La caza silenciosa

664 Words
Los días pasaban y mi vida seguía igual. Misma rutina, mismas miserias, mismos excesos. Pero había algo que ya no era como antes: ella. Esa mujer se había convertido en mi obsesión. Al principio era solo curiosidad. Luego, una necesidad. Me encontraba a mí mismo intentando llegar a horario, algo que jamás me había importado. Solo para verla. Para estar ahí por si necesitaba ayuda con una carga pesada o un pedido urgente. Me transformé, aunque fuera un poco. Solo por estar cerca. Nos saludábamos cada mañana con la misma frialdad. Intercambiábamos palabras mínimas, siempre sobre el trabajo. Ella era cordial. Correcta. Conmigo, demasiado medida. Pero yo la observaba. Cada gesto. Cada palabra. Cada sonrisa. Y cada vez que se reía con alguien más, algo en mí se revolvía. Sobre todo cuando eran hombres. Clientes. Compañeros. Lobos disfrazados, como yo. A veces tenía que esconderme en el fondo del galpón, solo para no estallar. Para no arrancarle los ojos a alguno que se atreviera a mirarla con hambre. Lo que más me enojaba era su forma de estar en el mundo. Siempre tan amable, tan luminosa, tan ingenua, como si no supiera lo que somos los hombres. Como si no sintiera las miradas sucias, las intenciones escondidas. Ella trataba a todos con la misma sonrisa, menos a mí. Conmigo era seca. Correcta. Impecablemente distante. Eso me llenaba de celos. ¿Por qué con ellos sí y conmigo no? ¿Por qué no podía ver más allá de lo que le habían contado de mí? Estoy seguro de que le llenaron la cabeza con basura. Mentiras. Advertencias disfrazadas de consejos. Quisieron que me viera como un don nadie, un tipo sin futuro. Y quizá lo soy… pero no iba a permitir que eso me dejara fuera. Cada día que pasaba, mi humor empeoraba. No hacía nada para agradarle, claro. Seguía con mi cara de perro, apenas la saludaba, mientras los otros hacían bromas o le lanzaban cumplidos baratos. Yo, desde las sombras, solo la vigilaba. Como un animal esperando el momento justo. Hasta que me enteré. Uno de los idiotas estaba planeando conquistarla. Ah, no. Eso no iba a pasar. Me puse en campaña. La campaña más importante de mi vida. Amenacé a todos. Literal. Corté el ambiente del taller con mis ojos llenos de odio. Y luego empecé con ella. Le hablé más seguido. Le pregunté cosas tontas solo para escuchar su voz. Fingí interés en detalles que antes me habrían dado igual. Le robé una sonrisa. Después otra. Y así, con paciencia de depredador, empecé a entrar. Ella, poco a poco, fue bajando la guardia. Quizá olvidó lo que le habían dicho. O eligió no creerlo. Fue ingenua. Debió escuchar esas advertencias. Porque yo no era —ni soy— bueno para nadie. Pero no iba a dejar que se diera cuenta. Hice un trabajo quirúrgico. Me disfracé de hombre ideal. Atento. Educado. Protector. Fui todo lo que nunca había sido, solo para atraparla. Ella era la mosca que volaba cerca de mi telaraña. Y yo sabía que, tarde o temprano, iba a quedar atrapada. No por maldad. No al menos al principio. Lo juro. Yo quería ser distinto. Quería que ella me salvara. Quería que el amor me transformara. Pero los demonios no duermen. Y yo tenía demasiados. Sabía que era cuestión de tiempo antes de que conociera a otro. Antes de que me soltara. Y eso no lo iba a permitir. Porque yo no pierdo. Porque conmigo es todo o nada. Y con ella aposté todo. La gané. Fue mi trofeo. Mi victoria ante los que decían que ella jamás se fijaría en mí. Les tapé la boca. La hice mía. Y aunque nunca lo dije en voz alta… sabía, en el fondo, que no la merecía. Pero eso nunca me detuvo. Ni a mí… ni a mis sombras. Ella no lo sabía aún… pero ya no iba a poder salir ilesa. Porque amarme… era empezar a morir de a poco.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD