Estoy deshecho.
Resaca, ojos hinchados, la garganta seca de tanto humo y alcohol. Hace días que estoy de caravana, perdido en noches que ya no tienen sentido. No me importa nada. Ni siquiera haber faltado al trabajo desde el lunes. Hoy es miércoles y recién ahora me estoy arrastrando hasta allá, más por necesidad que por responsabilidad.
Se me acabó la plata.
No me quedó más opción. Y aunque la idea de salir a robar me tienta como siempre, quiero evitarla… al menos por un rato.
No porque me haya vuelto bueno, sino porque ya estoy cansado de correr.
El lugar donde trabajo no es distinto al mundo que habito. Conozco a los dueños y ellos me conocen a mí. Es una especie de familia disfuncional, de esas que se entienden sin hablar mucho. Gustavo, mi jefe, fue compañero de excesos en otra época. Si me da laburo, es porque entiende que si me hundo, también él se mancha.
Acá no se juzga.
Acá sobrevivimos.
Voy camino a la distribuidora limpiándome las lagañas con los dedos. Me miro en el reflejo de la moto al estacionarla. Parezco un cadáver con ropa sucia. No me importa que me vean así. A esta altura, mi imagen está tan rota como mi vida.
Y entonces, la veo.
Ahí, en la entrada.
Ella.
El pelo largo, rojizo. Una campera negra que le cubre el cuerpo, unos pantalones anchos que no dejan ver demasiado, pero hay algo en su forma de estar parada que me llama.
Nunca la había visto.
No era de ese mundo.
Y justo por eso me atrajo.
Pasé por su lado sin decir nada.
La observé rápido.
Saludé a los pibes y me permití mirarla de nuevo, de reojo.
Ella no me registró.
Pero yo ya había sentido el clic, ese que enciende la chispa y te deja ciego.
No soy de los que creen en el amor a primera vista.
De hecho, nunca me permití amar de verdad.
Pero algo en ella movió una tecla que yo creía oxidada.
Ya adentro, medio en broma, le dije a un compañero que esa chica iba a ser mía.
Él se rió, como si fuera un chiste más. Pero yo hablaba en serio.
Lo que él no sabía… y lo que ella tampoco imaginaba…
era que ese día yo ya había decidido marcarla con mi sombra.
Ese día, sin saberlo, firmó su sentencia.
Porque soy egoísta.
Porque arrastro.
Porque destruyo.
No supe amarla.
No porque no quisiera, sino porque no podía.
La tomé como una conquista.
Como una prueba de que todavía podía ser querido.
Pero en vez de cuidarla, la fui desarmando.
La apagué día tras día con mis celos, con mis desapariciones, con mi violencia muda y mis estallidos absurdos.
La miraba y sabía que estaba rompiendo algo hermoso… y no podía parar.
Ella se quedó más de lo que debía.
Me bancó más de lo que cualquiera habría soportado.
Lloró por mí, gritó por mí, rogó por mí.
Y yo, en lugar de cambiar, me sentía más fuerte con cada lágrima suya.
Como si su dolor confirmara que todavía valía algo.
Pero llegó el día.
El día en que se fue.
No gritó.
No lloró.
No me insultó.
Solo me miró con los ojos vacíos… y se fue.
Y entendí que esta vez era en serio.
Que ya no quedaba nada por romper.
A veces todavía la veo.
En la calle, en algún lugar donde no debería estar, en algún recuerdo que no se borra.
Sigue siendo hermosa, pero distinta.
Ya no me ve con amor. Ni con odio.
Solo soy eso: un recuerdo lejano, una herida que ya cicatrizó.
Sé que la perdí.
Y que fue ella quien decidió salvarse.
Eligió vivir.
Eligió paz.
Yo, en cambio, sigo siendo el mismo de siempre:
un hombre que no supo amar,
que convirtió lo más puro que tuvo en cenizas,
y que ahora arrastra su soledad por los rincones de una vida que ya no promete nada.
No me arrepiento de haberla conocido.
Me arrepiento de no haber sido otro.
De haberla arrastrado a mi infierno, sabiendo que ella no merecía ni la entrada.
Ya no somos nada.
Solo eso que pudo haber sido…
y que yo me encargué de destruir.