Había jurado comportarme. Me encanta salir de noche, tomar y bailar.
Mayra no estaba muy convencida, porque ya le había hecho pasar malos momentos en otras ocasiones.
Como buen mentiroso, le prometí ser la persona más tranquila y menos conflictiva del mundo.
Pero la verdad es que, cada vez que salimos, mis enojos nacen de lo mismo: de mis malditos celos, de mi mente enferma.
Me desespera que ella no se dé cuenta de lo atractiva que es. A veces pienso que lo hace a propósito, para provocarme. O tal vez realmente no es consciente de cómo la miran los demás... o simplemente soy yo, mi cabeza podrida, llena de inseguridades y miedo a perderla.
Capaz lo que más me aterra es que un día abra los ojos y se dé cuenta de que no soy suficiente para ella, que no soy bueno para nadie. Y eso me altera. Siempre termino arruinando todo.
Sé que no debería meterme con su ropa, su maquillaje o su forma de mostrarse. Pero no me gusta verla tan sexy, tan femenina, tan... deseable. Porque si yo puedo verla así, otros también la ven. Y la devoran con los ojos.
Con todo el autocontrol que logro reunir, me limito a decirle que está hermosa, sexy... aunque por dentro quiero que entre a la casa y se ponga un burka.
Esa noche llegamos al boliche y nos encontramos con Caruso y otros conocidos. Bailamos, tomamos algunas cervezas. Varias veces noté cómo la miraban y, en un impulso, la acercaba más a mí. Terminé prácticamente acorralándola.
El alcohol empezó a nublarme el juicio. En vez de parar, seguí tomando como el idiota que soy.
Mayra se soltó, como suele hacerlo. Bailaba, se reía, disfrutaba. Hasta que quiso participar en un concurso... no recuerdo ni de qué era. Estaba un poco acalorada por el alcohol y, como parte de la broma, tiró besos al aire.
Ahora me cuesta entender cómo algo tan inocente y tonto pudo haberme descontrolado tanto. Pero así fue.
Me enojé. Le grité. Me fui del boliche, furioso.
Ella solo me miró, sin entender nada, y siguió divirtiéndose. Eso me dio más rabia.
Salí a la vereda, encendí un cigarrillo. Mi cabeza no paraba de buscar mierda, y encontrarla nunca me cuesta demasiado.
Volví a entrar como un poseso, la busqué y la saqué a la fuerza del lugar. Ella se veía molesta, confundida. No entendía mi enojo. En realidad, ni yo mismo lo entendía. Solo sé que me molestaba, que me desbordaba. Que no tengo filtros, no me regulo... y la cago. Siempre.
En la moto, ella iba callada, mientras yo le decía todo lo que me molestaba.
Mayra apenas sonreía, como burlándose un poco de la escena patética que había armado. Tal vez por las cervezas, tal vez por no saber qué otra cosa hacer.
Hasta que se cansó.
Y con ese valor que solo el alcohol puede dar, me dijo algo que me marcó para siempre.
Sus palabras fueron como agujas en mi pecho, como fuego en mi cabeza.
Me gritó que jamás sería como su ex, que nunca iba a ser tan hombre como él.
Y que no quería volver a verme.
Eso fue lo que terminó de desconectarme del todo.