No sabía en qué momento el sueño me había vencido, pero desperté con una sensación amarga en la garganta. El dolor seguía allí, agudo, quemando como brasas encendidas. Al abrir los ojos, la claridad tenue de la habitación me hirió por un segundo. Las paredes blancas, el pitido del monitor al lado de mi cama, la molesta aguja del suero que colgaba de mi brazo… Todo era una prisión suave y aséptica. Pero nada de eso me importaba. Nada tenía sentido sin él. Mi hermano estaba muerto. Mi respiración se aceleró. Busqué con la mirada desesperada, casi salvaje, y lo vi. Marcos. Sentado en la butaca junto a la ventana, con una carpeta de documentos en las manos y el ceño fruncido. Se veía agotado, demacrado, como si no hubiera dormido en días. Pero su mirada seguía igual de firme, igual de dominan

