Episodio sin título

1336 Words
Siempre pasaban esas cosas: la gente reconocía que podía cantar más. Yo vivía —y había vivido— con el pensamiento constante de que no era así. Estaba consciente de que lo que más me atormentaba era la nostalgia. Todas las noches lloraba. Oraba a Dios y volvía a llorar. No buscaba llenar vacíos con otras personas; como siempre decía, éramos yo, mi libreta y Dios. Aquella noche me fui a dormir muy cansada. Una curiosidad profunda inundaba mi cuerpo: quería volver a conversar con aquella chica. Solo pedía poder encontrarla en algún lugar y esta vez sí preguntarle su nombre. El día era cálido. Una brisa suave me transportaba, por instantes, a otros momentos de mi vida. Mientras caminaba, pensaba en todas las cosas buenas que Dios había hecho en mí. Me preguntaba si alguien, al conocer mi mente, notaría que en cada decisión y en cada pensamiento Dios estaba presente. “¿Por qué mencionas tanto a Dios?”, imaginé que alguien podría preguntarme. Y yo respondería: “Porque Él sí me entiende, porque cuida de mí y porque me hace sentir especial”. Sumergida en esos pensamientos, choqué con alguien. Llevaba cosas en las manos y se cayeron al suelo. —Lo siento mucho —dijo la persona. Aún no había levantado la mirada, pero su voz me indicó que era una mujer. Cuando finalmente la miré, confirmé lo inesperado: era la chica misteriosa. —Perdóname a mí —dije rápidamente—. No me fijé. Ella sonrió. —No te preocupes. ¿A dónde vas? —Tengo muchas tareas por hacer. Necesito estudiar para exámenes… voy a la plaza universitaria. Sus ojos se iluminaron. —¿En serio? Si no te molesta… ¿puedo acompañarte? Esta vez no me pareció extraño. Tampoco sentí desconfianza. Al contrario, me alegraba la idea. —Sí, claro —respondí. Comenzamos a caminar juntas. Durante el trayecto, hablaba de lo feliz que estaba en su universidad, aunque no todo era como quería. Aun así, decía que le daba satisfacción. Luego me miró. —¿Y a ti cómo te va? Sonreí. —Ni tan bien ni tan mal. Ambas reímos. —Entiendo ese término —dijo—. A veces todo se siente así. —Sí… es complicado, pero sé que Dios me ayuda. Sé que nos ayuda a todos los universitarios. Vi cómo se dibujaba una sonrisa sincera en su rostro. —Me encanta —dijo. Fruncí ligeramente el ceño. —¿Qué cosa? —Cómo hablas. Es diferente. Tienes una luz distinta… y me encanta que siempre menciones a Dios. Se nota que estás segura de que sin él no eres nada. Sus palabras me dejaron en silencio unos segundos. —Tienes razón —respondí al fin—. Dios es lo único que anhelo en esta vida. —Dios debe estar muy orgulloso de ti —añadió—, porque reconoces, incluso en lo más pequeño, que sin él no eres nada. Me quedé sin palabras. Apenas habíamos hablado, y parecía conocerme profundamente. Eso me inquietaba, pero también me fascinaba. —Gracias —dije—. A mí también me gusta hablar contigo. Siento que tienes mucha sabiduría, como si supieras todo lo que he pasado. Ella no respondió. Solo sonrió. Abrí mi libro y comencé a estudiar. No me di cuenta de que, entre sus páginas —como siempre, porque perdía mis separadores—, llevaba una ecografía de mi abdomen. Ella la tomó en sus manos, y una vergüenza inmediata me recorrió. Observó la imagen unos segundos. —Debió haber sido muy difícil para ti… Me quedé perpleja. —¿Por qué dices eso? —Porque esto indica que tenías tumores. La miré, sorprendida. —¿Estudias medicina? Ella soltó una pequeña risa. —No, simplemente lo supe. