Capítulo 10: Lo que huele diferente

673 Words
Renn tenía una teoría, y en doce años sirviendo a Kaden Voss, sus teorías rara vez fallaban. La nueva no trataba de ataques fronterizos ni de traiciones internas; trataba de algo mucho más sutil y peligroso: la desintegración de la lógica de su Alpha. Kaden llegaba a las reuniones con un té tibio que no venía de los suministros de la manada. Respondía con la eficacia de un general en campaña, pero con la mirada de alguien que está resolviendo un problema que no aparece en ningún mapa. Y esa mañana, su pregunta sobre sistemas de calefacción había sido el clavo en el ataúd de la discreción de Kaden. —Hay un informe —dijo Renn, dejando un documento sobre el escritorio—. Mercenarios. Tres territorios distintos. Todos preguntan por la misma descripción. Kaden tomó el informe. Sus dedos se cerraron sobre el papel con una fuerza innecesaria. —Coincide con ella —confirmó Kaden. —Es una operación con recursos, Alpha. Mover mercenarios a través de fronteras de manadas requiere dinero y una estructura de mando centralizada. No son simples caza-recompensas. —Lo sé. —¿Ella sabe algo? —Lo suficiente para saber que la están buscando. No lo suficiente para que yo pueda actuar todavía. Renn se recostó, escaneando a Kaden con una mirada clínica. —Llevas once días yendo a su casa, Kaden. Once días cargando sus cebollas y arreglando sus tuberías. ¿Qué es lo que te detiene? La pregunta quedó suspendida en el aire, fría y real. Kaden miró el informe, pero su mente estaba en la cocina pequeña de Selene, donde el aire olía a hierbas y a algo mucho más antiguo que las leyes de la manada. —No me detiene nada —respondió Kaden, aunque sus palabras sonaron como una mentira que él mismo intentaba creer—. Estoy recopilando información. Renn no se movió. No cuestionó, no discutió. Simplemente sonrió con esa sabiduría de quien sabe que su Alpha está atrapado en un juego que ni siquiera él comprende. —Los mercenarios —dijo Kaden, cortando el silencio con una orden—. Quiero saber quién paga. Quiero saber qué buscan. Y, Renn... —¿Alpha? Kaden se detuvo en el marco de la puerta, sin mirar atrás. —Ella dijo que no sabe si vienen a estudiarla o a eliminarla. Hay cosas que le preocupan, Renn. Y me lo ha dicho a mí. Salió del despacho, dejando a Renn con el peso de esa revelación. Para un hombre como Kaden Voss, que alguien compartiera una preocupación no era información táctica; era un nivel de confianza que él no sabía cómo gestionar. Esa noche, en la pequeña casa del sur, el calor de la calefacción hacía que las paredes se sintieran más acogedoras, pero el ambiente estaba cargado. Selene estaba sola. La planta marrón en el alféizar seguía en su letargo, una presencia inmutable en su vida. —Se está complicando —murmuró, observando cómo la luz de la luna plateaba las hojas secas de la planta. Hizo una pausa, sus ojos brillando con una intensidad que no pertenecía a este siglo. —Y no hablo solo de los mercenarios —añadió, con una nota de algo que, en otro ser humano, habría sido fatiga—. Hablo de lo que pasa cuando dejas que alguien con memoria perfecta empiece a hacerse las preguntas correctas. Se llevó la taza a los labios. El té ya no era un ritual; era un ancla que la mantenía atada al presente, a este mundo de lobos, Alphas y mercenarios que ella encontraba tan irritantemente volátiles. —No me mires así —dijo, dirigiendo una mirada severa a la planta, como si esta pudiera juzgar su creciente indecisión—. El equilibrio es frágil. Y él es una variable que no calculé. Fuera, el viento de invierno aullaba, pero no había lobos. Solo el frío, la oscuridad y la creciente sensación de que, por primera vez en doscientos años, Selene no estaba sola en el juego.
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