Kaden regresó a la mañana siguiente.
No lo hizo por razones lógicas, aunque su mente de estratega insistiera en fingir que sí. El intento de asesinato, la trayectoria desviada, la desaparición imposible... eran excusas excelentes. Pero la verdad, esa que intentaba reconocer al menos una vez al día, era que había estado contando las horas para que fuera una hora socialmente aceptable para tocar a su puerta.
Llamó a las ocho en punto. Puntualidad de Alpha. Puntualidad de quien quiere tener el control.
—Está abierto —llegó la voz desde el otro lado, tan predecible como el amanecer.
Kaden empujó la puerta.
Selene estaba en la cocina, envuelta en una luz matutina que la hacía parecer casi etérea. Había una tetera humeando y ella estaba sumergida en un libro, con una expresión de indiferencia tan absoluta que resultaba, objetivamente, un insulto a la jerarquía de Vael.
—Sabía que vendrías a las ocho —dijo, sin regalarle ni una mirada.
—¿Cómo?
—Llegas tarde cuando quieres parecer casual. Llegas temprano cuando quieres demostrar que mandas. —Pasó una página con un roce elegante—. Las ocho es la hora de alguien que quiere control pero intenta desesperadamente parecer razonable.
Kaden se quedó congelado un segundo. Ella acababa de desmantelar su psicología interna en dos frases.
—Eres muy observadora para ser alguien que afirma que nada le importa.
—Nunca dije que no prestaba atención. —Por fin, levantó la vista. Sus ojos eran profundos, inteligentes y peligrosamente tranquilos—. Dije que no me importaba. Son conceptos muy distintos, Alpha.
La tetera soltó un silbido agudo. Selene se levantó y, con una eficiencia coreografiada, sirvió dos tazas. Puso una frente al sitio vacío en la mesa, una invitación silenciosa que Kaden no pudo rechazar. Se sentó, porque quedarse de pie lo hacía sentir como un guardia de su propia prisionera.
El té olía a algo prohibido. Hierbas, sí, pero con una nota de fondo que recordaba a la tierra mojada después de un incendio forestal. Antiguo. Primordial.
—Pensé que no tenías té —dijo él, mirando el líquido oscuro.
—No tenía ayer.
—Compré a las seis de la mañana. Los mejores puestos no esperan a los que se levantan tarde para planear conquistas.
Kaden bebió un sorbo. El sabor explotó en su paladar, cálido y extrañamente reconfortante. Era el mejor té que había probado en veintiocho años, y eso lo irritó profundamente.
—Vine a hacerte preguntas —sentenció él, tratando de recuperar el mando de la conversación.
—Adelante. Me encantan las preguntas. Son como acertijos que la gente se hace a sí misma en voz alta.
—¿Cuánto tiempo llevas en Vael? ¿De dónde vienes? —disparó él—. No tienes marca, no tienes rastro de linaje. Eres una hoja en blanco en un mundo donde todos estamos tatuados por la historia.
—Vengo de lejos. Y llevo aquí el tiempo suficiente para saber que la familia es algo que uno elige reconocer... o enterrar.
Kaden archivó ese dato. La pausa que ella hizo antes de responder fue el primer rastro de una grieta en su armadura de indiferencia. Una herida antigua, quizás.
—Hablemos del proyectil —insistió Kaden—. Dijiste que fue un mosquito. Yo digo que fue una intervención que requiere un poder que no debería existir en una "chica sin manada".
Selene dejó su taza y se inclinó hacia él. El espacio entre ellos se cargó de una estática casi física.
—Supongamos, hipotéticamente —susurró ella—, que alguien notó que ibas a morir y decidió que sería un inconveniente para su desayuno. ¿Eso resolvería tu duda?
—No. Solo generaría diez preguntas más.
—Bien. —Ella volvió a su libro con una sonrisa que no llegó a sus labios, pero sí a sus ojos—. Significa que por fin estás prestando atención a lo importante.
Kaden se sintió desarmado. Miró alrededor, buscando algo que tuviera sentido, y sus ojos cayeron en la ventana.
—¿Por qué tienes una planta muerta ahí? Está... marrón. ¿Acaso la riegas?
—¿Quién dice que está muerta? —Selene ni siquiera levantó la vista—. Está esperando. Hay cosas que necesitan parecer muertas para sobrevivir al invierno, Alpha.
Kaden bebió el resto de su té en silencio. Esa frase se le quedó grabada como una marca de fuego. Cosas que necesitan parecer muertas para sobrevivir.
Se levantó para irse, pero antes de cruzar el umbral, su voz lo detuvo.
—Kaden.
Se congeló. Nadie usaba su nombre así. Sin títulos, sin el peso del miedo. Sonaba limpio. Casi íntimo.
—El té de mañana lo traes tú —ordenó ella, sin rastro de duda—. Ve al puesto de Oran, en el sector norte. Dile que es para mí. Te dará el correcto.
Kaden procesó la orden. El Alpha más poderoso del continente acababa de recibir una asignación de logística para el desayuno.
—¿Me estás mandando a hacer tus compras?
—Estoy delegando. Es más eficiente.
Kaden salió de la casa, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Pero mientras caminaba hacia su cuartel, escuchó detrás de él una risa pequeña, cristalina y real.
No se dio la vuelta. Pero por primera vez en doce años, el Alpha de Vael tenía una misión que no involucraba sangre, sino hojas de té.