Capítulo 9: El invierno y las cosas que esperan

1152 Words
El invierno llegó a Vael con la puntualidad irritante de las cosas inevitables. Selene lo notó primero en el mercado — los vendedores envueltos en tantas capas que parecían bultos, los puestos de frutas reducidos a la mínima expresión de lo que lograba sobrevivir al frío, el aliento volviéndose una estela de niebla visible en el aire cortante de la mañana. Después, el invierno se instaló en su casa. La temperatura interior había bajado lo suficiente para que el simple acto de levantarse de la cama requiriera una conversación interna, una negociación de voluntades que, normalmente, Selene prefería evitar. Lo que no había notado —porque, aunque era capaz de desviar proyectiles y leer la economía como una experta, había aspectos de la vida cotidiana en los que era genuinamente torpe—, era cómo funcionaba el nuevo sistema de calefacción. Llevaba veinte minutos de pie frente a él. Era una caja de metal instalada en la pared con una serie de controles y una palanca que, aparentemente, decidía si ella moriría congelada o no. Había intentado la palanca. También giró los controles en cada posición posible. Había seguido el orden lógico de izquierda a derecha, y luego, por pura desesperación, de derecha a izquierda, por si la lógica de los ingenieros modernos era una broma de mal gusto. La casa seguía helada. Selene suspiró, un sonido que se perdió en la frialdad del ambiente, y se envolvió mejor en su abrigo. La solución a todo problema que no pudiera resolverse con un movimiento de muñeca era el té. Kaden llegó a las ocho y cuarto. Traía el té de Oran, envuelto para que no perdiera el calor, pero lo que encontró al abrir la puerta fue una escena que lo detuvo en el umbral: Selene, sentada a la mesa, cargada con tres capas de ropa, sosteniendo una taza humeante y con el ceño levemente fruncido de quien ha perdido una batalla menor y está procesando la magnitud de la derrota. —Hace frío aquí —dijo Kaden, cerrando la puerta con cuidado. —Sí. —¿No funciona la calefacción? Selene levantó la vista hacia la caja de metal con una mirada asesina. —Funciona —dijo, con una sequedad que le recordaba a Kaden lo mucho que ella odiaba admitir ignorancia—. El problema es que no sé cómo hacer que funcione para mí. Kaden se acercó, estudiando el aparato. La palanca estaba en una posición que desafiaba cualquier sentido común, y los controles estaban girados en ángulos que, desde un punto de vista técnico, no tenían ninguna utilidad. —¿Qué le hiciste? —preguntó, intentando contener una sonrisa que le quemaba la garganta. —Experimenté. —¿Con qué lógica? —Con la mía. Aparentemente, mi lógica y la lógica de este aparato son incompatibles. Kaden dejó el té de Oran sobre la mesa y se acercó a la pared. Sus manos, que normalmente dictaban órdenes para manadas enteras, se movieron con una precisión calmada. Evaluó los daños, ajustó la palanca y giró los controles al lugar correcto. Desde el interior de la pared, un sonido mecánico comenzó a vibrar; un pulso constante que pronto se transformó en una corriente de aire templado que empezó a devorar el frío de la estancia. —¿Cómo sobreviviste el invierno pasado? —preguntó él, sin apartar la vista de los diales. —Con capas. Té. Y mucha voluntad. —¿No tenías calefacción? —Tenía una chimenea. La chimenea tiene una lógica que entiendo perfectamente: madera, fuego, calor. Sin variables intermedias. —¿Y ahora? —El dueño instaló esto antes de que pudiera objetar. Dijo que era una mejora. —Lo es. —Para alguien que sabe usarla, sí. El calor empezó a envolverlos, gradual y consistente, un contraste absoluto con la irregularidad de una hoguera. Selene se quitó la capa externa con un movimiento automático. Se quedó quieta, sintiendo el flujo de aire contra su piel, y su expresión se suavizó. No era un cálculo, no era un análisis. Era sorpresa genuina, pero despojada de cualquier defensa. —Oh —dijo. Fue un sonido pequeño, casi un susurro. La voz de alguien que descubre algo que no sabía que le hacía falta. Kaden se sentó frente a ella, observándola. Ese "oh" quedó flotando en el aire, cargado de una intimidad que ninguno de los dos estaba listo para reconocer. —Puedo enseñarte a usarla —ofreció, porque era la única manera de justificar el impulso de querer hacer su vida más cómoda. —Sí. Gracias. El agradecimiento fue directo, despojado de esa armadura de ironía que ella siempre portaba. Kaden se quedó en silencio, sin saber qué hacer con esa transparencia. Bebió de su té y esperó. —Hay mercenarios —soltó Kaden, decidiendo que la verdad era el único camino—. Preguntando por la "sin manada" de Vael. Tres territorios distintos en los últimos diez días. Selene no parpadeó, pero la taza que sostenía se tensó entre sus dedos. —¿Preguntando por mí? —Sí. Y quiero saber si tienes idea de quiénes son. —Puedo tener una idea. —¿Una idea? —Tengo una idea general del tipo de personas que estarían interesadas en encontrarme. Gente que busca cosas que no deberían existir. Para estudiarlas. O para eliminarlas. Depende de lo que encuentren. El calor de la habitación, que antes parecía un refugio, se tornó denso. —¿Cuál de las dos opciones crees que es esta vez? —preguntó Kaden, inclinándose hacia adelante, buscando respuestas en los ojos de ella. Selene lo miró, y por primera vez, no hubo el filtro de la analista. Había algo más, una profundidad real, la mirada de alguien que está evaluando un riesgo personal. —No lo sé todavía. Eso es lo que me preocupa. La palabra "preocupa" resonó con una fuerza inusual. Kaden la archivó en su memoria como el dato más valioso que había recibido en años. —Voy a investigar —dijo él, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. —Y esta vez no voy a mandar a mis betas. Iré yo. Algo en el rostro de Selene —un alivio tan breve que pudo haber sido un truco de la luz— la traicionó. —Bien —dijo ella. Afuera, el viento golpeaba las ramas del árbol partido que vigilaba la entrada. Dentro, la calefacción zumbaba con una eficiencia silenciosa. Kaden miró la planta seca en la alféizar. —Sigue igual —comentó. —Está esperando el momento correcto —respondió Selene, siguiendo su mirada—. Las cosas que llevan mucho tiempo esperando no se apresuran por el frío. Kaden no respondió. Pero, a diferencia de otras veces, no miró a la planta. Miró a Selene, y en ese silencio compartido, hubo una comprensión tácita de que, en ese invierno, ninguno de los dos estaba realmente solo.
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