Nací con los ojos cerrados, los oídos tapados y un cuerpo frágil que no parecía hecho para este mundo. Me llamaron Ann, pero durante mucho tiempo, nadie supo realmente quién era yo. Ni siquiera yo. Me dijeron que nací con el síndrome de la rubéola congénita. Que llegué con el sello de la enfermedad, como si la vida quisiera ponerme a prueba desde el primer aliento. Gladys, nuestra madre biológica, fue un soplo de viento. Estuvo, parió, y desapareció. No recuerdo su olor, ni su voz, ni una sola caricia suya. Dicen que ya tenía otros hijos desperdigados, pero de eso tampoco sé mucho. Lo único que sé con certeza es que fui la última antes de que naciera Coco. Y que cuando él llegó, mi madre se fue definitivamente. Fue como si al ver a un hijo sano, se sintiera liberada de toda responsabilida

