capitulo 1
Siempre creí que mi destino sería claro y fuerte. En mis sueños de niño me veía como un gran alfa, respetado, con una presencia imponente. A veces imaginaba que sería beta, alguien estable, alguien normal. Y aun si el destino me marcaba como omega, estaba seguro de algo: mi familia me apoyaría. Porque eso hacen las familias, ¿no? Aman sin condiciones.
La realidad fue cruel al demostrarme lo equivocado que estaba.
El día que se confirmó que yo era omega, el aire en casa cambió. Mi madre dejó de mirarme a los ojos. Mi padre comenzó a beber más. Las discusiones eran constantes y siempre terminaban en lo mismo: yo. Decían que un omega no servía para nada, que solo traía vergüenza, que era una carga imposible de ocultar.
Al principio fueron palabras. Después, los golpes.
Cada vez que intentaba defenderme o lloraba, me decían que callara, que un omega no tenía derecho a quejarse. La violencia creció tanto que la casa se volvió un campo de batalla. Mis padres terminaron separándose, gritándose que todo era culpa del otro… pero cuando me miraban, el odio era compartido.
Me quedé con mi madre.
Pensé que quizá, lejos de mi padre, ella sería distinta. Me equivoqué otra vez.
Mi madre me obligó a trabajar desde muy joven. No importaba el lugar ni las condiciones. Si no llevaba dinero a casa, me golpeaba. Si llegaba tarde, me golpeaba. Si el dinero era poco, también. Aprendí a contar las monedas con miedo, a calcular cuánto dolor valía cada billete.
Ser omega hacía todo peor.
La gente no confía en los omegas. Nos consideran débiles, provocadores, problemas ambulantes. Apenas hay trabajos para nosotros y, cuando los hay, pagan una miseria. Aun así, yo aceptaba todo. No podía darme el lujo de elegir.
Aquella noche había cobrado poco. Demasiado poco. Pero aun así lo apreté con fuerza en el bolsillo, como si así pudiera hacerlo suficiente. El cielo estaba oscuro y las calles casi vacías. Caminaba rápido, casi corriendo. Sabía que mi madre estaría esperando. Sabía que, si no llegaba pronto, me castigaría.
No llegué.
Sentí una mano aferrarse a mi brazo con violencia. Antes de poder reaccionar, alguien me jaló hacia la pared. Mi corazón se desbocó. Intenté resistirme, grité, pero nadie escuchó. Era un alfa. Su aroma me lo confirmó antes que cualquier otra cosa. Estaba en celo.
Mi cuerpo tembló de miedo. Lloré, pidiendo que parara grite al sentir su pene en mi entrada sin mas remedio comenzo a penetrarme la sangre comenzo a escurrir por mi entrada supliqué, pero me golpeo 3 veces fuerte cállate imbécil omega seguramente tendría moretones,solo tenia que ahogar mi voz pero no podía el dolor era insoportable . Todo pasó como una pesadilla interminable. Mi mente se desconectó para no romperse del todo. Solo pensé en una cosa: que terminara.
Cuando todo acabó, él se apartó como si yo no fuera nada. Se acomodó la ropa, limpio, intacto.
—Vístete —ordenó con una voz firme, llena de mando.
Obedecí. Me dolía cada parte del cuerpo el semen comenzaba a salir por mi trasero junto con la sangre. Apenas podía mantenerme en pie.
Luego me tomó del brazo y comenzó a caminar conmigo
.
—¿A dónde…? —susurré, aterrorizado.
No respondió.
Mi cuerpo se estremeció cuando reconocí el camino.
Sabía dónde vivía.
Al llegar a casa, el miedo se convirtió en algo aún peor. Al entrar, vi a mi padre allí, de pie, serio. Mi madre estaba sentada, tranquila, como si hubiera estado esperando.
—Siéntate —dijo ella.
Mis piernas temblaban, pero obedecí. Me senté frente a ellos, con la cabeza baja, tratando desesperadamente de no llorar.
—Esteban —comenzó mi padre—, hicimos mucho por ti. Te dimos un techo, comida. Ya es hora de que nos devuelvas algo.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Te conseguimos un buen alfa —continuó—. Con él saldrás de esta pobreza.
El alfa dio un paso al frente. Lo reconocí. Mi estómago se revolvió.
—Yo no quiero… —intenté decir, con la voz rota.
—¡Cállate! —gritó mi madre—. Ya estoy harta de mantenerte. Obedeces y punto.
Me levanté de la silla y me acerqué a ella, cayendo de rodillas. Le rogué. Le dije que por favor no lo hiciera, que yo trabajaría más, que haría lo que fuera. Ella me respondió con una bofetada que resonó en la habitación.
—No sirves para nada —escupió—. Al menos así tendrás utilidad.
No pude decir nada más.
El alfa me observaba con una sonrisa satisfecha.
Mis padres intercambiaron unas palabras, hablaron de dinero, de acuerdos. De mi futuro. Como si yo no estuviera allí.
Me vendieron.
En ese instante algo dentro de mí se quebró para siempre. Comprendí que nunca tuve una familia. Que nunca fui amado. Que mi vida no me pertenecía.
Mientras el alfa me tomaba del brazo para llevarme, miré una última vez a mis padres. Ninguno de los dos me devolvió la mirada.
Esa noche entendí que el verdadero infierno apenas comienza