras cortas.
Ella, como siempre, simpática, me quitó peso por no haber contestado antes.
Me contó que al final se había vuelto a casa a mitad de camino, empapada por la lluvia.
Ahora que tenía su número, ya no lo iba a soltar.
Le empecé a escribir por cualquier cosa.
Le hablaba del clima, del trabajo, de lo hermosa que estaba esa mañana…
Era como un pibe con juguete nuevo.
Ella me respondía, siempre con ese cuidado que tiene la gente cuando no sabe si al otro puede confiarle la vida… o tiene que salir corriendo.
Pero con el tiempo, se fue soltando.
Los mensajes empezaron a ser más personales, más cómplices.
Y como todo lo que me gusta, la quise solo para mí.
Me volví más posesivo que nunca.
Ella, entre risas y juegos, me prometió un beso.
Yo no sabía si lo decía en serio o solo estaba probándome.
Creí que era un chiste, una de esas cosas que se dicen y después se olvidan.
Hasta que un día sucedió.
Fui a buscarla como venía haciendo ya varias mañanas.
Ella subió a la moto, me saludó… y en vez de darme el típico beso en la mejilla, me lo estampó en los labios.
Fue un segundo.
Un roce.
Pero para mí fue como si el mundo se hubiera detenido.
Me quedé quieto.
Yo, el que le escribía como un rey, como si tuviera el mundo en la palma de la mano, me quedé de piedra.
No lo vi venir.
No supe qué hacer.
Sentí sus labios cálidos, suaves.
Y también algo más: una erección inmediata, brutal, vergonzosa.
Esa mujer me hechizaba.
Y eso me asustaba tanto como me enojaba.
No dije una palabra en todo el camino al trabajo.
Ella tampoco.
Solo me sujetaba por la cintura cada vez que la moto se sacudía por los pozos.
Y yo pensaba, pensaba sin parar:
¿Lo habrá notado? ¿Pensará que soy un boludo por quedarme así? ¿Se arrepentirá?
Tenía que hacer algo.
No podía dejar que se enfriara.
No podía permitir que pensara que no me importaba.
Pero tampoco podía mostrarle debilidad.
Ella no podía saber cuánto me afectaba.
Si supiera lo que me provoca… podría usarlo en mi contra.
Cuando llegamos, ella tomó distancia.
Estaba incómoda. Lo sentí.
Y la entendí.
Mi reacción fue un desastre.
Pero después de acomodar mis ideas, me puse el disfraz otra vez.
Volví a ser el galán, el que le tira chistes, el que se muestra seguro.
Y, como si nada hubiera pasado, ella también volvió a sonreír.
A hablarme como antes.
Ese beso fue el inicio.
El principio de algo que ni ella ni yo estábamos preparados para sostener.
Pero ya era tarde.
Yo la quería.
Y no iba a soltarla.