Introducción
El horror es palpable, pero ¿Cómo no iba a serlo? La dramática y pequeña amiga rubia de Minerva transmitía ondas de terror desde sus pequeñas y frágiles manos sonrosadas hasta el último de sus cabellos ensortijados rubios. Con aburrimiento, Minerva contempló el pequeño y delgaducho cuerpo de su muy querida e irritante, y a veces cansina amiga. ¿Qué habría pasado? El reloj que permanecía sobre la mesilla de acero forjado de la terraza apenas anunciaba la entrada a las nueve y cuatro de la mañana, es poco un corto lapso de tiempo como para que algo lograra aquel nivel de consternación. Reflexionó, Minerva. Con un suspiro reacomodo el trasero sobre el cojín de la silla de mimbre y cruzó sus largas, y descubiertas piernas oliváceas meditando cada escenario imaginario para conseguir tal estado de consternación en Daisy Whittaker. Algo que no era difícil pues para su desgracia y espanto, Daysi Whittaker era la persona más asustadiza y fácil de perturbar que había conocido en sus treinta años de vida consciente… Usualmente sus pequeños niños menores de cinco años conseguían sacarla de sus cavilaciones en media hora, pero desde que los aludidos asistían al jardín de infantes tales situaciones habían mermado hasta el punto de desaparecer. La idea quedó descartada. ¿Su aburrido y simplón marido? Trabajaba demasiadas horas al día y no era del tipo de persona que ofreciera tal hazaña, lo más intrépido y digno de contar que había hecho desde que lo conocía había sido cuando sus pequeños y simplones espermatozoides lograron fecundar el óvulo de su pequeña amiga rubia, fuera de eso hasta su imperturbable mayordomo de ascendencia coreana era más digno y emocionante de ser mencionado en el día.
Descartado. Muy descartado. De hecho… ¿Por qué lo consideró en primer lugar? La falta de cafeína en su sangre definitivamente le estaba afectando. Parpadeo y se llevó los dedos al inicio del puente de su nariz recta para apretarlo mientras seguía pensando. ¿Qué opciones y escenarios le quedaban? ¿Problemas laborales? No desde que Daisy había renunciado a su puesto y vida en el distrito comercial de Manhattan ¿La razón? Su solecito simplón de California, ante ese pensamiento Minerva no pudo evitar rodar los ojos. Su querida Daysi abandonó su expectante y maravillosa vida como mujer independiente para convertirse en la esclava de tres bocas egoístas y mandonas. Y lo peor es que no había una remuneración por tal maltrato, un ultraje, pero cada quien vive su vida como gusta. Inconforme con la conclusión de ese pensamiento los labios de Minerva se fruncieron, ella jamás sería de esa especie de mujer… Adoraba demasiado su paz y soledad como para encadenarse a un odioso hombre mandón y egoísta.
Un sollozo femenino y ruidoso rasgó estrepitosamente la atmósfera de paz y tranquilidad esa mañana en la terraza—y en la vida—de la socialité más cotizada y codiciada de New York, MinervaMirk.
Las cosas no serían aburridas por un tiempo.