Capítulo 5 : Propuesta inaceptable

766 Words
Kaden apareció a las ocho, tal como se había "delegado". Traía el té de Oran, y Selene notó de inmediato que había traído el doble de la cantidad necesaria. Lo archivó en su mente junto con el resto de las anomalías que Kaden Voss representaba. —Siéntate —dijo ella, señalando la silla vacía. Kaden se sentó con la naturalidad de un rey que ocupa su trono, aunque estuviera en la cocina más pequeña y humilde del continente. El contraste era casi absurdo: él, el depredador supremo de Vael, y ella, la chica sin marca, sirviéndole una infusión que él apenas empezaba a entender. —Tengo una propuesta —lanzó Kaden, sin rodeos. El Alpha en él no sabía cómo ser sutil. —Lo sé —respondió ella, sin levantar la vista de su libro. Kaden arqueó una ceja. —¿Cómo? —Compras té extra cuando vienes a negociar. Tu lenguaje corporal es más predecible de lo que crees, Alpha. Kaden ignoró la observación. Aunque le molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Protección formal de la manada Voss. Afiliación nominal. Acceso a recursos, garantía de seguridad, inmunidad diplomática ante cualquier manada rival. A cambio, solo necesito que estés registrada bajo mi mando mientras descubrimos quién intentó matarme. El silencio duró tres segundos, el tiempo justo para una cortesía. —No. El Alpha de Vael parpadeó. —Ni siquiera has oído los términos completos. —Los términos no cambian el problema de fondo —ella dejó la taza sobre la mesa con una precisión quirúrgica—. Si acepto tu protección, dejo de ser un error y me convierto en un activo. Sería clasificada, etiquetada y puesta en un casillero de tu jerarquía. Ahora mismo soy invisible. Tu oferta es, esencialmente, una invitación a que todos los enemigos que tienes pongan su mira sobre mí. Kaden se tensó. —Ya eres visible. —Visible para ti. —Selene lo miró directamente a los ojos—. Tu propuesta me haría visible para el resto del continente. Es una mala inversión, Kaden. —No es una sugerencia —dijo Kaden, y su voz bajó una octava, perdiendo la diplomacia. Sus ojos ámbar brillaron con una autoridad que solía hacer arrodillarse a hombres más fuertes—. La protección se establece mañana. Selene dejó de leer. Su expresión no cambió, pero la atmósfera en la pequeña cocina se volvió densa, cargada de una estática que hacía que el aire fuera difícil de respirar. —Kaden —dijo ella, con una calma que resultaba aterradora—, ¿cuántas cosas en tu vida han pasado solo porque decidiste que debían pasar? —La mayoría. —¿Y cuántas de ellas involucraban a alguien que te dijo que no quería que pasaran? Él no respondió, pero su silencio fue una confesión. —Entonces —continuó ella, volviendo a su libro como si el Alpha más peligroso del continente fuera una distracción trivial—, vamos a descubrir si eso sigue siendo cierto. Kaden se puso en pie, la frustración recorriéndole los músculos. —Mañana vendrán dos de mis mejores betas a asegurar el perímetro de esta casa. Selene ni siquiera se inmutó. —No. Si los mandas, seré muy amable con ellos. Los invitaré a pasar, les serviré té y, mañana por la mañana, despertarán en el límite norte del territorio sin recordar las últimas ocho horas, con una caja de galletas en la mano y una confusión existencial bastante profunda. Kaden la miró, tratando de encontrar el rastro de una broma en su rostro. No lo había. —¿Eso fue una amenaza? —Fue una predicción —aclaró ella—. Las amenazas tienen intención de daño. Yo solo estoy describiendo la realidad que tú estás ignorando. Kaden se dirigió a la puerta. Tenía la mano en el pomo cuando una curiosidad absurda lo detuvo. —¿Cómo está la planta? Selene ni siquiera se giró a mirarla. —Esperando —repitió—. Igual que ayer. Kaden salió a la calle. Caminó de regreso a su cuartel con el ceño fruncido, sintiendo por primera vez en su vida la derrota de una negociación. No había firmado nada, no había conseguido nada, y sin embargo, ya estaba planeando cómo volver mañana. Lo que no sabía era que, en su cocina, Selene observaba su espalda alejarse con una mirada que no era ni curiosidad ni deseo. Era una mirada de cálculo puro. —Él cree que el invierno es el final —susurró para sí misma—, cuando en realidad es solo el comienzo.
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