Capítulo seis. El baile

2169 Words
El comportamiento de Javier no es normal y siento el enojo manar de él, sinceramente no soy capaz de comprenderlo y siento que todos esos años de amistad no fueron suficiente para conocerlo. —¿Estás interesada en él? —pregunta como si tuviese derecho a hacerlo —Si lo estoy o no, no es asunto tuyo, Javier —respondo sin vacilar, tomando las riendas de Tornado y pasando de él. Sé que Javier me mira con cara de pocos amigos, puedo sentir su mirada clavada en mi espalda y por alguna razón saberlo me provoca un escalofrío que enfría mi cuerpo de manera violenta. Niego un par de veces, muevo mi cabeza para despejar mi mente y luego hablo con Tornado, como siempre antes de una carrera, cuando los nervios se manifiestan a flor de piel. Pues nada es seguro en una competencia, podemos ser los mejores, cómo también podemos no tener éxito alguno. La voz en el altoparlante se escucha de nuevo, esta vez para solicitar a cada binomio a competir se coloque en sus respectivos lugares. La carrera da inicio y con ello se escucha la algarabía de la gente, ante la exhibición de los mejores sementales y yeguas de la región junto a sus jinetes. Hombres y mujeres apoyando desde sus asientos a su binomio favorito, esperando salir ganando en las mesas de apuestas. Los cascos de los caballos suenan sobre la tierra, Tornado hace su mejor esfuerzo, aun así, lo siento nervioso bajo mis piernas, por lo que trato de relajarme, pues el problema no es él, si no soy yo, por lo que me centro en la carrera y me dejo llevar por la euforia del momento. Dejo que la adrenalina se apodere de mi cuerpo, mientras cabalgo sobre Tornado, quien pronto, saca una gran ventaja sobre los otros sementales y solo Pegaso es capaz de seguirle el ritmo, mi corazón late con fuerza cuando estamos a pocos metros de la línea de meta. La espuela de mi bota golpea el costado de Tornado para apresurar el paso y él responde tal como lo espero, sin embargo, Javier no da tregua y sigue muy pegado a mí, mientras a Pegaso parece haberle crecido alas. Mi corazón se acelera con emoción y un escalofrío corre por mi columna vertebral. Es la emoción y la euforia abriéndose paso por mi cuerpo, mientras los gritos de la gente van en aumento y ambos sementales cruzan la meta… Aparto mi bota del costado de Tornado y halo las riendas con calma para bajar la velocidad con la que corría, damos un corto paseo antes de volver para saber los resultados. Hay un empate y tanto Tornado como Pegaso se han llevado el primer lugar. —Bien hecho, Ximena —dice Javier acercándose a mí. —Lo mismo para ti —digo, teniendo una terrible sospecha. —¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —pregunta. —No es nada, has hecho un buen trabajo, felicidades. —Ximena… —Tengo que irme, quedé de reunirme con mis padres y el resto de mi familia —digo interrumpiendo lo que él iba a decirme. —Te acompañaré, me gustaría saludar a tus padres y abuelo —dice y al no tener escapatoria, termino accediendo a su petición. Cabalgamos juntos hacia las cuadras para dejar a nuestros sementales y podamos movernos por el pueblo, mientras los organizadores arreglan la entrega de premios. —Pensé que sería tu pareja para el baile esta noche —dice. —¿No viene Marina contigo? —pregunto sin verlo, mientras me hago a un lado para evitar chocar con la gente. —Es una chica de ciudad, no disfruta particularmente de estos eventos —responde sin más. —Lo siento por ti —digo con simpleza. —No puedo creer que estemos en esta situación, Ximena, ¿no podemos seguir siendo amigos? —pregunta y me detengo en seco. —¿Es que lo fuimos alguna vez, Javier? —pregunto con tono herido. —Cometí un error al no hablarte de Marina. —Un terrible error —le refuto, retomando mi camino. —Ven conmigo esta noche, tal como lo teníamos pensado —pide. Estoy tentada a detenerme, pero no le veo