Capitulo 2

1625 Words
**Capítulo dos: En la discoteca** Tropezando una vez más, borracho de champán y ahora estimulado por la cocaína que sentía en mi torrente sanguíneo, me dirigí de nuevo hacia la mesa donde había dejado a Doug y Smalls. —Oye… oye… niño blanco y rico —me sonrió Smalls mientras me acercaba—. Se nos acabó la bebida… es tu ronda… ve a la barra. Sin rechistar, me dirigí a la barra; observé a mi alrededor. Las discotecas ya no me atraían, pero ¿por qué eran todas tan parecidas? ¿Dónde estaba el truco? ¿Dónde estaba su encanto único? ¿Dónde estaba el atractivo hoy en día? Con razón el local estaba medio vacío, incluso un sábado por la noche, y la mitad de esos tipos parecían atraídos por nuestra mesa. Mi mente se llenó de pensamientos al ver a la rubia parada en la barra. Veinteañera, supuse, piernas largas con tacones plateados de tiras. Su cuerpo tonificado se ajustaba a un vestido rojo corto. Me pasé los dedos por el pelo y me metí la camisa por dentro. La cocaína habló por mí antes de que dijera: —¿Te invito a algo? —Bueno, es original, te lo concedo —dijo. Su cabello rubio y liso enmarcaba un rostro menudo y sus labios rojos y brillantes dibujaban una dulce sonrisa—. Pero si me ofreces, tomaré un Porn Star Martini. Me contuve de hacer el comentario que me pasaba por la cabeza mientras asentía y me apoyaba en la barra, pretendiendo parecer informal. Capté la mirada del camarero, al que le habíamos estado dando buenas propinas desde que llegamos. —Dos botellas más y un Porn Star Martini, por favor, señor —fue todo lo que pude hacer para no arrastrar las palabras delante de ella. —Mejor que sean dos estrellas porno —escuché con seguridad, por encima de mi hombro. No hizo falta girarme, pues al acercarse, la rubia era una visión casi perfecta. Su suave piel color caramelo y su cabello n***o ligeramente ondulado le caían sobre los hombros. Un vestidito n***o la envuelve con fuerza y sus piernas tonificadas se realzaban con unas botas negras de tacón alto hasta la rodilla. Fueron sus ojos los que realmente me cautivaron. En la tenue luz del club, parecían casi ultravioletas. —¿Quién es tu amigo…? —estaba a punto de continuar cuando se detuvo en seco—. No… de ninguna manera… de ninguna manera, Sr. Hughes, ¿es usted? Sin palabras, tartamudeé mientras el camarero colocaba las bebidas en la barra y le entregaba mi tarjeta de débito para el pago. —Eh… sí… es… ¿perdona? ¿Te conozco? —Solías… —afirmó la belleza mestiza con una amplia sonrisa que revelaba unos dientes blancos y perfectos—. Soy Mica… Mica James. ¡Maldita sea! La última vez que vi a Mica James debió de ser hace 7 años. Trabajé con su padre, Marcus; murió trágicamente en un accidente de coche cuando ella era más pequeña. Mica había ido al colegio con Jack, habían estado juntos en el equipo de natación. Uno o dos años después de la muerte de su padre, la familia se mudó a Escocia para estar con la familia de su madre. Era un poco mayor que Jack, pero ¿cómo demonios podía tener solo 19 años? Parecía mucho mayor de lo que era. Peligrosamente mayor. —¿Mica? —entorné los ojos—. Mica, la hija de Marcus Wise… has vuelto… ¿de visita o qué? —Mamá se mudó hace un mes más o menos —sonrió mientras se servía una bebida en la barra. Casi me había olvidado de la rubia—. No puedo creer que Jack nunca haya dicho nada. —Normalmente solo se comunica con gruñidos —sonreí, y mi respuesta provocó una risita en ambas chicas. —¿Entonces conociste a Gemma? —preguntó Mica, presentándose formalmente, algo que yo no había tenido oportunidad de hacer—. Gemma, este es el papá de Jack Hughes… Logan. —Espera… —dijo Gemma con una risita—. Tú eres el tipo que se acostó con la señorita Davis. Levanté mis manos y dije: —Culpable. —No hay forma de que lo sepas. Escuché ese chisme a los cinco minutos de empezar en Saint Luke's —intervino Mica alegremente. —¿Quién no? —Gemma se rió. Con el rabillo del ojo vi a Smalls haciéndome señas agitadamente para que me acercara. No podía tener tanta sed. —Debería… —no quise poner excusas, me di cuenta—… mira, estamos tomando unas copas para… Para no hablar de mi ganancia inesperada, continué diciendo: —…siéntete libre de unirte a nosotros. —La necesidad de bailar es más fuerte —bromeó Mica mientras me guiñaba un ojo—. Tal vez más tarde, Bad Boy… gracias por las bebidas. —Chico malo —le repetí. —A todas las chicas les encanta un chico malo, Sr. Hughes. Intenté no darle