Estamos a un día de la fiesta, la corrida de caballos será por la mañana, antes que el sol se ponga intenso, mientras la corrida de toros tendrá su presentación alrededor de la seis. Tiempo suficiente para movilizar los caballos al pueblo.
—¿Estás segura de que no quieres ir por Gabriela?
Giro para encontrarme con Daniel, recargado contra uno de los pilares de la caballeriza.
—Gabriela no va a perderse, conoce muy bien el camino —refuto.
Gabriela es nuestra hermana menor, viene de visita cada vez que tiene oportunidad. A diferencia de nosotros, Gabriela ama la ciudad y con tan solo diecinueve años ha emprendido su propio camino en el mundo de la moda. Con el apoyo indiscutible de mis padres y abuelos, por supuesto.
—¿Sigues molesta con ella porque no pudo venir el día de nuestro cumpleaños?
—No.
—Mientes —asegura, acercándose a mí.
—¿Tienes evidencias para probar que miento? Las falsas acusaciones son un delito, Daniel —le digo y él entorna los ojos.
—Las mentiras también —insiste.
Respiro profundo, para no asesinar a mi único hermano varón.
—No estoy molesta con Gabriela, es solo que…
—¿Tienes miedo que se robe la atención de todos los chicos casamenteros del pueblo y te deje para vestir santos?
—¡Pedazo de idiota! —grito al escucharlo y le lanzo el heno que tengo en las manos a la cara. Pronto lo que hay entre nosotros es una guerra de heno y agua.
—¡¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí?! —la voz de papá nos hace detenernos en seco.
Daniel me mira con ojos asustados y yo sonrío.
—¡No le creas nada, papá! ¡Todo lo que tenga que decir es mentira! —grita Daniel tomando la delantera y echándome la culpa.
—¿Ximena?
Mi sonrisa se hace más grande y pronunciada, miro a Daniel con regocijo.
—Estamos dejando heno en los pesebres.
—¿Con el rostro y el estómago? —pregunta y entonces nos damos cuenta de que estamos sucios, muy sucios por el agua y el heno seco.
—Papá…
—¡Ninguno de ustedes tiene remedio! ¿Qué fue el mal que yo hice para tener dos hijos que parecen chiquillos correteándose por allí como dos salvajes? —pregunta. Sin embargo, sus manos ya están sobre nuestras orejas.
—¡Vamos a limpiar el desastre! —grita Daniel, tengo la sospecha de que es él, el más castigado.
—¡Por supuesto que van a limpiar este desastre y voy a descontarles de su sueldo el heno perdido! —asegura.
Daniel y yo nos miramos, pero no podemos soportarlo más y rompemos en risas. Adoro estos momentos con mi gemelo, aunque siempre terminen en castigos o con un poco de dinero menos.
—Dejen de jugar y limpien todo esto. Los espero en quince minutos en el patio, iremos por Gabriela —ordena antes de liberarnos y marcharse con pasos seguros y firmes, pero sé que en su rostro dibuja una hermosa sonrisa.
Sin duda Rafael Monterreal es mi primer y verdadero amor.
—Entonces, ¿me dirás por qué no quieres ir por Gabriela? —pregunta, mientras terminamos de limpiar el desastre que causamos.
—La curiosidad mató al gato, Daniel.
—¡Pues no dejes que me mate y dime!
—Son cosas de chicas —digo para quitármelo de encima.
—¿Se enamoraron del mismo chico? —pregunta poco dispuesto a dejar el tema.
—No seas tonto, Daniel. No estoy en busca de ningún novio. Aunque exista gente estúpida que prefiere creer lo que otros dicen.
Daniel frunce el ceño, pues no debe de comprender mi cambio brusco y el tono de mi voz.
—Ximena.
Daniel se gira para encontrarse con Javier.
—¿Puedes dejarnos a solas? —pregunta—, quiero hablar con tu hermana.
—Por supuesto, necesito cambiarme, te estaremos esperando —dice antes de salir corriendo.
Traidor.
—Ximena.
—Vienes en un mal momento, estoy de salida —digo, interrumpiendo sus palabras.
—Te he traído a Pegaso, no me considero digno de merecerlo.
Mis manos se cierran con fuerza sobre los guantes que recién me he quitado.
—Ha sido un regalo, Javier, y los regalos no se devuelven —espeto con enojo al ver sus intenciones.
—Lo siento, Xime —dice y mi cuerpo se tensa al escucharlo. Javier es el único que me llama de esa manera.
—No lo sientas y quédate con él. Lo escogí para ti, sin embargo, si te molesta tenerlo puedes sacrificarlo o liberarlo en las montañas. No tiene sello de nacimiento —le digo antes de pasar por su lado.
—¡Espera! —grita, sus manos se aferran sobre mi brazo y un escalofrío recorre mi cuerpo cómo si una bola de fuego corriera por mis venas.
—Suéltame —le pido.
No soporto el calor de sus manos sobre mi piel, es demasiado para mí.
—Ximena, por favor. No podemos perder nuestra amistad de años, por esto que ha pasado.
—No fui yo quien rompió nuestra amistad, Javier. Es más, dudo que alguna vez me vieras como tu mejor amiga,
—Lo eres.
—Entonces dime la razón por la cual no me hablaste de tu relación con Marina —pregunto.
