Hubo un momento exacto en que me di cuenta de que, como padre, había fracasado. No fue de golpe, no fue una gran escena con música triste de fondo. Fue en uno de esos días comunes, uno de tantos en los que llevaba a Mariano conmigo sin pensar si ese lugar era para un nene de seis o siete años. Él, tan chico, tan callado, se dormía en la butaca de la moto. Rodeado de humo, ruido, conversaciones rotas, risas vacías y miradas que no sabían de ternura. A veces me parecía tierno, verlo ahí dormido, confiado, como si mi presencia le alcanzara para sentirse a salvo. Pero no estaba a salvo. Yo no era ese padre que protege, yo era el que exponía. Lo arrastraba a mi mundo sin filtros, como si no importara, como si no lo dañara. Y lo peor es que compartíamos tiempo, sí, pero era un tiempo distorsio

