No sé si era sábado, si era verano o invierno, si faltamos a la escuela o si ese día no nos correspondía ir. A veces, cuando intento recordar, la mente se me llena de imágenes que no puedo ordenar. Hay momentos que vienen con olor, con frío, con un temblor en el pecho. Pero hay uno que no se me va. Un día específico. El más oscuro. Estábamos solos en casa. Mi hermana Ann, Samanta —la hija mayor de Cristina—, ella… y yo. Rubén no estaba. Creo que volvió un par de días después, como si el infierno necesitara tiempo para que nadie lo notara. Cristina tenía una forma de mirarte que daba miedo. Era como si no viera personas, sino muñecos que podía mover, usar y tirar. Ese día estaba más agitada que de costumbre. Más desesperada. Me dio algo para tomar. Nunca supe qué era. Tal vez un calmante,