—No encontré el momento adecuado para hacerlo, Ximena. Cada vez que estoy contigo me olvido de todo.
—¿De tu novia también?
Él guarda silencio.
—Ximena.
—Entre nosotros se ha roto la confianza, Javier, y no hay goma mágica en el mundo que pueda pegarla, lo mejor para los dos es alejarnos y olvidarnos.
Nuestras miradas se encuentran, mientras él me pega más a su cuerpo, baja su rostro a pocos centímetros de mi rostro, puedo sentir su cálido aliento cerca de mis labios. Ninguno de los dos, aparta la mirada.
—¿De verdad quieres renunciar a una amistad de tantos años? —pregunta con su nariz rozando la mía.
Mi garganta se seca y lucho para no dejarme embriagar por su delicioso aroma, no puedo quedar en evidencia delante de él, menos de esta manera.
—Déjame ir —murmuro, mientras lo empujo para alejarlo de mí.
Mi corazón late con prisa, como una yegua desbocada, mi garganta quema cómo si estuviera sedienta y hambrienta.
—¡No vuelvas a hacer eso que acabas de hacer, Javier! —grito antes de correr lejos de él.
Mi corazón duele y no sé exactamente la razón. No sé si es de emoción o de dolor, pero duele y mucho.
¿Qué es lo que Javier pretendía al acercarse a mí de esa manera? ¿Qué es lo que quiere de mí?
No lo sabré porque no pienso preguntarle, no puedo seguir exponiéndome. La mejor solución es alejarme de él, evitarlo como si fuera la peste, pues lo que se ha roto, no puede volver a unirse, corre riesgo de abrirse de nuevo, por mucho que lo sutures. ¡Jamás será lo mismo!
Y Javier ha herido mi corazón de mujer y de amiga.
No tengo idea de cómo llego a mi habitación y en ese momento no me importa, voy derecho a la ducha para darme un baño y reunirme con mi familia.
Minutos después, me reúno con mis padres y hermano, esperaba no ver a Javier, pero como si fuera invocado desde mi infierno personal, él está junto a mis padres, hablando de quien sabe qué, mientras Pegaso pasta a las orillas del jardín.
—Estoy lista —digo, para hacerme notar.
Mi madre se gira y nuestras miradas se encuentran brevemente y no sé por qué tengo la sospecha de que soy un libro abierto para ella, tal como sucede con mi padre y eso me convierte en un manojo de nervios.
—Me despido, Rafael, Sarah —le escucho decir.
—Nos veremos mañana —responde mi padre, mientras Javier busca a Pegaso.
—¿Tu hermano?
—No lo sé, salió de las caballerizas antes que yo —respondo, subiendo a la camioneta. Desde donde puedo ver a Javier cabalgando a Pegaso como alma que lleva el mismísimo diablo.
«Va a matarse»
El pensamiento me hace dar un brinco.
—¡Estoy aquí!
La voz de Daniel me hace sonreír y me olvido momentáneamente de Javier, él no merece ni un solo pensamiento de mi parte.
El camino se hace corto, llegamos a cuatro caminos antes que Gabriela, por lo que esperamos unos varios minutos para ver llegar una camioneta que no reconocemos. Las alertas se disparan y veo a mis padres llevar su mano al mango de sus pistolas.
Ese par parece haber nacido sincronizado, pese a que hay muchos años de diferencia entre ellos, siempre hacen las cosas al mismo tiempo, como si pudieran leerse la mente.
El auto se detiene a pocos metros de nosotros y antes de lo que esperamos, Gabriela hace su aparición como si fuera una puta diosa empoderada. Lo es.
La chiquilla se olvida de sus pasos de princesa y corre a los brazos de mis padres, mientras veo a nada más y nada menos que a Ignacio Montemayor bajar de la camioneta.
—Daniel, Ximena —saluda.
—¿Así que tú eres responsable de la Enana? —pregunto y él sonríe.
—Gabriela es un poco más alta que tú —refuta mientras me deja un beso en la mejilla.
—¿Vienes a correr? —pregunto, mientras mi hermana sigue acaparada por mis padres.
—No, de hecho, vine a verte ganar —dice pegándose a mi oído, como si estuviera contándome un secreto.
—¿Apostarás por mí? —pregunto en el mismo tono cómplice.
—Como todos los años, Ximena, eres mi potra favorita.
—¿No le apostarás a Laurita?
—No se lo digas —dice y no puedo evitar echarme a reír, llamando la atención de mis padres y de mi famosa hermana.
—¡Ximena! —grita y acude a mi lado o yo al suyo. La verdad no sabría decir quien cerró la distancia primero.
—¡Enana!
—Soy más alta que tú —dice con fingido enojo.
Una carcajada sale de mis labios.
—Lo eres, cuando estás sobre diez centímetros de tacón. Ya quiero verte con botas vaqueras —la reto.
—Te quedarás con las ganas —dice.
Una vez que mis padres han saludado a Ignacio, volvemos a casa, con la promesa de reunirnos mañana en el pueblo.
No sé por qué, pero tengo un presentimiento que me inquieta de sobremanera. Mi corazón late sin razón y un escalofrío recorre mi columna vertebral. La sensación me abruma y no me deja dormir.
Solo espero de corazón que no se trate de nada malo…