—¿Hacia dónde te diriges? —me atreví a preguntarle.
—A la universidad —contestó sin entusiasmo—. Verás, odio ir a la universidad, pero estando ahí, es como si olvidara un poco la realidad. Aunque suene contradictorio. Me cansa, sí, pero al menos me mantiene distraída y así no tengo que escuchar mis pensamientos.
Cada palabra que decía parecía describirme. Me sentí profundamente identificada con ella. Yo también detestaba ir a la universidad, pero aun así iba, porque sabía que era necesario. Era parte del camino hacia el éxito de la mano de Dios.
—A mí tampoco me gusta ir —admití—. Creo que pensamos igual. Hay días en los que voy sin ganas, pero justo ahí es cuando me doy cuenta de que me amo. Porque si no me amara, no me importaría quedarme en la cama, cubierta con diez sábanas, ignorándolo todo, aunque, siendo sincera, a veces dan muchas ganas de hacerlo. Pero me amo, y por eso me motivo cada día.
Al terminar de hablar, noté algo en ella. Sus ojos brillaban más de lo habitual.
Se produjo un breve silencio, hasta que ella volvió a hablar:
—Hay muchas cosas en la vida por las que luchas con todas tus fuerzas y cuando finalmente las consigues, no sientes más que una satisfacción momentánea por haberlas alcanzado. A veces, incluso, resulta más difícil sostener aquello por lo que tanto trabajaste. Pero te conozco —hizo una leve pausa—. O tal vez no. Aunque hay algo en ti que me dice que eres capaz de todo. Así que lo que hoy nos atormenta, mañana será un campo de flores.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una extraña certeza.
Me fascinaba conversar con ella. Había en su manera de expresarse algo profundamente distinto a todo lo que había conocido. Nunca antes había coincidido con alguien cuya forma de pensar se asemejara tanto a la mía. Era como si, al hablar con ella, sostuviera un diálogo conmigo misma.
Como en esos momentos frente al espejo, al amanecer, cuando agradeces a Dios por un nuevo día y, casi sin darte cuenta, comienzas a formular preguntas que una voz interior se encarga de responder. Así me sentía a su lado.
Apenas la había visto en dos ocasiones, y sin embargo, la sensación era la de conocerla desde siempre.
Hay personas que irrumpen en tu vida de manera inesperada, casi mágica. Pero encontrar a alguien verdaderamente extraordinario es poco común. Abundan, en cambio, quienes llegan con la intención de desordenarlo todo, de alterar aquello que con tanto esfuerzo has logrado construir. Sin embargo, de vez en cuando, aparece alguien que te recuerda que sí existen almas afines, personas que comparten tu misma sensibilidad, tus mismas pasiones. Y eso, eso es sin duda, algo extraordinario.
Quise decirle algo más, pero no tuve oportunidad. El microbús se detuvo y ella se puso de pie.
—Adiós… nos veremos pronto —dijo antes de descender.
No le pregunté su nombre.
La observé alejarse hasta que desapareció de mi vista, y luego continué mi camino hacia la universidad.
Esa noche, al llegar a casa, abrí mi diario y dejé que las palabras fluyeran sobre el papel. Siempre he sido ese tipo de persona que encuentra refugio en la escritura. Amo leer, sí, pero hay algo aún más íntimo en leerme a mí misma. No me encontraba del todo bien en ese momento. Era consciente de que tenía salud, vida y muchas bendiciones que otros anhelaban y, por encima de todo, tenía a Dios. En Él encontraba plenitud. Y aun así, había noches en las que me recostaba y las lágrimas brotaban sin previo aviso. Una nostalgia profunda me envolvía. Pensaba en lo bondadoso que Dios había sido conmigo, en que no existía una razón lógica para sentirme triste y, sin embargo, la tristeza persistía.Comprendí entonces que lo que realmente me atormentaba no era mi vida, sino las personas que me rodeaban. Mientras yo procuraba vivir en paz, sin hacer daño a nadie, otros parecían empeñarse en distorsionar mi imagen, construyendo versiones de mí que no eran ciertas como si, en sus historias, yo siempre ocupara el papel equivocado.
Mi momento predilecto del día llegaba al anochecer, cuando finalmente regresaba a casa y el silencio me permitía encontrarme con Dios. Aunque, en realidad, nunca dejaba de hablar con Él. Habitaba en cada decisión, en cada palabra, en cada pensamiento. Si dudaba, lo consultaba; si fallaba, le pedía perdón; si algo bueno ocurría, elevaba la mirada en señal de gratitud; y si las cosas no salían como esperaba, volvía a Él con la misma fe. En su presencia encontraba un refugio absoluto. Dios era mi confidente más íntimo, el único ante quien podía revelar, sin reservas, la totalidad de mis pensamientos. Él conocía cada rincón de mi alma.