el caso, por lo que avanzo y él lo hace conmigo. —Acepte ir con Fernando —digo y ahora es él quien se detiene. —¡Ni siquiera lo conoces, Ximena! —grita— No sabes ni quien es ni las intenciones que puede tener contigo —añade y se nota frustrado. Quizá solo sean ideas mías, pero él parece… ¿Celoso? Casi me rio de mí misma, es imposible que Javier pueda sentir ese tipo de emociones y yo sea la responsable. —Es solo un baile, Javier. —Un baile que me habías prometido —replica. «Un baile por el cual había esperado 365 días para poder acudir a tu lado», pensé con tristeza. —Será mejor que saludes a mis padres en otra ocasión, Javier —digo y me aparto de su lado para buscar a mi familia. No demoro en la búsqueda, pues nuestra familia es una de las más grandes de la región y donde hay risas escandalosas y relajos, allí están ellos. —¡No puedo creer que Pegaso empatara con Tornado! —grita Daniel, apenas me ve llegar. —No podías esperar menos de un semental nacido y criado en Miramar —interviene mi abuelo y el orgullo en su voz casi me hace llorar. —Es un hermoso ejemplar —digo, sentándome al lado de mi abuela. —Felicidades, cariño —me susurra y le sonrío. —Es un triunfo para todos, abuela, lo traemos en la sangre —respondo y ella golpea mi brazo. —Estoy tan orgullosa de ti —dice y mi corazón se hace pequeño. Pronto toda la familia se une a la felicitación y aunque fue un empate, a la familia le supo a triunfo, debido al origen de Pegaso. Luego del almuerzo damos un paseo por los distintos puestos instalados en el pueblo. Mi abuela se detiene frente a un tiro al blanco, pide el rifle y antes de que el chico le dé instrucciones de cómo debe utilizarlo, Laura Altamirano ya había pegado la estrella y el sonido de la música se escucha, mientras pequeñas marionetas bailan. —Puede escoger el premio que desee —indica el muchacho. La abuela nos mira a todos y termina pidiendo el rifle doce veces más y sin errar ningún tiro. Pronto sus trece nietos tenemos un pequeño peluche entre nuestras manos, por lo que agradecemos y continuamos un rato más, antes de volver a las cuadras por los caballos y regresar a la Hacienda, pues el baile social daría inicio sobre las siete de la noche. Para mi fortuna, Ignacio se hizo cargo de Fernando y se lo llevó con él a la hacienda Montemayor. —Entonces, ¿Vendrás con Fernando? —pregunta Gabriela una vez que estamos en la privacidad de mi habitación. —No es que me dejara muchas opciones, ¿de dónde carajo lo has sacado? —pregunto mientras busco el vestido que usaré para el baile. Ella sonríe, como si el tema de Fernando fuera diversión, frunzo el ceño y la miro con seriedad. —Tranquila, hermanita, Fernando solo está fascinado por todos tus logros, no te hará nada —dice y ríe de nuevo. —Dios, no sé si deba creerte, ¡eres una loca de remate! —digo antes de dirigirme al cuarto de baño. —¡Así me amas! —la escucho gritar antes de cerrar la puerta. Cuando salgo de la ducha, Gabriela brilla por su ausencia, lo que aprovecho para vestirme sin que ella se meta con mi ropa. Me decanto por un vestido de color blanco, holgado y hasta las rodillas y un par de botas vaqueras en tono café caramelo. Recojo mi cabello en una cola de caballo y salgo para reunirme con mis hermanos en la sala. —¡Estoy lista! —grito entrando como un huracán. —Estamos esperándote como agua de mayo —se burla Daniel. —¿Nos vamos? —pregunto para no responder la puya que me lanza. —Enseguida saldremos, Aitana viene con nosotros —dice. Miro a mi hermano con sospecha, es raro que invite a Aitana, pero quién soy yo para meterme donde no me llaman, ¿verdad? Ya iré enterándome luego de lo que ese par se trae entre manos. —Estoy lista. Como mandada a llamar, Aitana hace su aparición y se ve divina, su falda vaquera le da un toque divino a su vestuario. —Todos juiciosos —dice mi padre, apareciendo en la sala con