Deteniéndome justo al entrar por la puerta principal, sonrío mientras contemplo mi reino, mi dominio. —¿Esto es tuyo? —pregunta la menuda rubia del vestido plateado y los tacones altos a mi izquierda. Tiene los ojos muy abiertos y la boca entreabierta en silencio mientras asimila todo lo que ve. La había conocido esa misma mañana en la cafetería de dos calles. Pedí mi café americano de siempre y la observé sentada en la mesa de la esquina, tecleando con ahínco en su portátil. Completamente ajena a lo que la rodeaba, igual que a su propia belleza. Se llamaba Chloe y estudiaba psiquiatría en la universidad local. Estaba preocupada por terminar un trabajo que tenía que entregar ese día. Casi me sentí mal por interrumpir cuando me acerqué y recogí el bolígrafo plateado que vi, pero ella no;