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. —Sí, eso es lo que tenía —admití. Ella colocó su mano sobre mi hombro. —Me encanta escuchar a las personas —dijo—. Cada testimonio. Porque eso es lo que son: testimonios. La gente debería darse cuenta de que Dios es quien los saca de los momentos difíciles. Tú puedes ser fuerte, pero esa fortaleza viene de él y la sabiduría también. Hizo una breve pausa y me miró con atención. —Cuéntame el tuyo. Sonreí hacia mis adentros. Pensé: ¿para qué contarte mi historia si parece que ya la sabes? Pero no lo dije. —Está bien —respondí—, pero es una historia larga, tal vez te aburras. Ella negó con la cabeza. —Jamás me aburren las historias donde Dios está presente. Ambas sonreímos. El ambiente se sentía cálido, casi íntimo. No era como estar con alguien más, sino como estar conmigo misma. Respiré hondo. —Todo comenzó en 2018 o quizá en 2019. Parte de ambos años. No es que todo haya iniciado exactamente ahí, pero fue en ese momento cuando empecé a cuidarme. Hice una pausa. —Siempre he sido una chica muy miedosa y negativa. He trabajado duro para cambiar eso. Recordé con claridad. —Un día estaba depilándome las piernas cuando me corté la piel. Me salió sangre y me sentí muy débil. No era una herida grave pero yo soy muy dramática, y ver sangre me puso mal. —Me sentí tan débil que corrí a acostarme. Llamé a mi mamá y le dije: “mami, ora por mí, me siento mal”. —Ella me miró y dijo: “estás pálida”. —Cuando escuché eso, me sentí peor. La chica sonrió levemente mientras escuchaba. —Luego oró por mí y me dijo que solo era una herida pequeña. Poco a poco me sentí mejor. —Ese día fuimos al culto en la iglesia, porque ya me encontraba mejor. Pero cuando regresé, el malestar volvió. Bajé la mirada. —Siempre que algo me pasaba, pensaba que era el fin del mundo. Entonces empecé a cuidarme más a ser más precavida. Pasaron los años, pero el miedo a enfermarme nunca se fue. Hay una enfermedad a la que siempre le he tenido mucho miedo. En 2021 me hice un examen, tenía anemia, pero yo ya había buscado los síntomas de la leucemia en internet y todo parecía coincidir conmigo. Tenía puntos rojos en las manos, en los pies, me dolían las articulaciones. Mi hemoglobina estaba en 11, no había razón real para alarmarme pero lo hice. Recuerdo que estaba viendo una película donde un chico se enfermaba de eso. Estaba acostada en el sofá, cubierta con mis sábanas y pensé: “podría ser yo”. Ambas reímos suavemente. —Ahora suena exagerado —dije—, pero en ese momento era real para mí. La anemia desapareció, pero yo seguía con miedo. Cualquier cosa la sentía como un peligro. Ella intervino con suavidad: —Te entiendo, también me pasa. Le sonreí y continué. —Dejé muchas comidas por miedo a enfermarme. Pensaba que ciertas enfermedades venían por lo que comías. Así llevé una dieta estricta. Toda mi vida era una pregunta constante: “¿y si me da esta enfermedad?”. Veía videos de personas entrando a máquinas para hacerse exámenes y ese era mi miedo. Respiré hondo. —También le preguntaba constantemente a mi mamá: “¿cómo me veo?”. Cuando iba en noveno grado, fui diagnosticada con dismorfia corporal. Mi voz bajó un poco. —No me gustaba mi apariencia. Odiaba mi cuerpo, mi sonrisa, mi cabello, todo de mí. Evitaba verme en espejos. Podía ver mi rostro, pero no mi cuerpo. No me gustaba salir en fotografías. Una vez, en mi graduación, me maquillaron y me dijeron: “mírate en el espejo”. —Y respondí: “no, por favor, quítenlo”. —“¿Por qué?”, preguntaron. —“Porque los espejos me dan miedo”. Hice una pausa. —Tuve que mentir. Dije que los vidrios me daban miedo, pero la verdad era otra. Levanté la mirada.
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