Parte 1
A veces nos sentimos profundamente incomprendidos. Nos resulta imposible expresar aquello que verdaderamente habita en nuestro interior. Nuestros pensamientos más íntimos —los más vulnerables, los más reales— parecen existir únicamente entre Dios y nosotros mismos.
Y, si lo pensamos detenidamente, hay algo desgastante en ello.
Querer abrir el alma ante alguien, intentar compartir lo más profundo de nuestro ser… y detenernos justo antes de hacerlo. No por falta de palabras, sino por el temor. El temor a ser juzgados. A no ser comprendidos. A sentirnos aún más solos después de haberlo intentado.
Quizá por eso pasé gran parte de mi vida sin amigos.
No porque no los necesitara, sino porque nunca logré confiar lo suficiente en las personas. Me limitaba a observar. Veía cómo quienes me rodeaban compartían risas, secretos, fragmentos de su vida… mientras yo permanecía al margen, en silencio.
Sentada en una banca, con mi libreta entre las manos y pensamientos dispersos, escribía. Escribía sobre aquello que otros parecían vivir con tanta facilidad: la conexión, la confianza, la compañía.
Tal vez, en cierto modo, era egoísta. Me refugiaba en mí misma, guardando mis sentimientos más incomprendidos, más frágiles, como si solo yo pudiera sostenerlos.
Y una vez más, me encontraba ahí.
En ese banco del querido parque de San Leopi.
Amaba ese lugar. Había algo en él que me envolvía: el aire fresco, el susurro constante de la naturaleza, y ese inconfundible aroma a mar que lo hacía único. Frente al parque se extendía una de las playas más hermosas de mi país, y su presencia le daba al lugar una calma difícil de describir. Siempre estaba ahí, con mi libreta en mano, la mirada fija en un punto lejano. Así transcurrían mis días.
Éramos solo Dios, mi libreta y yo. Perdida en mis pensamientos, aislada de todo lo que ocurría a mi alrededor, como si el mundo avanzara sin mí. Así me encontraba aquella tarde… una tarde extrañamente distinta. Debí haber estado demasiado absorta en mí misma, porque no noté en qué momento apareció esa chica. No la había visto antes. Parecía agotada, como si hubiera llegado corriendo. Su respiración era agitada y su ropa estaba ligeramente húmeda, evidencia del esfuerzo que había hecho. Permanecí en silencio, observándola, intentando comprender su presencia.
Hasta que, finalmente, habló
—¡No puedo creerlo he perdido mi autobús!
Su exclamación rompió el silencio de la tarde. Imaginé lo estresante que debía haber sido para ella; a cualquiera le incomodaría una situación así, sobre todo cuando el tiempo apremia. No tenía intención de intervenir, pero, tras unos segundos, reuní el valor suficiente para hablar.
—Ya pasará otro.
Fue lo único que logré decir.
Ella soltó una leve risa. Para mi sorpresa, no parecía tan alterada como había imaginado. Yo, en su lugar, probablemente no habría reaccionado así o quizá sí.
—Sí, aunque voy muy tarde —respondió—. Pero intento verle el lado positivo. Tal vez había una razón por la que no debía subir a ese autobús. Quizá algo pudo haber sucedido y, sin saberlo, evité un accidente.
Sus palabras me tomaron por sorpresa.
Había en su forma de pensar algo que me resultaba inquietantemente familiar. Era como escuchar en voz ajena aquello que tantas veces había pensado en silencio.
—Tienes razón —admití—. Yo habría pensado lo mismo. A veces nos angustiamos por situaciones que parecen salir mal, cuando en realidad podrían estar protegiéndonos.
—Lo sé —respondió con serenidad—. Sé que tú también piensas así todo el tiempo.
Sus palabras me dejaron desconcertada. Apenas me conocía… o, al menos, eso creía yo. No supe qué decir. Antes de que pudiera reaccionar, ella se marchó con rapidez. El autobús ya se aproximaba.
Se fue sin que supiera su nombre.
Y, en ese momento, me convencí de que no importaba. Era solo una desconocida, una de tantas personas que se cruzan en la vida sin dejar rastro. Alguien sin relevancia.
O eso quise creer.
Porque, en el fondo, había algo en ella algo imposible de ignorar. Una sensación extraña, casi inquietante, que se quedó conmigo mucho después de que desapareciera de mi vista.
Regresé a casa con su voz aún resonando en mi mente. Abrí mi libreta y anoté cada detalle de aquella conversación, intentando comprender lo que había sucedido. Esa noche, oré. Y luego, me dejé vencer por el sueño.
A la mañana siguiente desperté con el cuerpo adolorido, como ya se había vuelto costumbre. Me levanté sin detenerme demasiado en esa sensación, me arreglé con rapidez y salí de casa con la prisa habitual.
La nostalgia me acompañaba, como siempre.
Mi vida parecía estar envuelta en recuerdos persistentes, fragmentos de todo lo que había vivido y que se negaban a quedarse en el pasado. Me seguían a todas partes. No me gustaba pensar en ello, pero, inevitablemente, eran los primeros en aparecer cada mañana. Era como si nunca lograra superar nada, solo aprendía a convivir con ello, a ignorarlo lo suficiente para seguir adelante.
Bajé del primer autobús para abordar el que me llevaría al centro de la ciudad. Al subir, noté que la mayoría de los asientos ya estaban ocupados. Sin embargo, logré distinguir uno libre junto a una persona cuya figura no me permitía identificar con claridad si se trataba de un hombre o una mujer.
Avancé sin pensarlo demasiado y tomé el asiento.
En cuanto me acomodé, la persona a mi lado se quitó la chaqueta que llevaba encima y, con un gesto tranquilo, giró ligeramente hacia mí.
—Buenos días querida.
Me quede sin palabras, no podía creer quien estaba al lado mio. Era la chica misteriosa, aquella que me había encontrado en el parque. Pero que casualidad más rara era aquella. Le contesté su saludo, muy tímidamente.
—Buenos días.
Note que arrugó su rostro, creo que ya había notado
—Olvidas rápido ¿acaso no me conoces? Nos vimos ayer en el parque. Tuvimos una pequeña conversación.
La miré por un momento, intentando organizar mis pensamientos.
—Es cierto —respondí—, pero me desconcerté un poco al verte acá. Qué casualidad.
Hubo un breve silencio. Aún no comprendía del todo cómo había llegado hasta mí otra vez, pero decidí no pensarlo demasiado.