Hay algo que me está molestando. Tal vez la convivencia, el peso de la familia o simplemente estas ganas inevitables de cagarla.
Porque puedo tener todas las intenciones de mejorar, pero no dejo de ser lo que soy ni de hacer lo que hago.
Mis amigos —o mejor dicho, la gente con la que solía juntarme— no paran de molestarme. Desde que Mayra me dejó quedarme en su casa a dormir, y sus hijos me recibieron y aceptaron como la pareja de su madre, me siento más parte de esta familia que de la mía.
Ellos dicen que Mayra no me deja hacer nada, que cambié desde que estoy en pareja y que ya no me junto con ellos.
¿Cómo hacerles entender que no quiero alejarme de ella sin quedar como un idiota? Para mi desgracia, me importa demasiado lo que ellos piensan, y eso me genera un conflicto interno que me pone de mal humor.
Otra cosa que me altera es que Mayra me presione para que esté más presente en la vida de mis hijos. Me repite una y otra vez que no debo repetir patrones y no sé qué más. La verdad es que no sé ni por dónde empezar.
Mi hijo mayor no quiere saber nada conmigo. No me habla. Solo nos gritamos. No puedo sentarme a charlar con él. Somos demasiado parecidos. Cuando lo escucho hablarme, me violento; quisiera acomodarle las ideas a golpes.
Mariano es altanero, arrogante y maleducado. Como yo.
La única diferencia es que a él no le tengo miedo. Solo me controlo porque es mi hijo.
Leandro, mi hijo más pequeño, llegó cuando la relación con su madre ya estaba por terminar, pero terminar de ver. Se que nuestra relación siempre fue intermitente e inestable, pero esa vez fue diferente, pero como ya lo dije teníamos química s****l y los encuentros se siguieron dando hasta que llegó la noticia, Natalia estaba embarazada de nuevo. Él nació con bajo peso, lo podía levantar con una sola mano, era demasiado pequeño. Su madre se la pasaba fumando y peleando conmigo. Ahora que lo pienso detenidamente, ambos fuimos muy inconvenientes, Mayra jamás haría eso sabiendo que dentro suyo hay un ser humano creciendo. Yo nunca acompañe a Natalia a un control pre-natal, creía lo que ella me decía y para que voy a mentir, yo estaba en la mía, drogas, armas y peleas.A veces me pregunto qué pensará Leandro de mí. Era chiquito cuando me separé. Casi no tengo vínculo con él. Es escaso, superficial. Lo veo unos minutos, con mucho esfuerzo y paciencia tal vez puede llegar a ser una hora, no tengo paciencia, ni ganas de jugar a ser un padre con todas las letras.
Leandro sigue mucho a su mamá y conmigo no quiere estar. No lo culpo. Yo tampoco querría estar conmigo.
La realidad de los hijos de Mayra es muy diferente. Son sanos, alegres, bastante inocentes. No tuvieron un padre delincuente, adicto y violento como yo.
Mucho menos una madre inestable como Natalia, que salía en la madrugada con sus hijos a buscar al marido perdido. Recuerdo cuando varias personas me contaron haberla visto con Leandro caminado con él en medio de la noche, me enoje pero jamás se me ocurrió hacerme cargo de mí hijo,era una responsabilidad que no quería asumir.
Natalia y Mayra no se parecen en nada.
Mayra ama su casa, leer, estar en familia. Natalia tuvo hijos porque pudo. Jamás hablaba de algo que no fuera de la vida de los demás o inventaba escenarios donde siempre era la víctima, según ella la gente la atacaba, las amigas la traicionaban y todos estaban en su contra, porque pobre Natalia ella siempre jamás era culpable de nada.
Mayra puede ser mucho mejor. Es atenta conmigo y con mis hijos. Es la mujer que muchos quisieran tener. Pero no está libre de sufrir por mí.
Porque, como dije, esta vida me gusta, pero me incomoda.
Me siento perdido. Necesito hacer de las mías sin sentir culpa. Por eso busco cómo pelear, enojarme, culparla. Así puedo irme, terminar en lo de un amigo, hablar mal de ella, inventar cosas. Como siempre.
Obviamente me aconsejan dejarla, seguir con mi vida, dejar de joder con una mina así. Para ellos, Mayra es una controladora que quiere tenerme solo para ella.
Si conocieran a la verdadera Mayra, la amarían como yo.
Tal vez por eso miento. Para que la odien. Para que nunca la vean con los mismos ojos con que la veo yo.
El celular no para de sonar. Me hago el sordo. Tomo y fumo sin parar, con esta actitud de soberbio que tengo.
Pero desde que llegué solo pienso en volver a su casa, abrazarla, pedirle perdón, amarla.
Sé que ella me recibiría si lo hiciera. Pero no voy a quedar como un idiota delante de mis amigos.
Ellos conocen al Coco que nada le importa. Si muestro debilidad, ya no me van a ver igual.
Y en mi mente enferma e inmadura, prefiero lastimar a Mayra que perder la reputación.
Tal vez el problema no es Mayra. Ni mis amigos. Ni siquiera mi pasado.
Tal vez el verdadero problema soy yo: el miedo que me da ser feliz, la culpa de sentir que no lo merezco, la condena que me impongo cada vez que algo me sale bien.
Me acostumbré tanto al caos que cuando la vida me ofrece paz, me asusto. Me escondo. Me autoboicoteo.
Y lo peor es que lo hago consciente.
Sé que Mayra no se merece este juego. Que no puedo seguir colgándome de su amor como si fuera eterno.
Porque algún día va a cansarse. Y cuando se canse, va a doler de verdad.
Más que el grito de Mariano. Más que el rechazo de Leandro.
Porque Mayra no me debe nada. Me dio todo sin esperar mucho a cambio. Y aún así, la estoy perdiendo.
Tal vez no hoy.
Pero si sigo así, será inevitable.
Y yo...
Yo voy a seguir jugando a ser el duro frente a mis amigos, mientras en silencio me convierto en el hombre que ella no va a poder amar más.