El sol de la mañana se cuela por mi ventana junto al canto de los pájaros que anuncian un nuevo amanecer. El canto del gallo, los ladridos del perro y el relincho de los caballos hacen que salga de mi cama con más ganas de volver a meterme en ella.
Mi noche había sido terrible, la sensación en mi pecho me abrumó tanto, que terminé cerrando los ojos en la hora gris.
—Vamos Ximena, hoy no es un día cualquiera.
Me doy ánimos para salir de la cama, mientras arrastro las cobijas.
—Una ducha fría debe servir —murmuro con los ojos a medio abrir, lo que me hace chocar contra la pared.
Un gemido escapa de mis labios al sentir el dolor atravesar mi cabeza, maldigo al más estilo Altamirano antes de terminar bajo la cascada de lluvia artificial.
Una hora más tarde bajo a las caballerizas, mientras los mozos se encargan de acomodar a Princesa, la yegua de Daniel.
—Me haré cargo de Tornado —digo tan pronto como veo a uno de los mozos ir a su cuadra.
—Sí, señorita —responde y se marcha.
Respiro un par de veces, debo estar tranquila. Por regla de oro, ni siquiera debería subir al lomo de Tornado en esas circunstancias. Como bien lo dicen mis padres, cuando el binomio compite, deben ser uno solo y con mi estado actual, solo dañaré a Tornado.
Su relincho me saca de mis cavilaciones, mientras su hocico golpea mi mejilla.
—¿Quieres correr? —le pregunto y no, no estoy loca. La conexión entre Tornado y yo es única y especial.
Tornado empuja de nuevo mi mejilla.
—Podemos no ganar hoy, ¿lo sabes? —pregunto de nuevo, mientras él sigue acariciando mi cabeza, como si quisiera consolarme.
La idea me abruma nuevamente.
—Pensarás que estoy loca —murmuro, mientras abro la cuadra y tomo las riendas para sacarlo. El transporte está listo. Cada caballo llevará su propia jaula para evitar que se lastimen entre ellos, siendo Princesa una yegua no podemos arriesgarnos.
—¿Estás lista?
Giro sobre mis talones al escuchar la voz de Gabriela.
—Lo estoy, creí que te habías marchado con nuestros padres —digo.
—Me quedé dormida, ¿puedo ir contigo? —pregunta poniendo ojitos de cachorro a medio morir.
—No.
—¡Ximena! —grita al escuchar mi respuesta, su rostro es de indignación y el puchero de sus labios le hace ver infantil.
—No tengo la culpa de que no me dejes terminar de hablar, Gaby —digo con una sonrisa en los labios.
—¿Es mi culpa?
—Claro que sí, no tengo ningún inconveniente en llevarte. Es más, deberíamos darnos prisa, falta poco tiempo para que inicie el desfile hípico, luego vienen las carreras a caballo.
—Te ves muy emocionada, Ximena, ¿alguien a quien deseas impresionar? —pregunta y me veo tentada a enviarla sola. Me abstengo de hacerlo, pues Gabriela no tiene idea alguna de lo que siento por Javier.
El trayecto al pueblo es ajetreado, hay camionetas por montón y todos transportan jaulas con sus ejemplares de exhibición y los de carrera.
Mi familia, más bien mis abuelos decidieron enviar dos ejemplares de r**a pura y Álvaro era el encargado de cuidarlos.
—Ese de allí, ¿no es Álvaro? —pregunta.
—Lo es, ¿quieres saludarlo? —pregunto.
—¿¡Estás loca!? Ese hombre y yo no pegamos ni con chicle, no sé cómo es que el abuelo lo soporta. Es un tipo sin clase y con un carácter de mierda. ¿Por qué querría yo saludarlo? —pregunta con enojo, mientras se cruza de brazos y aparta la mirada de Álvaro.
Me queda claro que Gabriela y Álvaro tienen sus problemas, aunque no sé exactamente por qué. Mi hermana visita poco la hacienda y cuando lo hace, siempre duerme en casa de mis abuelos… Dejo de pensar cuando avanzamos en la fila, para poder ingresar al pueblo y buscar un lugar vacío para dejar la camioneta.
