Sé que no soy el mejor ser humano. Tampoco puedo decir que no merezco todo lo que me pasa, porque en el fondo sé que lo merezco. Veo a mis abuelos sufrir. No soy tonto. Aunque se muestren duros frente a mí, sé que sufren en silencio. Mi tío, al igual que mi viejo, ya no saben cómo hablarme. Siempre estoy alterado. Es casi imposible tener una conversación conmigo sin que termine en pelea.
Me enojo con facilidad, no porque estén equivocados, sino todo lo contrario. Me enoja que tengan razón. Me duele saber que arruiné mi vida por juntarme con la mujer que creí amar. Lo que ellos no entienden es que ya tienen sus propias familias. Yo no pinto nada en sus vidas. Solo soy el hijo, el nieto o el sobrino problemático. En cambio, para mi pareja y sus hijos, soy indispensable. O al menos eso me hacen creer. Los chicos me quieren, y ella llora cada vez que me voy o discutimos. Eso me hincha el pecho. Me hace sentir grande, necesario. Alguien importante.
Sé que es cruel y egoísta lo que hago. Provocar discusiones solo para explotar, hacer que ella me busque, que se humille… me da una satisfacción oscura. Verla llorar por mí, que me ruegue que vuelva… nunca nadie me hizo sentir tan esencial. Ella es lo peor que me pasó y, al mismo tiempo, lo mejor. Hay días en los que la odio por haberme robado la juventud, por haber jugado conmigo.
Porque eso fue lo que pasó. Yo creí que ella me necesitaba. Pero en realidad era yo quien la necesitaba a ella. Me manipulaba con su llanto, con sus historias tristes, usaba a los chicos para retenerme. Fui tan estúpido. Tan inocente. Al fin y al cabo, era un pibe jugando a ser adulto.
Ahora estoy sentado en medio de una supuesta reunión de negocios —o al menos eso decimos—. Tenemos un robo planeado. Mucha plata. Sobre la mesa hay armas, marihuana, cocaína, whisky, otras bebidas. Somos cinco hombres dispuestos a todo por dinero. Tengo la nariz destruida, pero eso no detiene mi consumo. Sé que si no paro voy a terminar muerto. Aunque, siendo sincero, siempre estoy al borde. Es parte de no quererme. La autodestrucción es parte de mi vida.
Mi pareja no me dice nada. Ella sabe que hay mucha plata en juego. Le encanta la plata fácil. Nunca quiso trabajar, aunque tiene profesión. Es enfermera. Inteligente. Mucho más que yo.
A veces fantaseo con mi muerte. ¿Será que se siente paz? ¿Será que al fin se deja de pensar? Nunca conocí la paz. Me seduce esa idea. Tal vez por eso busco formas de matarme. Pegarme un tiro sería demasiado cobarde. Demasiado fácil. Matarme de a poco no se siente mejor, pero me permite no odiarme tanto.
Pienso en mis abuelos, en mi viejo, en mi tío… en cómo se sentirían si me suicidara. Algo me oprime el pecho. Pero soy un hipócrita. Porque la vida que llevo ya los tiene en alerta constante, con miedo de que un día los llamen para decirles que me mataron.
Mi vida es una gran contradicción. No soy tan fuerte ni tan cobarde. No soy tan bueno ni tan malo. No soy el mejor ni el peor. Hay días en los que quiero todo, y otros en los que no quiero nada. Nací en contramano en este mundo de mierda. Y nacer en contramano significa llevarte puesto a todo el que viene de frente, sea quien sea, sin medir el daño que causás.
Esto soy. Y creo que lo seré toda la vida: un hombre dañado, un niño dolido y un hijo abandonado.
Solo espero que, algún día, pueda ser un buen padre. Un buen marido. Y alguien querido.