Sin embargo, la vida —como inevitablemente sucede— no se detiene en la calma. Todos, sin excepción, estamos expuestos a atravesar momentos adversos: la enfermedad, la incertidumbre, la traición, la falta de reconocimiento, las fracturas familiares realidades que, en algún punto, nos alcanzan. Y yo, a pesar de mi edad, ya había sido tocada por varias de ellas. Aun así, con el paso del tiempo comprendí algo esencial: aquellos instantes que parecían finales no eran más que umbrales. El inicio silencioso de algo que Dios ya había dispuesto para mí. Al volver la mirada hacia atrás, podía reconocer con claridad que había logrado salir de cada uno de esos abismos… sostenida por su mano. Y ese reconocimiento no solo me llenaba de gratitud, sino también de una paz profunda, casi inexplicable.
Hubo, no obstante, una etapa en la que mi sensibilidad se convirtió en una carga difícil de sostener. Llegué a pedirle a Dios, con una sinceridad que aún me estremece, que apagara mis sentimientos. Todo me afectaba con una intensidad desbordante. El dolor ajeno se instalaba en mí como propio; la angustia de otros encontraba eco en mi interior sin permiso alguno. Vivía envuelta en una especie de burbuja emocional que, lejos de protegerme, comenzaba a asfixiarme.
Anhelaba, con desesperación, poseer la capacidad de detener el dolor.
Al observar el mundo que me rodeaba, no podía ignorar lo que veía: jóvenes quebrantados, enfermedades prematuras, miradas cargadas de tristeza. Más de una vez, con lágrimas contenidas, me hice la misma pregunta: ¿qué está ocurriendo con nosotros?
El exterior comenzó a parecerme un lugar hostil, impredecible, incluso aterrador. La intensidad de mis emociones llegó a tal punto que decidí aislarme. Permanecí un mes entero sin salir de casa, refugiándome en un espacio que creía seguro, pero que en realidad solo amplificaba mis pensamientos.Y fue precisamente en ese encierro donde todo comenzó. Sin embargo, sería injusto decir que todo comenzó en ese momento. Porque la vida no inicia en un instante de crisis, sino mucho antes, incluso antes de tener memoria.
Yo nací en un hogar cristiano. Fui una hija planeada, deseada, un anhelo que Dios concedió a mis padres. Crecí rodeada de amor, en una familia que no solo me cuidó, sino que también supo guiarme por el camino del bien. Mis padres fueron un ejemplo constante De mi madre atesoré cada consejo, cada palabra cargada de sabiduría; de mi padre, la firmeza y el amor con el que me orientaba. Tuve una niñez bendecida, tan llena de luz que, al recordarla, no encuentro motivo alguno para quejarme. Mis hermanos fueron, también, un regalo invaluable en mi vida. Y como ocurre con todos, había algo que me hacía diferente. La gente comenzó a decir que yo sabía cantar. Yo no lo notaba de esa manera. Lo único que tenía claro era que amaba hacerlo. Cantar era parte de mí, algo que surgía de forma natural, sin esfuerzo, sin pretensiones. No lo hacía porque creyera que lo hacía bien o mal, sino porque me hacía feliz. Era, simplemente, mi refugio… como quien pinta, como quien escucha música para sentirse vivo. Sin embargo, crecí escuchando que tenía talento.
Con el tiempo, participé en un concurso de canto, un festival escolar y obtuve el primer lugar. A partir de ahí, las oportunidades comenzaron a aparecer. Me buscaban para cantar en la escuela, me invitaban a otras iglesias y aun así, dentro de mí, persistía una idea completamente distinta. Nunca me consideré buena en algo. Al contrario, solía pensar que era la peor. Tal vez, desde afuera, muchos imaginaban que yo me creía la mejor. Pero la realidad era otra: la inseguridad habitaba en mí con una fuerza silenciosa. Y eso, con el tiempo, se convirtió en una carga difícil de ignorar.
Mi madre siempre me recordaba algo que marcó profundamente mi forma de ver la vida:
—Toda la gloria es para Dios. Debes ser humilde en todo momento. No permitas que el egoísmo habite en tu corazón. Alégrate por los demás.
Esas palabras se quedaron conmigo. Fueron guía, pero también, en cierto modo, hicieron que dudara aún más de mí misma.
A pesar de todo, seguí participando. Cantaba en la escuela, especialmente alabanzas, y continuaba aceptando cada oportunidad que se me presentaba. En el año 2018, participé en una actividad distinta. Canté en un karaoke, y una de las canciones fue acompañada por la guitarra de un chico de grados superiores. Yo apenas cursaba quinto grado.