—Ven, Gabriela, te llevaré a donde nuestros padres antes de que todo de inicio —le digo.
Ella no escucha dos veces, baja del auto y vamos en busca de mis padres, pero antes de que podamos encontrarlos, Ignacio se une a nosotras, pero no viene solo.
—Pensé que no llegabas —dice Gabriela con prontitud.
—No podía rechazar una invitación si viene de ti.
Lo miro con discreción, es bastante guapo como muchos chicos de ciudad. Su cabello caramelo hacen contraste con su tono de piel cremosa. No era blanco, ni moreno, lo cual lo hacía casi perfecto.
—¿Nadie me va a presentar a esta bella mujer? —pregunta interrumpiendo mis pensamientos.
Gabriela sonríe.
—Te presento a mi hermana, Ximena —dice—. Ximena, te presento a Fernando, amigo mío y de Ignacio —añade.
—Encantado de conocerte, Ximena, eres igual a cómo te imagine.
Sus palabras me sorprenden.
—¿Qué?
—Gabriela, no para de hablar de ti, asegura que eres la amazona más codiciada de la región. Eres el motivo de mi presencia en este pueblo hoy.
Genial, malditamente genial.
¿Cómo se supone que debo reaccionar ante sus palabras?
—Bueno, tendrás que disculparme, Fernando, pero llevo prisa. ¿Te veo luego? —pregunto y sin esperar su respuesta me echo a correr para ir junto a Tornado.
Las actividades organizadas para ese día por la mañana estaban con horarios y sedes, por lo que me dirijo a la zona de carreras, para preparar a Tornado.
—Tranquilo campeón —le susurro, mientras acaricio su lomo. Él relincha y se agita bajo mi mano.
Me sorprendo por la reacción de mi semental, pues él está acostumbrado a estar bajo los reflectores desde que era muy joven. Su madre era yegua fina. Campeona en reiteradas ocasiones.
—¿Vas a montarlo?
Giro al escuchar a Fernando y entonces comprendo la rebeldía de Tornado, es la presencia del hombre.
—No deberías estar aquí, es un área exclusiva para los binomios —digo y él sonríe.
—Lo sé.
Enarco una ceja ante su respuesta.
—Lo sabes, pero sigues aquí —espeto y él ensancha su sonrisa.
—¿Te molesta mi presencia? —pregunta acercándose a mí.
—No.
—Me alegra, solo viene a desearte suerte, Ximena —dice.
Me siento incómoda, pero no una incomodidad de rechazo, Fernando es más que agradable a la vista. Además, es amigo de Gabriela e Ignacio.
—Gracias, espero no decepcionarte y que tu viaje sea en vano —digo.
—Estoy seguro de que no.
Sonrío ante su confianza.
—Es más, quiero hacerte una propuesta.
—¿De qué se trata?
—Si ganas, serás mi pareja de baile esta noche, ¿te parece? —pregunta.
—¿Y si pierdo?
Él sonríe como si dudara de que pudiera perder.
—También me gustaría llevarte al baile esta noche —dice.
—Contigo es un ganar-ganar por lo que veo —digo, mientras acomodo la silla de Tornado, pues no sé qué responderle.
Esperaba esa noche asistir con Javier al baile, pero desde nuestra “separación” ni siquiera había pensado en asistir.
—¿Te animas?
—Está bien, pero tendrás que asegurarte de que Ignacio invite a Gabriela —digo.
—Dalo por hecho —responde antes de retirarse.
En ese momento me siento observada hasta el punto de sentir cómo los vellos de mi nuca se erizan, giro el rostro para encontrarme con Humberto Aguilar.
—Ximena, Ximena, la Potra más hermosa de la región —dice y siento el enojo bullir de lo más profundo de mi corazón.
—¿Qué demonios quieres? —pregunto sin poder contenerme.
—Uy qué carácter, Potra, ¿Quién te hizo daño? —pregunta con una risa burlona tatuada en el rostro.
—Eres un idiota.