mi madre a su lado. Parecen pegados con chicle. —Recuerden, nadie tiene permiso para dormir fuera de casa, los quiero aquí antes de la una de la mañana. Asentimos porque de lo contrario no saldríamos de casa esa noche. —Vayan con cuidado y no hagan cosas buenas que aparezcan malas y si son malas, no cuenten conmigo, no sacaré a nadie de prisión —dice como advertencia. —Sabemos lo que podemos y no hacer, mamá —responde Daniel antes de salir de la sala con Aitana pegada a sus talones. El trayecto al pueblo es más fácil que por la mañana, Daniel estaciona el auto muy cerca del salón municipal donde se lleva a cabo el baile. —Pensé que no vendrías. Doy un pequeño brinco al escuchar a Fernando, me había olvidado de él por un momento. —No podemos faltar, querido, ¿Vienen solos? —pregunta Gabriela uniéndose a ellos. —Sí, Camilo tiene que viajar a la ciudad y Mía no estaba de ánimos para venir —responde Ignacio ante la pregunta de Gabriela. —Esperemos que los demás si puedan venir —dice Daniel, empujando la cintura de Aitana para avanzar en la fila. Cuando finalmente podemos entrar, Julián nos hace una seña desde la mesa que vamos a ocupar, él ya está acompañado de Laurita, Santiago y Sebastián. El baile inicia tan pronto como el señor alcalde declara inaugurada la fiesta patronal y en las afueras del salón se escuchan los juegos artificiales junto a las primeras notas de la Marimba. Pronto el lugar se llena y tanto jóvenes como adultos abarrotan la pista de baile y Fernando aprovecha para invitarme a bailar, extendiendo su mano en mi dirección. Mis dudas duran breves segundos y antes de lo que pueda imaginar, estamos bailando en medio del gentío. Fernando es un excelente bailarín, por lo que me dejo guiar, chocando de vez en cuando con otras parejas o incluso con alguno de mis primos. No tengo idea de cuánto tiempo duramos en la pista de baile, pero el calor se vuelve intenso. —¿Quieres descansar? —pregunta Fernando junto a mi oído. Asiento, pues si respondo dudo mucho que pueda escucharme. Él toma mi mano y volvemos a la mesa donde dejamos nuestras bebidas. —Nunca imaginé lo divertido que era asistir a este tipo de fiestas. La ciudad está llena de música, antros por aquí y por allá, una cosa loca —dice y me muerdo los labios para no reírme. Así que tomo mi copa y bebo su contenido de un solo golpe para disimular mi sonrisa. Mis ojos sin querer buscan a Javier, me había olvidado momentáneamente de él, pero ahora que tengo tiempo de pensar, él acude a mi memoria. —¿Buscas a alguien? —pregunta Fernando y asumo de inmediato que no soy nada discreta. —A nadie en especial —respondo, levantándome de mi asiento. —Ahora vuelvo, iré a los servicios. Fernando se pone de pie. —¿Quieres que te acompañe? —pregunta y niego de inmediato. —No voy a perderme, tranquilo —le digo, guiñándole un ojo. Él se acerca y deja un beso sobre mi frente, sorprendiéndome y haciendo que mis mejillas se tornen de un rojo carmesí. —Ahora vuelvo —susurro y salgo huyendo de allí. Mientras me alejo, siento un ligero mareo, por lo que me apresuro a entrar a los servicios. Me lavo las manos y humedezco la parte de atrás de mi cuello para tratar de espabilarme, me siento extraña, como si un fuego naciera desde lo más profundo de mi ser. Es una sensación apabullante. Los ruidos del exterior llaman mi atención, se escuchan golpes y palabras que no puedo comprender, por lo que abro la puerta creyendo que se trataba de Fernando, para mi sorpresa termino encontrándome con Humberto, tirado en el piso y con el labio y la nariz sangrante y a Javier con el rostro descompuesto por el enojo. —¿Qué es lo que haces? —Salgamos de aquí —dice, tomando mi mano y sin responder a mi pregunta, me arrastra con él al tiempo que mi cuerpo es sacudido por un escalofrío y una ráfaga de deseo.
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