Capítulo 1.- Sombras bajo la lluvia.
El frío nocturno de la ciudad no era simplemente una cuestión de temperatura; era una aguja constante que atravesaba la tela desgastada del uniforme de Celeste, calándole los huesos con un rigor despiadado. Las 8:30 de la noche marcaban, una vez más, el fin de una jornada aplastante. A sus espaldas quedaba el bullicio estruendoso del restaurante, un lugar donde el humo del aceite quemado y el chocar de la cubertería componían la banda sonora de su día a día.
Para Celeste, aquel empleo de camarera no era más que un yugo necesario. Sus compañeras de turno, expertas en la crueldad disimulada, no dudaban en dejarle las mesas más difíciles, los platos más sucios y las tareas que nadie quería realizar. Y luego estaba su jefa, una mujer de gesto amargado que sabía perfectamente qué fibra tocar para cargarle horas extra sin un solo centavo de compensación. Celeste jamás decía que no. Carecía del coraje o quizás de la fuerza para negarse, acostumbrada a doblar la espalda y trabajar hasta el cansancio absoluto por un sueldo miserable que penas alcanzaba para cubrir la renta y el pan diario.
Mientras avanzaba por las aceras húmedas, ajustándose el abrigo raído que poco o nada la protegía de la brisa helada, sus pensamientos gravitaron instintivamente hacia el pasado. Hacía tiempo que su mente buscaba refugio en los recuerdos, aunque estos estuvieran impregnados de una profunda melancolía. La vida jamás le había tendido la mano. Su padre las había abandonado en el instante preciso en que supo que venía en camino, borrándose del mapa sin dejar más que una sombra de ausencia. Fue su madre quien asumió el doble papel, convirtiéndose en el único pilar de su existencia. Una mujer amorosa, paciente y luchadora que trabajó sin descanso para que a su hija no le faltara nada.
Recordó el momento exacto en que tuvo que abandonar el bachillerato. No hubo drama ni discusiones; simplemente tomó la decisión de dejar los libros para conseguir su primer trabajo y ayudar con los gastos del hogar. Había sido un sacrificio asumido con amor, pero el destino no mostró piedad. Tiempo después, la enfermedad se instaló en el cuerpo de su madre. La falta de recursos y la imposibilidad de costear los medicamentos adecuados aceleraron un final trágico e inevitable. La pérdida aún escocía en el pecho de Celeste como una herida abierta; la soledad que dejó su partida era un eco constante en cada rincón de su vida cotidiana.
Perdida en ese espiral de memorias, Celeste desvió sus pasos hacia el atajo habitual: un callejón estrecho y sombrío que cortaba camino hacia su modesto apartamento. Las paredes de ladrillo gastado absorbían la escasa luz de los faroles lejanos, creando un túnel de penumbras donde los ruidos de la avenida principal se volvían distantes y ahogados.
Allí, agazapado en la densidad de las sombras, se encontraba Dante.
Dante no pertenecía a este mundo. Era un demonio, una entidad antigua y perversa cuyo desprecio por la r**a humana era tan profundo como el abismo del que provenía. Para él, los mortales no eran más que criaturas patéticas, moldeadas por la codicia, el miedo y la debilidad. Su única razón para descender al plano terrenal era el entretenimiento que le producía el caos. Se alimentaba del hedor de la perversión, de la chispa imprevista de la violencia y de la calidez de la sangre derramada.
Esa noche no era la excepción. Dante había estado observando a un par de sujetos ebrios que discutían torpemente unos metros más adelante. Con una sutil manipulación de sus energías oscuras, el demonio disfrutaba avivando el rencor entre ellos, listo para provocar un enfrentamiento sangriento solo por el placer de presenciar la degradación humana. Su presencia impregnaba el ambiente de un aroma penetrante y característico: una mezcla embriagadora de tierra húmeda de tormenta e incienso ceremonial quemado. Su piel, de una palidez mortecina que parecía esculpida en mármol, contrastaba bruscamente con su cabello n***o azabache, despeinado por el viento helado.
Entonces, el sonido leve de unos pasos vacilantes interrumpió su diversión.
Dante giró la cabeza con lentitud, esperando encontrar a otra víctima insignificante a la cual aterrorizar o manipular. Sin embargo, cuando la figura emergió de la bruma, el ritmo del callejón pareció detenerse.
Celeste levantó la vista de manera instintiva, sintiendo una repentina presión en el aire. Sus ojos, de un deslumbrante azul celeste, chocaron de lleno con las pupilas gris azuladas del demonio. Era una mirada fría, afilada como una navaja, diseñada para infundir un pánico paralizante en cualquiera que se cruzara en su camino. Dante clavó su atención en ella, esperando ver el reflejo inconfundible del terror en su rostro.
Pero el terror nunca llegó.
En lugar de retroceder, gritar o huir, Celeste hizo algo que desarmó por completo la naturaleza del ser que la acechaba. A pesar del cansancio que le pesaba en las pestañas, a pesar de la vida miserable que arrastraba sobre sus hombros y de la helada que le entumecía los labios, la joven sonrió. Fue una sonrisa suave, genuina y desinteresada; la respuesta cálida de un alma noble que simplemente cruzaba la mirada con un desconocido en medio de la noche.
Fue la sonrisa más hermosa que los ojos de Dante hubieran presenciado en siglos de existencia.
Bajo la tenue luz dorada que se filtraba desde la esquina, los detalles de Celeste quedaron al descubierto ante la mirada analítica del demonio. Sus rasgos eran delicados y perfectos, pulidos con la finura de una muñeca de porcelana de colección. Su piel, extremadamente blanca y tersa, parecía emitir una luz propia en la penumbra. Una cascada de cabello rubio fresa caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro diminuto y armonioso.
Dante, cuya percepción estaba acostumbrada a la fealdad de las intenciones humanas, no pudo evitar reparar en la compostura de su figura. Bajo la ropa holgada y gastada se adivinaba una silueta de proporciones hipnóticas: una cintura pequeña que daba paso a caderas voluptuosas, líneas curvilíneas y proporciones que desafiaban la brusquedad del entorno. Era una obra de arte viviente caminando entre la basura y el salitre del callejón.
Por primera vez en eones, el demonio permaneció inmóvil, congelado por la desconcertante luz de aquella sonrisa que, sin saberlo, acababa de desafiar a la mismísima oscuridad.