—¿Estás molesta por lo que le dije a Javier? —pregunta y mi cuerpo se crispa al sentir su mano presionar mi brazo con fuerza.
—¡Suéltame!
—¿Es eso verdad? No tengo la culpa de que tu amigo sea un idiota —se burla y antes de que pueda pensar en lo que voy a hacer, estampo mi cabeza contra su arrogante rostro, rompiéndole la nariz en el acto.
—¡Maldita seas! —grita, soltándome y agarrando su nariz sangrante.
—No te metas conmigo, Humberto —le advierto antes de halar las riendas de Tornado y marcharme de la cuadra. Necesito relajarme antes de la carrera.
Tornado y yo damos un par de vueltas hasta reunirnos con mis primos. Son tantos que a veces pierdo la cuenta y termino olvidando a uno.
—¡Ximena! —la voz de Laurita es inconfundible, mientras se acerca con su yegua, el regalo de cumpleaños que el abuelo le dio.
—Hola, guapa —la saludo.
—Te has demorado, ¿Dónde estabas? —pregunta Santiago, el hermano de Laurita y gemelo de Sebastián, quien debe estar con Alicia, la menor de los hijos de mi tía Paloma.
—Dándome una vuelta por allí —digo, mientras saludo al resto de mis primos. Julián, Aurora y Diego, hijos de mi tío Samuel y por último a los hijos de mi tío Matías. Camilo, Mía y Henry.
Luego de nuestro momento familiar y de la finalización del desfile hípico, cada uno de nosotros toma su posición en sus respectivas disciplinas.
Sin darme cuenta empiezo a buscar a Javier con la mirada. Recuerdo no haber visto su caballo en las cuadras, ni tampoco a sus padres. Quizá después de todo no asista.
—¿Javier correrá sobre el lomo de Pegaso? —la pregunta de Sebastián me hace girar para encontrarme con el dueño de mis pensamientos.
Tiemblo cuando nuestras miradas se encuentran, sobre todo, por esa manera extraña de mirarme.
—¡Javier! —grita Laura y yo cierro mis ojos al verlo desfilar en nuestra dirección.
No puedo enojarme con mi prima, pues desconoce la brecha que se ha abierto entre los dos.
—Laurita —dice, bajándose del lomo de Pegaso y saludando a todos mis primos, siendo yo la última que saluda.
—Ximena —dice y su voz parece tensa.
—Javier —saludo, tratando de que mi voz suene igual que siempre, pero parece que he fracasado.
—¿Podemos hablar? —pregunta.
A estas alturas dudo mucho que tengamos de qué hablar, hemos dañado nuestra amistad.
—Javier…
Mis palabras son interrumpidas por la voz que se escucha en el altoparlante, indicándonos que debemos tomar nuestros lugares.
—Será después, Javier. Buena suerte —digo, pero antes de dar un paso más, Fernando aparece delante de mí como si fuera un mago.
—Tendrás que disculparme, no podía estarme quieto y no darte mis buenos deseos —dice y sonrío.
—Fernando…
—Ya sé que no debería estar aquí, Ximena —dice, acercándoseme un poco más—. Sin embargo, no puedo dejar que olvides nuestra cita de esta noche, guapa.
Mi garganta se seca al sentir su cálido aliento golpear mi mejilla y no, no estoy dudando de mis sentimientos, pero hay tanta gente y también está Javier.
No puedo evitar buscarlo con la mirada, él no se ve nada feliz y su mano parece tensa sobre las riendas de Pegaso.
—¿Cita? —pregunta Javier.
—¿También eres uno de los primos de Ximena?
Él niega.
—Soy su mejor amigo —dice sin mirarme, su atención está puesta en Fernando.
—Fernando Montenegro —responde estirando una mano en dirección de Javier, quien lo mira con cara de pocos amigos—. La cita de Ximena esta noche —agrega mirándome y guiñándome un ojo.
Mis mejillas se sonrojan y no sé si es por el atrevimiento de Fernando o por el hecho de que diga esas cosas en presencia de mucha gente.
—Te estaré esperando en la meta —dice ganándose una mirada asesina por parte de Javier…