A doscientas leguas de Vael, en un mapa donde la geografía parecía haber olvidado cómo dibujarse, un hombre cuya edad era un misterio incluso para sí mismo desayunaba en silencio. Lo llamaban el Custodio. Un título heredado de sombras y registros que el mundo moderno había etiquetado como "ficción" o, peor aún, como "olvido".
Edric leía. Siempre lo hacía. Pero el registro esta mañana se sintió más pesado de lo habitual.
La puerta no crujió; simplemente se abrió. El mensajero entró sin esperar permiso. Entre los Custodios, nadie pide audiencia cuando el destino llama.
—La encontraron —dijo el mensajero. Su voz era un hilo de tensión—. Está en Vael.
El té en la taza de Edric perdió su calor instantáneamente, como si la realidad misma hubiera retrocedido ante el peso de la noticia.
—¿Cuánto tiempo?—Dijo.
—Meses. Quizás más.
—¿La han reconocido?
—Los que la han visto... han sentido algo. Un peso en la nuca. Un zumbido en los huesos. Pero nadie puede nombrarlo. Para ellos, es solo una anomalía sin manada.
Edric exhaló. Eso era perfecto. El mundo de los lobos actuales era arrogante, ciego por sus jerarquías y sus marcas de sangre. No sabían que lo que llamaban "sistema de clasificación" no era más que un castillo de naipes construido sobre el olvido de lo que Selene representaba.
—¿Hay alguien cerca? —preguntó Edric.
—Kaden Voss. El Alpha de la manada Voss. Gobierna el territorio donde ella se oculta.
El nombre resonó en la habitación como una campana de bronce. Kaden Voss: un lobo con una memoria perfecta, un instinto depredador que no conocía la palabra derrota y una obsesión natural por el control absoluto.
—¿Ya la notó? —la pregunta de Edric fue un susurro cargado de veneno.
—Hubo un incidente ayer en el mercado. Un intento de asesinato contra el Alpha. El proyectil se desvió. Voss estaba a menos de dos metros.
Edric abrió los ojos. Eran ojos que habían visto imperios caer y manadas extinguirse.
—¿Ella intervino?
—Fue un aplauso —respondió el mensajero—. Un sonido seco. Casual. El proyectil simplemente... cambió de opinión.
El Custodio se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a un territorio sin nombre. El equilibrio del mundo se estaba inclinando, y Selene era el dedo que empujaba la balanza.
—Ella no hace nada por accidente. Cada movimiento es una ecuación resuelta con siglos de antelación. Salvar a Kaden Voss no fue un acto de bondad. Fue una necesidad estratégica.
—¿Qué debemos hacer con el Alpha?
Edric miró el registro sobre la mesa. La primera página, escrita en un idioma que ya no tenía hablantes, que hablaba de una verdad que precedía a los lobos, a los Alphas y a la propia idea de poder.
—Nada —dijo Edric—. Voss no sabe lo que tiene en su territorio. Y no tiene ni idea de que acaba de invitar al caos a sentarse a su mesa.
El anciano regresó a su silla y acarició las páginas del libro. La última palabra de la primera página seguía allí, inmutable, recordándole por qué existían: Equilibrio.
—Doscientos años —murmuró para sí mismo, mientras el sol de la mañana bañaba sus manos arrugadas—. El mundo ha olvidado el miedo, y ella ha vuelto para recordárselo.
El mensajero esperó, pero Edric ya estaba perdido en la lectura. La pregunta no era si ella estaba ahí, sino cuánto tardaría Kaden Voss en entender que no estaba persiguiendo a una chica, sino a una fuerza de la naturaleza.
—Prepáralo todo —ordenó Edric sin mirarlo—. Los Custodios se reunirán en diez días. Y dile a quien esté observándola en Vael: que no se acerque. Si ella quiere que la veamos, nos llamará. Y si no... Voss será el menor de nuestros problemas.