Pablo

866 Words
Tuve un amigo. Un amigo de verdad. De esos que aparecen una sola vez en la vida. Pablo no fue un tipo común. Era todo lo que estaba roto, desbordado, perdido… y sin embargo, era todo lo que necesitaba en ese momento. Era como yo, pero sin máscara. Él lloraba. Yo no. Esa era nuestra única diferencia real. Yo me repetía que llorar era de niñas, que un hombre no debía hacerlo nunca. Me lo enseñaron a la fuerza, a gritos, a golpes. Y terminé creyéndolo. Pablo no. Él se permitía quebrarse, mostrarse vulnerable. Aunque después lo tapara con más droga, más bronca o más caos. Nos conocimos en la calle, como se conocen los que sobreviven al mismo infierno. Al principio nos estudiábamos de lejos, desconfiando, midiendo fuerzas. Pero con el tiempo, la vida nos cruzó tantas veces que fue imposible no reconocernos como iguales. Empezamos a cuidarnos. Como sabíamos. Como podíamos. A la nuestra. Sin decirlo, sin abrazos, sin palabras lindas. Cuidarse significaba vigilar que el otro no se pasara de raya, que no quedara tirado en una esquina, que no lo cagaran a palos o que no terminara muerto. Éramos hermanos de calle. Hermanos de delito. Hermanos de alma. Con Pablo no hacían falta planes. Bastaba una mirada para saber qué día íbamos a salir a "trabajar". Nos entendíamos en silencio, como los que ya lo vivieron todo. Sabíamos qué hacer, cómo, dónde, a quién. Y sobre todo, sabíamos que nos teníamos. Yo confiaba en él más que en nadie. Sabía que si algo salía mal, él no me iba a dejar tirado. Y yo tampoco a él. Pero había algo en él que me desestabilizaba. Sus emociones eran una bomba a punto de explotar. Discutía con la madre de su hija, se inyectaba o aspiraba hasta desfigurarse, se ponía a llorar en medio de una conversación o rompía todo con una furia que lo desbordaba. Yo no entendía ese nivel de fragilidad. Me ponía incómodo. Me hacía sentir que si yo me permitía eso, me iba a romper también. Y si me rompía, no iba a poder seguir. Lo que más le dolía era no poder ver a su hija. Su ex se había ido de la ciudad y eso lo destrozó. Pero lo que verdaderamente lo mataba era saber que ella había rehecho su vida. Que alguien más estaba cuidando de su nena, dándole lo que él nunca supo cómo dar. Y eso lo hundía cada vez más. Intenté ayudarlo. De verdad lo intenté. Pero ¿cómo se salva a alguien cuando uno también se está hundiendo? ¿Con qué herramientas, si yo mismo vivía escapando? Me dolía verlo así. Era como mirarme en un espejo y ver en él el futuro que me esperaba. El último tiempo ya no salíamos juntos. No se podía. Estaba demasiado ido. Lo veía y ya no lo reconocía. Su cuerpo era el mismo, su voz también, pero sus ojos estaban vacíos. Le hablaba y no me respondía. A veces ni me registraba. Se convirtió en una sombra. Una sombra de lo que fue. De lo que fuimos. Hasta que un día sonó el teléfono. Me dijeron que lo habían encontrado colgado de una viga. Que ya estaba frío. Que no se podía hacer nada. No lo creí. No quería creerlo. Me invadió una rabia que no puedo explicar. Lo odié. Lo insulté. Quise matar a su ex, al nuevo tipo, a todos los que siguieron con sus vidas mientras él se apagaba. Quise revivirlo solo para gritarle que era un cobarde. Que si me amaba como decía, no podía dejarme solo. No como todos los demás. Porque eso fue lo que más dolió: que me dejara. Que se sumara a la lista de los que se fueron. Que eligiera desaparecer. Con el tiempo entendí que yo no era mejor que él. Que drogarme todos los días era otra forma de matarme. Que escapaba como él, solo que más lento. Me enfrenté a la realidad: yo también era un cobarde. Y no me lo decía nadie. Me lo gritaba el espejo cada mañana. Después de su muerte me hundí más. Me perdí en todo lo que él había dejado atrás: la violencia, la droga, la bronca, la oscuridad. Fui un padre ausente, un marido fantasma, un hijo que daba vergüenza. Vivía. Sí. Pero en modo automático. Sin propósito. Sin rumbo. Nunca volví a ver a su hija. Pero supe que estaban bien. Que vivían lejos. Tranquilas. Y aunque durante mucho tiempo me pareció egoísta que lo hubieran dejado, hoy lo entiendo. No podían quedarse. No iban a sobrevivir si lo hacían. Porque al lado de Pablo, no había futuro. Y yo no iba a convertirme en el siguiente que arruinara sus vidas. Esta vez, no sería yo el que fuera a joderles la vida. Quiero recordar a Pablo por lo que fue antes de romperse: mi hermano, mi cómplice, mi espejo. Y aunque el dolor no se va, aprendí a hacerle lugar sin que me consuma. A veces, cuando estoy solo y el mundo se calla, me acuerdo de él. Y aunque no lloro, lo extraño. Como se extraña a los que nunca debieron irse.
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