demasiadas vueltas a la forma en que Mica se mordía el labio inferior mientras se giraba con Gemma y se alejaba en dirección a la pista de baile. Ambas terminaron sus bebidas y dejaron los vasos vacíos en una mesa antes de adentrarse en la multitud. La observé más a ella que a la rubia mientras se movía con gracia y soltura al entrar en la pista de baile. Se deslizaba sin esfuerzo entre los cuerpos hasta encontrar su espacio. Su cuerpo se movía al ritmo de la música. Casi de inmediato, atrajo no solo mi atención, sino también la de todos los hombres que la rodeaban y la de Gemma. Giró contra un hombre antes de acercar a Gemma hacia ella y las dos jóvenes alimentaban sus fantasías mientras se apretaban la una contra la otra, sonriendo y riendo mientras bailaban. —Oye —resonó la voz de Smalls en mi oído—. Allí un hombre podría morir de sed. Dos líneas más de cocaína, con el champán fluyendo, miré mi teléfono. No tenía llamadas perdidas. Era poco antes de la una de la madrugada; me daba vueltas la cabeza, el ritmo del día y la noche quizá me estaba pasando factura. Dougie estaba sentado ahí hablándome, pero no podía descifrar ni una palabra de lo que decía. La estaba mirando de nuevo. Mirando a Mica. Bailaba con un chico alto y rubio; apartaba las manos de su trasero cuando se demoraban demasiado, él probó suerte de nuevo y ella lo empujó para bailar solo otra vez. Mi mirada se cruzó con la suya mientras la observaba desde la mesa que daba a la pista de baile. Sonrió. Una sonrisa pícara. Me hizo señas con el dedo antes de darme la espalda mientras su joven cuerpo se balanceaba y se movía al ritmo de la música. Me miró por encima del hombro. Tentadora. Sin darme cuenta, me alejé de la mesa. Doug dejó de hablarme y Smalls, enfrascado en una conversación con una morena con vestido plateado, desvió su atención y preguntó: —¿Adónde vas, hombre? Sin darme cuenta, me estaba moviendo entre la multitud en la pista de baile, abriéndome paso hacia ella. Me embriagaba. Algo me embriagaba. ¿Sería la cocaína? ¿Sería el champán? Estaba frente a ella sin darme cuenta. Mica puso sus manos sobre mis hombros. De nuevo se mordió suavemente el labio inferior. Se inclinó hacia adelante y me susurró al oído seductoramente: —No debería tentar a un chico malo, ¿verdad? Apenas podía creer lo que estaba pasando mientras oía sus palabras resonar en mi mente aturdida por la cocaína. Mis manos se deslizaron alrededor de sus delgadas caderas y la atraje hacia mí. Nuestros rostros se juntaron mientras ella se sentaba a horcajadas sobre mi muslo izquierdo, frotándose contra mí, con la falda del vestido subiendo tentadoramente por su muslo. Todas las miradas parecían estar sobre nosotros, pero yo sabía que en realidad estaban sobre la ágil belleza de piel caramelo mientras giraba elegantemente contra mí. Me sentía un poco inconsciente mientras balanceaba mis caderas para seguir su movimiento, pero en poco tiempo nuestros cuerpos entrelazados encontraron un ritmo mientras la música de baile invadía mis sentidos. Sentí que me ponía duro mientras ella se apretaba contra mí. Sus dedos agarraban mis hombros mientras arqueaba la espalda y echaba la cabeza hacia atrás. Vi a su amiga Gemma abrazada a mi izquierda justo cuando Mica acercó su cabeza a la mía. Sonrió con picardía y mis manos se deslizaron alrededor de su trasero bien formado. Intenté razonar conmigo mismo; un conflicto interno causado por la excitación s****l que me invadía al tener a la hija de 19 años de mi antiguo colega pegada a mí. Mi lujuria, alimentada por el momento, la ocasión, el espíritu del día. Sus ojos misteriosos me devolvieron la mirada y de repente se separó de mí. Sonreí; una pequeña y atrevida provocación de pene es lo primero que pasó por mi mente mientras procesaba el rechazo. La mano de Mica me agarró y, antes de darme cuenta, se alejó de la pista. Mientras esquivábamos a los juerguistas, la observé formarse desde atrás. El ajustado vestido n***o acentuaba cada curva de su cuerpo; esas botas, malditas sean, le daban un aspecto estupendo a sus piernas. Mica me llevó a una cabina vacía en un rincón apartado. Sentado a su lado, la miré; una fina capa de sudor por el esfuerzo en la pista le cubría la cara mientras me dedicaba de nuevo esa sonrisa pícara. Se abanicó con la mano. —Qué calor. —Tú eres —quiso decir mi mente aturdida por la cocaína.
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